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Un árbol para la eternidad

Alexander von Humboldt
Fotografía de Paul de Rosti del Samán de Güere, tomada en 1857-1858.

Una exposición fotográfica sigue los pasos de Humboldt en el 250º aniversario del nacimiento del naturalista

“Mirad lo que soy yo ahora, mientras este maravilloso árbol es igual que hace 60 años, cuando estuve ante él con Bonpland. No se ha secado ni una de sus grandes ramas”. Esta exclamación —a la vez lamento por el propio deterioro y entusiasmo por la conservación de un árbol que había visto en Venezuela décadas antes— se le escapó a Alexander von Humboldt en 1858, cuando ya tenía 89 años y sólo le quedaba uno por vivir. Paul de Rosti, un fotógrafo húngaro cuyo trabajo había apoyado, acababa de regalarle un álbum con instantáneas tomadas durante un viaje por varios países de América, en parte tras las huellas del propio Humboldt. Entre ellas estaba la foto del Samán de Güere, el árbol que asombró al naturalista y a su compañero Aimé Bonpland durante uno de sus viajes.

Para celebrar el 250º aniversario del nacimiento de Humboldt, el Museo Ludwig de Colonia ha montado una exposición centrada en las 47 fotografías que componen el álbum de Paul de Rosti. De joven, este había huido a Múnich por miedo a la represión subsiguiente al fracaso de la revolución de 1848. Estudió Geografía y Etnografía, y en París aprendió la nueva técnica de la fotografía en papel. Algunas de las imágenes que capturó en Cuba, México y Venezuela son las primeras que se hicieron en esos países.

Al entrar en la exposición, lo primero que llama la atención es que en ninguna de las fotografías aparecen personas. Paisajes, iglesias, calles, fábricas, distintos escenarios de un mundo despoblado y, por tanto, fantasmagórico: ¿dónde están los habitantes de esos países? Resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta que De Rosti estudió Etnografía. La explicación es de carácter técnico; la fotografía en papel permitía guardar los negativos para revelarlos cuando se necesitasen y hacer varias copias de una misma fotografía (imposible con otra técnica muy extendida por entonces, el daguerrotipo, que positivaba sobre una plancha de metal). Pero exigía un tiempo de exposición de entre 10 y 15 minutos, lo que hacía complicado fotografiar seres en movimiento. Por eso, en las imágenes de De Rosti se tiene la impresión de que el tiempo se ha detenido; sólo en las que toma del Salto de Regla, una cascada que también había descrito Humboldt (“cae desde una altura de apenas 20 pies, pero es muy caudalosa”), y la cascada de San Antonio hay movimiento congelado. Es fácil intuir la fascinación del fotógrafo a la hora de apresar en una imagen la caída del agua.

Si Humboldt había dedicado poco espacio en sus diarios a Cuba, también De Rosti se limita a cuatro o cinco fotografías, en particular de los alrededores del teatro Tacón, hoy Gran Teatro de La Habana.

En Venezuela se interesa sobre todo por paisajes, en los que destacan dos lugares simbólicos: el mencionado samán, que sigue siendo lugar de épica revolucionaria (aunque hoy de él sólo queda un muñón), y la casa de Bolívar, una mansión solitaria en lo alto de un cerro. Un jovencísimo Bolívar había conocido a Humboldt en París en 1804 y al parecer tomó de él la idea de que la naturaleza debía ser protegida del ser humano, por lo que fue el primer político que puso en marcha leyes para limitar la tala de árboles e impulsar la repoblación forestal.

La parte más extensa de la exposición es la que se ocupa de México: paisajes, fábricas, ruinas aztecas, la catedral de Ciudad de México, una impresionante vista de la capital aún compuesta casi únicamente de edificios de la época colonial.

Sólo 47 fotos que, sin embargo, capturan una época de forma mucho más directa que los dibujos y esquemas de los naturalistas. No es difícil imaginar la admiración de Hum­boldt por estas primeras fotografías de las regiones que él había visitado y cartografiado y cuyas plantas había dibujado con tanto detalle. El asombro de ver ante sí todos aquellos lugares a los que él ya no podría viajar.