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NAVEGAR AL DESVÍO COLUMNA i

El español antitaurino

Lo antiespañol es el retroceso de blindar jurídicamente las corridas como bien de interés cultural, mientras se ignora la larga tradición contra el maltrato.

UN GRAN PERIODISTA ligado a The New Yorker, A. J. Liebling, que vivió el desem­barco de Normandía y la liberación de París, y que plantó cara a la caza de brujas de McCarthy en su país, cuenta la historia de un ­joven boxeador con madera de as, todas las cualidades para triunfar, y que en un imprevisto giro, durante un combate, sorprende con la más insólita muestra de valor que se pueda dar en un ring.

El aspirante se llamaba Julie, y Liebling lo identifica como fichaje de un célebre mánager, Maurie Waxman. El joven es ligero y elástico, inalcanzable para el rival. Por su parte, golpeaba con precisión. Pero había un detalle: cuando el contrincante acusaba el golpe, la joven promesa retrocedía. Una noche, en un combate con un duro y curtido puertorriqueño, el pupilo de Waxman dejó tocado al rival con un primer golpe en el primer asalto. “El ojo se le puso al otro como una uva”. Y cuenta Liebling: “Después de esto, evitó con tanto cuidado rozarle el ojo que el puertorriqueño recuperó gran parte del terreno que había perdido”. En el minuto de descanso antes del último asalto, el mánager le habló al oído al chico: “Julie, no soy cruel, pero un toquecito en ese ojo sería lo suyo”. El muchacho que iba para estrella miró a Waxman fijamente y le dijo: “Lo siento, no puedo. Soy alérgico a la sangre”.

El caso aparece en La dulce ciencia, con edición española de Capitán Swing. Este tipo no serviría para boxeador, pero creo que, en ese momento, era el más valiente en el ring.

Al leerlo, no dejé de imaginar lo inimaginable. Una estampa taurina en la que el torero, después de una vistosa faena, renuncia al “arte de matar”. Un acto de compañerismo. Al fin y al cabo, el animal, forzado, eso sí, es coautor de la obra. En la plaza de toros existe la figura del indulto, que concede la presidencia a petición de la mayoría del público y, en alguna ocasión, del torero. Como fue el caso de El Juli con Orgullito, en la Maestranza en abril de 2018. Una decisión excepcional. A Orgullito tendrían que haberlo sacado a hombros. Los indultos se cuentan con los dedos de la mano. De lo que hablo es de un acto voluntario del torero, un gesto máximo de valor y sensibilidad: “No lo voy a hacer, no lo voy a matar”.

¿Por qué “culminar la faena” significa, inexorablemente, la muerte? El 11 de enero de 1930, en la Gaceta de Madrid se publicó la ley que impedía la asistencia a las corridas de toros de menores de 14 años. Un paso adelante para alejar a los niños de ese costumbrismo de la violencia. Pero, como dice el maestro Santos Juliá, resumiendo la historia de España en dos palabras: “Demasiados retrocesos”. En este caso, el retroceso vino a principios de los años noventa y por una embestida del entonces ministro del Interior. José Luis Corcuera, jaleado y premiado por el lobby taurino, promovió la modificación de la ley para autorizar de nuevo la presencia de la infancia en las plazas de toros. Y así, para adornar el retroceso, hemos podido volver a ver a vástagos de la familia real en el palco del ruedo ibérico. Lástima de esa ficción imposible del torero que se gira y toma la palabra a la manera de Bartleby, el escribiente de Melville: “Preferiría no hacerlo”. Así los niños podrían tomar conocimiento de nuestra mejor tradición: rebelarse contra la injusticia.

Se dirá que las corridas son algo más que una tradición. Son la tradición. La identidad esencial. La marca incuestionable de España. En la excitación fanática, como hemos visto en la pasada campaña electoral, se ha llegado al extremo de asociar el rechazo a las corridas con el ser “antiespañol”. Y en ese punto delirante viene a cuento recordar a Emilia Pardo Bazán, españolísima y universal, que llamaba “demencia nacional” a la “fiesta nacional”.

En realidad, es tanto o más español el antitaurinismo como el taurinismo. E igual de antiguo. Una tradición de 800 años, que ya se manifiesta en textos de Alfonso X. “Si el antitaurinismo es tan antiguo como las propias corridas de toros, ¿por qué esta corriente del pensamiento es tan desconocida?”, se pregunta Juan Ignacio Codina Segovia en su reciente Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español, con sorprendentes revelaciones. Su respuesta es: “La imposición de un pensamiento único taurino”.

Lo antiespañol, hoy, es mantener y promover ese espectáculo de crueldad. Fomentarlo entre menores de edad con “escuelas” de tauromaquia, desoyendo un expreso mandato de la ONU. Lo antiespañol es el retroceso de blindar jurídicamente este mal como bien de interés cultural, mientras se silencia e ignora la verdadera cultura: 800 años contra el maltrato.