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OPINIÓN i

¿Por qué la malaria está nuevamente en aumento?

Las medidas básicas contra el paludismo pueden continuar obteniendo algunos beneficios. Sin embargo, la única forma de vencer a la enfermedad es mediante un enfoque a largo plazo

Una niña se echa la siesta bajo una mosquitera tratada con insecticida. Uganda, diciembre 2018.
Una niña se echa la siesta bajo una mosquitera tratada con insecticida. Uganda, diciembre 2018.

Los mosquitos a menudo se describen como los animales más peligrosos de la tierra debido a las enfermedades que transmiten; entre ellas, la malaria, el dengue y el zika, que causan más de un millón de muertes al año. Sin embargo, las estrategias para mitigar estas amenazas se mantienen muy lejos de lo que se considera adecuado.

La malaria afectó a más de 200 millones de personas en 2017 y mató a 435.000 de ellas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Hasta la década de 1940, las estrategias contra esta enfermedad se fundamentaban en tres pilares: mejor gestión ambiental, mejor vivienda y sistemas de salud más sólidos. Teniendo en cuenta los mecanismos de transmisión (descritos por primera vez hace más de 100 años), las autoridades de salud pública se centraron en minimizar la proliferación del mosquito Anopheles y la exposición de las personas al mismo, así como también en mejorar el acceso a una atención médica adecuada.

Los países que adoptaron este enfoque lograron un gran progreso; y en la mayoría de los casos han permanecido libres de malaria. En Estados Unidos, por ejemplo, las muertes disminuyeron un 75% entre 1920 y 1939.

Luego, en la década de 1940, la llegada del altamente efectivo insecticida Dicloro Difenil Tricloroetano (DDT) cambió todo. El DDT se convirtió rápidamente en la piedra angular de las estrategias de control de la malaria, incluyendo el primer intento de erradicar la enfermedad a nivel mundial. Gracias a su uso generalizado, y se logró un progreso sustancial en Europa, las Américas, el Caribe y algunas partes de Asia.

En África, sin embargo, la campaña contra la malaria basada en el DDT nunca despegó, debido en gran medida a una capacidad logística deficiente, a sistemas ineficaces de salud pública o a la falta de recursos para ampliar su uso. A partir de 1960, los casos de paludismo aumentaron de manera vertiginosa y desmesurada en todo este continente.

No obstante, el mundo recién comenzó a prestar atención a dicha situación a finales de los noventa, cuando el paludismo ya causaba más de un millón de muertes al año y contribuía al estancamiento económico a través de la pérdida de productividad laboral. Finalmente, en el 2000, los jefes de Estado y de gobierno de África se reunieron en Abuja (Nigeria) para enfrentar la emergencia, comprometiéndose a reducir a la mitad la mortalidad a causa de esta enfermedad hasta 2010.

Teniendo en cuenta que la malaria afecta de manera desproporcionada a los más pobres, también es necesario centrarse en aumentar la seguridad alimentaria y centrarse en mejorar las economías de los hogares

Pero, ante la limitación de fondos y capacidad, los gobiernos cedieron a los donantes externos, socios bilaterales y agencias no gubernamentales gran parte de la responsabilidad de cumplir con el mencionado compromiso Las estrategias que surgieron enfatizaron la distribución de productos de fácil uso (incluidos entre ellos insecticidas, mosquiteras tratadas con insecticida y medicamentos antimaláricos a base de artemisinina), y la expansión del acceso a un rápido diagnóstico.

Durante el período 2000-2015, la cantidad de muertes por malaria en África se redujo a la mitad y se evitaron 750.000 nuevos casos. Los expertos acreditan el 80% de estos logros a las mosquiteras tratadas con insecticida, la fumigación doméstica y los tratamientos a base de artemisinina.

A pesar de sus ventajas, existe un grave problema con este enfoque: ha impulsado el auge de una industria masiva de control de la malaria que se encuentra cada vez más desconectada de la misión central de mantener a las comunidades saludables.

Los países africanos más afectados: Burkina Faso, Camerún, República Democrática del Congo, Ghana, Mozambique, Níger, Nigeria y Uganda, que en conjunto representan el 60% de la carga mundial de malaria, importan regularmente mosquiteras, insecticidas y medicamentos promocionados por participantes de la industria. Sin embargo, según la OMS, la malaria está nuevamente en aumento, y la cantidad de nuevos casos se incrementó en 16 países africanos en una cifra mayor a los 100.000 casos desde el año 2016 al 2017. No mejora las cosas el hecho de que la mercantilización del control del paludismo contribuya a la merma de conocimientos prácticos sobre la malaria en los países endémicos.

Para conseguir acabar con la epidemia de malaria en 2030 —uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)— el mundo debe reconsiderar su enfoque. Si las campañas globales contra esta dolencia retroceden en cuanto a resultados, los casos podrían incrementarse hasta en un 74% para 2030. Pero, incluso si se mantienen las estrategias basadas en medidas básicas, el resultado será únicamente una reducción marginal de la incidencia mundial para ese año, en comparación con 2016.

Es por esta razón que, a medida que los principales socios internacionales continúan avanzando en el enfoque basado en productos básicos, los gobiernos africanos y otros socios han de buscar la consecución de una estrategia a largo plazo centrada en la creación de resiliencia. Deben ir en pos de la fabricación local de mosquiteros, deben mejorar las viviendas (por ejemplo, mediante el colocado de mallas en las ventanas y el cierre de aleros), deben también garantizar que los sistemas de salud tengan la capacidad de identificar y tratar nuevos casos de malaria; y deben ampliar la educación dirigida a la salud en las escuelas y comunidades.

Teniendo en cuenta que la malaria afecta de manera desproporcionada a los más pobres, también es necesario centrarse en aumentar la seguridad alimentaria y, de manera más general, mejorar las economías de los hogares. Ya que estos programas no suelen ser administrados por los ministerios de salud, se deben construir alianzas que aúnen transversalmente a los sectores pertinentes. Este enfoque holístico será crucial para avanzar en la agenda integral de los ODS.

Para financiar estos esfuerzos, los países deben aprovechar los recursos nacionales, los subsidios, las devoluciones de impuestos, u otros mecanismos de financiamiento innovadores, como un impuesto de 10 dólares para la lucha contra la malaria pagado por los viajeros internacionales que visitan países endémicos. A medida que se acelerara el desarrollo, se reduciría la carga sobre las economías y sistemas de salud nacionales, liberando más recursos para apoyar un mayor progreso.

Los productos básicos pueden continuar obteniendo algunos beneficios a corto plazo en la lucha contra la malaria. Sin embargo, la única forma de vencer a la enfermedad, de una vez por todas, es mediante un enfoque a largo plazo que construya resiliencia.

Fredros Okumu, biólogo y experto en salud pública, director de Ciencia del Instituto de Salud Ifakara de Tanzania. Copyright: Project Syndicate, 2019. www.project-syndicate.org. Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

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