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¿Viviría en estas casas imposibles?

Pallais Bulles, en Théoule-sur-Mer (Francia), de Antti Lovag. 1975. Ver fotogalería
Pallais Bulles, en Théoule-sur-Mer (Francia), de Antti Lovag. 1975.

Edificios con forma de platillo volante, inspirados en cuentos infantiles, suspendidos sobre el mar o hundidos bajo un prado. La editorial Phaidon publica Houses, una recopilación de 400 viviendas que rescata propuestas singulares que no recibieron demasiada atención junto a grandes hitos de la arquitectura del siglo XX y punteros diseños recientes

LA CASA DEL FUTURO de los años sesenta tenía el aspecto de un platillo volante. El finlandés Matti Suuronen la diseñó un año antes de que el Apolo 11 llegara a la Luna. Construida con fibra de vidrio a partir de componentes prefabricados, nació para ser montada por cuatro personas en un rato y para trasladarla ya equipada con cocina, baño, dos dormitorios y un salón. En la fábrica Polykemi AB de Helsinki se llegaron a construir 600 modelos. Y aunque era cara, la reclamaban por todo el planeta hasta que la crisis del petróleo de 1973 provocó la cancelación de un pedido de 15.000 unidades y la casa del futuro quedó relegada al pasado. Tal vez por eso, a la hora de idear una vivienda por encargo del filósofo Alain de Botton, el artista británico Grayson Perry desdeñó la tecnología y recurrió a los símbolos: la cubierta a dos aguas que dibujaría un niño. Corría 2015 cuando, en colaboración con el estudio Fat, Perry recordó el cuento de Ricitos de Oro y, como si fueran muñecas rusas, unió cuatro escalas del mismo diseño para construir en Essex (Reino Unido) una casa que quiere ser una obra de arte.

Los pasos adelante para luego regresar atrás son habituales en la historia de la vivienda. Comparada con un coche, la casa es un reducto conservador que ha ido alterándose con los avances tecnológicos y con los cambios en la manera de vivir de las personas. La dicotomía entre el refugio primitivo y el escaparate sintetiza la idea de vivir hacia adentro o hacia afuera. Así, los arquitectos han pensado en el futuro a veces desde la utopía y otras desde el suelo. Al tiempo que las casas de Suuronen se posaban en el paisaje, la primera mujer que construyó una vivienda en Islandia, Högna Sigurdardóttir, hundía su casa en Bakkaflöt 1 en un prado de Garöabaer, al sureste de la isla. La casa tenía tanto de excavación como de construcción. Lo único visible era la cubierta de hormigón: el anuncio de todo el mobiliario —desde la chimenea hasta el sofá—, ideado por ella y construido con ese material.

A pesar de estar semienterrada según la tradición islandesa, aquella casa respiraba el aire de los tiempos. Encontró un eco en la que Carlo Scarpa enterró para la familia del abogado Ottolenghi en Bardolino, cerca de Verona. El veneciano excavó su casa, la envolvió con la vegetación y la arrinconó en una esquina para disfrutar de las vistas al lago de Garda sin molestar a los viñedos. Siguiendo la tradición de aislar con turba, son muchas las viviendas que han querido reconstruir la topografía buscando el ahorro energético o tratando de reducir el impacto de una construcción.

Futuro House en Hiekkaharju, Vantaa (Finlandia), de Matti Suuronen. 1968. ver fotogalería
Futuro House en Hiekkaharju, Vantaa (Finlandia), de Matti Suuronen. 1968.

El estudio británico Future Systems lo hizo, 30 años después, en la bahía de St Brides de Gales con su Casa Malator. En 1998, aquella vivienda de componentes prefabricados y planta circular también parecía futurista.

Más allá de enterrándolas, muchos arquitectos han tratado de acercar las líneas de su diseño a la tradición local para, lejos de marcar el terreno, acercarse a su naturaleza orgánica. En 2007, Juan Herreros actualizó en Artá (Mallorca) una cabaña de pastores sin perder el vínculo con la tradición rural de la isla. Así, firmó un ejercicio intelectual —resultado de multiplicar por dos la forma existente— que es también un diseño sensorial al rescatar la piedra local y la cubierta invertida. Piedras y planchas de acero corrugado pintadas de verde construyeron un puente entre industria y tradición.

El año en que Högna Sigurdar­dóttir hundía sus muebles de hormigón en el terreno y Matti Suuronen culminaba su Futuro House, Marcel Breuer firmó su primera casa en Long Island: un arco que buscaba exprimir con el hormigón las formas redondeadas de la naturaleza. Esa idea de trabajar la sensualidad de las curvas la llevaría al paroxismo el arquitecto húngaro Antti Lovag con la construcción del Palacio de las Burbujas, Pallais Bulles. Lovag consideraba que los círcu­los producían espacios más cercanos al cuerpo humano. Corría el año 1975 cuando sembró de burbujas de hormigón, recubiertas de fibra de vidrio, un terreno cerca de Cannes.

La tradición de las casas transparentes compone uno de los subgéneros más hermosos de la arquitectura doméstica

De refugiarse a mostrarse y de enterrarse a posarse. La tradición de las viviendas transparentes, que se dejan arropar no tanto por la vegetación como por la visión de la naturaleza, compone uno de los subgéneros más hermosos, y difíciles, de la arquitectura doméstica. A pesar del rosario de problemas que acompaña la leyenda de la Casa Farnsworth de Mies van der Rohe, el estudio de Seattle Olson Kundig defiende que la arquitectura es un puente entre las personas y la naturaleza. Su refugio de 2013 en las islas de San Juan (Washington) se convierte en un porche y permite que la cocina salga, en voladizo, hasta el exterior. En 2014, la casa que el estudio chileno WMR asomó al acantilado de Los Arcos reinterpretó la vivienda transparente no para rodearla de vegetación sino para dejarla flotando, entre el cielo y las vistas al mar.