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Foster niega que haya hecho una propuesta para la reconstrucción de Notre Dame (y da ideas sobre cómo podría hacerse)

El arquitecto inglés Norman Foster y otros seis expertos reflexionan para ICON Design sobre los límites entre lo nuevo y lo histórico, el imaginario colectivo y las posibilidades que ofrece una nueva catedral

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La catedral de Notre Dame sufrió un incendio en la tarde del 15 de abril, que ocasionó la pérdida de la cubierta y la aguja que proyectó Viollet-le-Duc, entre 1844 y 1864. |

Después de la catástrofe llegó el triunfalismo: "Reconstruiremos Notre Dame aún más hermosa, y quiero que se complete en cinco años. Nosotros podemos". Esta muestra de voluntariosa grandeur debida a Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa, se produjo al cabo de 24 horas de extinguirse el incendio que se ensañó con la cubierta y otros elementos de la catedral parisina, y posiblemente sirvió para consolar a muchos de los que habían mostrado su desgarro ante la pérdida. Pero, ¿qué es lo que procede reconstruir, y cómo?

Lo primero que hay que advertir es que en realidad Notre Dame ya es ante todo una gran reconstrucción. Debido a los ataques sufridos durante la Revolución Francesa y al mero paso del tiempo, el monumento había llegado al siglo XIX en tal estado de ruina que se planteó seriamente el derribo total. Hizo falta que en 1831 el novelista Victor Hugo publicara su best seller Nuestra Señora de París (ya saben: el jorobado Quasimodo, Esmeralda la zíngara y el malvado Frollo entre las gárgolas y los arcos apuntados de la catedral) para que se generara una nueva conciencia proclive a salvar el edificio. A esto se sumó el nacionalismo de unos gobiernos que, desde Napoleón, estaban interesados en utilizar los tesoros arquitectónicos franceses como espejo de una imagen idealizada del espíritu nacional.

Así que fueron elegidos para acometer la renovación de la catedral Eugène Viollet-le-Duc y Jean-Baptiste-Antoine Lassus, cuya agenda no pasaba tanto por devolverle su esplendor como por edificar a partir de él una especie de canon de lo que, en su opinión, debería ser un monumento medieval francés. Abandonando en el camino todo rigor histórico y apego a la verdad si hacía falta. Y la hizo, al parecer: por eso entre 1844 y 1864 –desde la muerte de Lassus en 1857, Viollet-le-Duc continuó en solitario– se dedicaron a rehacer agujas, pináculos, rosetones, vitrales, gabletes y secciones enteras del edificio, y recrearon gárgolas y esculturas copiándolas de otras catedrales francesas como Chartres o Amiens.

El resultado de esto es que lo que han contemplado los aproximadamente 12 millones de visitantes que cada año se acercan a este icono creyendo encontrarse ante un documento original de la Edad Media es, en gran medida, una fantasía neomedieval producto del idealismo romántico más arrebatado.

Lo mejor de lo nuevo para conservar lo viejo

Desde que Macron hizo su anuncio, y a la espera de que se resuelva el correspondiente concurso público, se han publicado varias alternativas de restauración. La más difundida es la que se atribuía al arquitecto británico Norman Foster la idea de levantar una cubierta de cristal por encima de las densas bóvedas de crucería que coronan las naves del edificio. En realidad, según explican a ICON Design desde el estudio Foster + Partners, Lord Foster no ha emitido de momento ninguna propuesta pública para la restauración de Notre Dame. Pero el arquitecto británico sí desea puntualizar ahora algunas cuestiones sobre el asunto.

"Notre Dame de París es el monumento de alta tecnología más importante de su época en términos de ingeniería gótica", afirma Foster. "Como muchas catedrales, su historia es de cambio y renovación. A lo largo de los siglos, los techos de las catedrales medievales han sido devastados por incendios y reemplazados (por ejemplo, Chartres en 1194 y 1836, Metz en 1877). En todos los casos, el reemplazo utilizó la tecnología de construcción más avanzada de la época; nunca replicó el original. En Chartres, las maderas del siglo XII fueron reemplazadas en el siglo XIX por una nueva estructura de hierro fundido y cobre".

El origen de la confusión

Idoia Sota

Pocos días después del incendio de la catedral de Notre Dame en París, el diario británico The Times recogía varias opiniones y propuestas de arquitectos de Reino Unido para acometer una reconstrucción de la aguja y la cubierta del edificio. Entre ellas, la de Norman Foster que, como en este artículo, reflexionaba sobre las oportunidades que ofrece el concurso abierto por el gobierno francés y defendía la opción de hacerla con la última tecnología. El diario recogió en una infografía (en el tuit de abajo) una combinación de las propuestas, como la del arquitecto Ian Ritchie que imaginaba una aguja de cristal con acero inoxidable, vaciada al 50% para evitar que el viento la terminara venciendo. Las redes sociales rápidamente atribuyeron esta propuesta a Norman Foster porque el artículo de The Times, que solo puede leerse completo bajo suscripción, solo dejaba ver de forma gratuita las declaraciones de Foster y el gráfico resumen.

