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LÉXICO POLÍTICO COLUMNA i

Plataforma

Hoy el término tanto vale como matriz de un nuevo partido, que como impulso a un líder político en trance electoral

José Calvo Sotelo, durante un acto público.
José Calvo Sotelo, durante un acto público.

Vieja conocida de la política, plataforma significó en sus ya lejanos orígenes, y aunque la RAE nunca se hiciera eco de este uso, el programa de acción política elaborado y publicado por varios partidos que coincidían en alguna especie de frente común, como pretendió el Partido Comunista al publicitar a mediados del siglo XX la Plataforma del Frente Nacional como sustituta del Frente Popular. Luego, con la Transición, Convergencia Democrática será la plataforma que, fundida con la Junta, dará paso a la Platajunta hasta culminar meses después en la Plataforma de Organismos Democráticos, coalición de todas las siglas que por entonces florecieron en los medios de la oposición.

Muy pronto, plataforma amplió su significado a diversas manifestaciones reivindicativas, de solidaridad, de apoyo, o de oposición en las que convergían intelectuales y artistas procedentes de diversos horizontes políticos, sin distinción de edad ni sexo. Este fue el caso de la plataforma Por el Cambio, que cosechó un éxito tan singular que pasó a convertirse en modelo de intervención política de ese conglomerado pronto rebautizado como mundo de la cultura y trabajadores del espectáculo. Así ocurrió con la Plataforma Cívica por la Salida de España de la OTAN, matriz de Izquierda Unida, nueva formación política bajo la que desaparecieron para siempre las siglas del gran partido de la clase obrera, el PC, que nunca más volvió a presentarse con su nombre propio a unas elecciones.

Plataforma como modo de intervención del mundo de la cultura y de los trabajadores del espectáculo fue el sentido que dominó durante los años de la España va bien, y tanto valió para el propietario del copyright de esa expresión, José María Aznar, como para su sucesor en el cargo, José Luis Rodríguez Zapatero: Defender la Alegría fue una plataforma lúdica de cientos de intelectuales y artistas a los que muy pronto se les borró la sonrisa de la cara. En ocasiones, la plataforma se convertía en preciado instrumento para ampliar el atractivo electoral de algún líder político, como Ciutadans pel Canvi, una idea de Pasqual Maragall en su agónica y finalmente exitosa batalla por la conquista de la Generalitat.

Hoy, en estos tiempos de relatos, plataforma significa lo mismo y lo contrario: tanto vale como matriz de un nuevo partido que como impulso a una o un líder político en trance electoral no más allá, sino fuera, y hasta en contra del partido político del que ha obtenido su cargo institucional. Es el caso de Puigdemont con su Crida, una iniciativa tomada de espaldas al PDeCAT y contra ERC, su reciente aliado en la plataforma Junts pel Sí, que le aupó a la presidencia. Como es también el caso de Errejón cuando, a escondidas de Podemos, se une a la plataforma Más Madrid, cuyo origen es ¡otra plataforma!, Ahora Madrid, que llevó a Carmena a la presidencia del Ayuntamiento. Y es curioso que el eslogan de la Crida sea idéntico al de Más Madrid: “Sumamos personas, no siglas” / “Sumar más allá de las siglas”, lo que quiere decir que entre las personas a sumar y la o el líder sin siglas no se interpone ningún partido: “Manuela e Íñigo te necesitan”, nos dicen desde su página estos dos líderes políticos.

Es solo pura coincidencia que en el discurso que confirmó a José Calvo Sotelo en el liderazgo de la derecha subversiva allá por 1934, el líder del Bloque Nacional, una plataforma, afirmara que a los partidos políticos solo había que dejar lo accesorio, lo subalterno, jamás lo sustantivo, porque “los partidos se interponen entre el pueblo y sus mandatarios”. Hoy no se dice pueblo, sino gente; y menos aún se dice mandatarios, sino líder. Pero la idea se parece: mi plataforma frente a vuestro partido; mi equipo frente a reparto de puestos entre siglas; lo sustantivo frente a lo accesorio. Antes de la guerra, a eso se llamaba caudillismo: cada partido presumía de varios caudillos; hoy esa palabra está podrida y lo llaman presidencialismo. Vale, pero ¿cómo definimos la relación del o de la líder con la gente o las personas cuando se prescinde del partido político? Habrá que hurgar en el léxico para dar cuenta de esta novísima realidad en la que ha venido a parar la proliferación sin tasa de plataformas políticas.

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