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JUICIO DEL PROCÉS ANÁLISIS i

La rebelión de los Mossos

Hubo una cierta rebeldía de los Mossos. Suave, educada y pacífica... contra sus superiores políticos

El comisario Manel Castellví, exjefe de Información de los Mossos d'Esquadra, este lunes en el Tribunal Supremo.
El comisario Manel Castellví, exjefe de Información de los Mossos d'Esquadra, este lunes en el Tribunal Supremo. EFE

Hubo una cierta rebelión —más exactamente, rebeldía— de los Mossos. Suave, educada y pacífica... contra sus superiores políticos, el president huido Carles Puigdemont y dos de sus consellers procesados aquí, en las Salesas.

Así lo acreditaron ayer sus comisarios Manel Castellví y Emili Quevedo. Aquel ratificó lo declarado el jueves: había peligro de “escalada de violencia” el 1-O y recomendó el 26 de septiembre al hoy vecino de Waterloo desconvocar el referéndum.

Quevedo añadió que, inquieto, fue el mayor Josep Lluís Trapero quien pidió otra audiencia para el 28, para toda la cúpula. Un formato de encuentro “sin precedentes”, para “disuadir” al Govern de mantener la votación; “para que desconvocasen”. Acudió la plana mayor de la policía autonómica, en pleno: los citados y sus colegas Ferran López y Juan Carlos Molinero.

Este plante cortés les costó a ambos testigos ser objeto de una purga, ya bajo Quim Torra. Así que el testimonio de Trapero, previsto para el jueves, concita si cabe mayor atención. Lo meritorio de ayer es que Castellví mantuviese sus posiciones, pese a la persecución política que se ha desatado contra él en Cataluña.

Y a la que ayudó involuntariamente el desliz de la decisión del presidente de la Sala, Manuel Marchena, de interrumpir su declaración en la noche del jueves, cuando siempre extrema el puntilloso aislamiento de los testigos en este palacio de Justicia.

No fue así. En el vagón 3 del trayecto nocturno del AVE 03211, Madrid-Barcelona, de las 21.25, coincidimos con Castellví:

—Se vengan de usted en las redes —le comenté.

—Es lo que tiene decir lo que hay —respondió, estoico, y decidido.

Enseguida se le acercó el exconseller y ahora abogado de la defensa Quico Homs. Departió seriamente con él media hora. Otro letrado espetó: “Íbamos 3-0 y uno de los nuestros nos ha marcado dos goles”.

A esa misma hora, el tuit de Pilar Rahola, exasesora de Artur Mas (Consell Assessor per a la Transició Nacional); exanfitriona de Puigdemont, y rutilante estrella rediviva en la televisión de Torra, ya hervía. Arremetía:

—Qué triste papel, el de Castellví.

Y sus forofos remataban el clavo contra el mosso rebelde: “incompetente”, “son verdes vestidos de azul”, “escoria”, “mossos fachas”, “traidores”, “lameculos”, “pagados por mentir”. Luego ella añadiría en la pantalla oficial que las afirmaciones de Castellví “no son ciertas”. Le acusaba de perjuro.

Si esa literalidad se recoge aquí es porque ilustra la creciente volatilidad de ciertos afectos patrióticos; y la extrema gravedad de la persecución inquisitorial.

La admiración por Trapero y los suyos dura lo que conviene: el plazo de la memoria de un éxito de complicidad social (cuando los atentados del 17-A); el tiempo de coincidencia ideológica; la fase hasta que deben decir la verdad (la suya) sobre las trampas y engaños de los presidents.

Quizá por eso el Supremo rechazó citar a la polígrafa como testigo. Son “prescindibles sus valoraciones”, concluyó.

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