La decisión de celebrar ahora un concurso para la reconstrucción de Notre Dame, reconoce Foster, "debe ser aplaudida porque es un reconocimiento de esa tradición de nuevas intervenciones y un compromiso para su continuación. De lo contrario, si la decisión fuera simplemente replicar el pasado, sería inútil abrir una competición".

Además, la cubierta que ha sido destruida "tenía una estructura de vigas de madera, cada una hecha de un roble individual, con un total de 1.300. De ahí su apodo, El Bosque. Rara vez se ha visitado, por lo que, seguramente, esta es una oportunidad para recrear una estructura que una vez estuvo oculta, y ahora está destruida, con un reemplazo moderno, ignífugo y liviano. El resultado ideal sería una combinación respetuosa de lo antiguo dominante con lo mejor de lo nuevo".

Norman Foster es, precisamente, una de las opciones con las que sueña la arquitecta Teresa Sapey para la renovada Notre Dame: "Él sabría perfectamente hacer una aportación contemporánea en un contexto histórico", valora antes de añadir a su lista de candidatos otro nombre, David Chipperfield: "Un gran maestro de la elegancia contemporánea".

El límite entre restaurar y falsificar un documento histórico

Para Sapey, más que un arquitecto Viollet-le-Duc fue "un escenógrafo teatral", y lo peor es que los errores cometidos en el siglo XIX no parecen habernos enseñado nada en el XXI: "Detesto los falsos históricos, y por eso estoy también en contra de lo que se ha hecho con la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona. En cuanto a Notre Dame, entre las nuevas propuestas he visto la de rehacer la cubierta en cristal y eso me parece algo mucho más inteligente".

Lo mejor, opina la arquitecta, "es que se haga un concurso internacional y ver qué proponen los arquitectos más brillantes del mundo, que seguro que tienen muy buenas ideas. Además, si hay una nación capaz de borrar su pasado por un futuro mejor cuando ha hecho falta, esa es la francesa. Mira el Pompidou de Rogers y Piano, o la pirámide de Pei en el Louvre. Me parecería magnífico que ahora volvieran a hacer lo mismo a nivel sacro con Notre Dame".

Con su habitual ironía, Sapey no deja pasar la ocasión para referirse a la aguja que despareció con el incendio: "¡Esa aguja era como una antena de la tele! Las torres de la catedral son tan tochas que quedaba ridícula. Mira, a veces no hay mal que por bien no venga. Como se ha dicho, lo que ha pasado con Notre Dame es un drama, no una tragedia".

Pese al evidente humor del comentario, no hay en él nada frívolo. Pensemos que la imagen más impactante difundida por los medios durante el incendio fue precisamente la de la aguja colapsando convertida en una tea ardiente. Pues bien, esa aguja cuya caída hizo a muchos hablar sobre la pérdida fulminante de 800 años de historia tenía en realidad siglo y medio de vida y era quizá el más discutible de los añadidos a los que se atrevió Viollet-le-Duc. El principal reproche que se le podría hacer no es que resultara demasiado llamativa, sino precisamente lo contrario, que tratara de hacerse pasar por algo que siempre había estado ahí.

La Carta de Venecia –documento firmado por los expertos reunidos en el II Congreso Internacional de Arquitectos y Técnicos de Monumentos Históricos de 1964– establece que los elementos que reemplacen partes inexistentes deben integrarse armoniosamente, pero "distinguiéndose claramente de los originales, a fin de que no se falsifique el documento artístico o histórico". El Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, ICOMOS, organismo –con sede precisamente en París, y que asesora a la UNESCO sobre sitios Patrimonio de la Humanidad–, adoptó el documento en 1965 y desde entonces se lo considera una de las referencias básicas a las que atenerse en toda restauración de un edificio histórico.

Cuestión de Estado: lo que se juega Macron

Manuel Blanco, director de la ETSAM que además, como arquitecto en activo, trabaja en la actualidad en el diseño expositivo del futuro Museo de las Colecciones Reales de Madrid, también nos coloca en el contexto histórico: "El quid de la cuestión sobre cómo va a ser la restauración está en una toma de decisiones que radica en la Ley de separación de las iglesias y el estado de la República Francesa de 1905, en que se consolida la pertenencia de la catedral al Estado. Mitterrand fue un presidente constructor de un nuevo París y la joya de la corona de su presidencia fue la reorganización del Louvre, introduciendo una pieza de arquitectura contemporánea en su patio", ilustra.

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Notre Dame, antes y después del fuego. |

Por esto, en el caso de Notre Dame "está en duda que se recupere la imagen de la catedral que cristalizó Viollet-le-Duc. El que se recupere esta imagen decimonónica grabada a fuego en nuestro imaginario colectivo o que se incorpore ahora una nueva pieza de arquitectura contemporánea que hable de la modernidad dependerá de cuál es la imagen de Francia que quiera dar el presidente Macron a través de la pieza simbólica más importante que permanecerá de su presidencia. Esa es una verdadera cuestión de Estado".

Todo con el pueblo

Alicia Castillo Mena, presidenta del Comité Nacional Español de ICOMOS y profesora del departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense, aprecia dos vertientes que deben contemplarse en la restauración. "Por una parte, es una cuestión técnica en la que deben intervenir los expertos, y de hecho ICOMOS está encima del caso asesorando a través de su Comité Nacional Francés. Pero también hay que tener en cuenta que Notre Dame es parte del imaginario colectivo de París y del resto del mundo, y por eso una restauración ideal también debería acompañarse de procesos participativos que consideren la visión de la sociedad sobre el lugar".

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El interior de la catedral antes y después del fuego. Se puede ver cómo la caída de la aguja de Viollet-le-Duc destrozó algunas cúpulas de Notre Dame. |

Belinda Tato, profesora en la Universidad de Harvard y directora de la agencia de diseño y consultoría urbanística Ecosistema Urbano, coincide en que el edificio debe reflejar unos determinados valores sociales y políticos. Como Alicia Castillo, considera que el proceso debe ser lo más democrático posible, y además hacer honor a la propia historia de la catedral: "Notre Dame es resultado de la participación anónima y colectiva de una serie de personas que contribuyeron con su trabajo y su aportación económica", señala.

"Creo que ante todo debe prevalecer ese espíritu de lo común, y que se ha de responder a la voluntad de las personas que se sienten identificadas con este elemento icónico", continúa Tato. "No puede ser que la decisión final recaiga exclusivamente en la voluntad de un político o de un arquitecto; tendrá que haber un proceso colectivo que genere un debate en torno a las posibilidades existentes. Por otro lado, precisamente por lo icónica que es, me parece fundamental que la restauración incorpore los valores que nos deberían representar como civilización: la sostenibilidad, la inclusividad, la democracia, valores medioambientales y sociales".

¿Y si la dejamos tal y como ha quedado tras el fuego?

Andrés Jaque, arquitecto español residente en Nueva York y fundador de la Oficina de Innovación Política, habla de brecha generacional: "Esta es una discusión importante que separa a los arquitectos entre aquellos se han lanzado a proponer de manera superficial soluciones formales de nuevas generaciones que entendemos que la responsabilidad de la arquitectura va más allá de lo estilístico".

Y ofrece un enfoque muy distinto que podría incluso considerarse provocador: "Notre Dame quemada es el mejor monumento de un tiempo en el que Europa debe cambiar y deshacerse de muchos de sus fantasmas del pasado. El vacío de sus cubiertas chamuscadas es la mejor arquitectura que de momento puede reivindicarse para Notre Dame”.

Así que, ante la disyuntiva de una restauración que deje la catedral como estaba antes del incendio u otra que emplee nuevas técnicas y materiales, Jaque opta por no restaurar. Esta idea se fundamenta en su propia experiencia personal, pero también en sólidos argumentos políticos: "A finales de los noventa estudié en Dresde (Alemania), cuando los fragmentos de los edificios destruidos en la Segunda Guerra Mundial todavía ocupaban el espacio público. Y pude vivir cómo entonces se cimentaba una sociedad más solidaria y valiente sobre estas ruinas".

"La misión de la arquitectura aquí", completa Jaque, "es aportar un marco para que, en un proceso de deliberación colectiva, la reconstrucción de Notre Dame contribuya a reconstruir Europa como diversa, disidente, alternativa, queer y desafiante ante las hegemonías. Además, con cinco millones de musulmanes, 27 millones de agnósticos y un pasado colonial que ha dejado un legado de conflictos que siguen marcando el día a día de ciudades como París, la Francia del futuro solo puede ser multicultural".

Lo que hemos aprendido de la Mezquita de Córdoba

Por su parte, la arquitecta y comisaria Mara Sánchez Llorens, que trabajó durante cuatro años en la restauración de la Mezquita de Córdoba, se refiere a los monumentos como si fueran seres vivos. Así que, además de a los expertos y a los ciudadanos, considera que hay que escucharles a ellos: "La restauración de edificios que son historia viva como Notre Dame requiere de una actitud humilde, respetuosa, conservadora en lo que sea necesario y contemporánea en lo que mejore el edificio y en lo que este nos diga. Siempre hay que escuchar cariñosamente a edificios como este, con el que los habitantes de París se identificaron desde su construcción".

Volviendo a Macron, la duda definitiva es si cinco años bastarán para reparar lo que se ha ido construyendo a lo largo de los siglos desde que en 1163 se puso la primera piedra. De nuevo, Lord Foster nos aporta la clave: "Francia tiene una reputación envidiable para la realización de grandes proyectos. Teniendo en cuenta estos antecedentes, no hay ninguna razón por la que no pueda lograrse el compromiso optimista del presidente Macron".

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