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La farsa y el fuego

A los partidos del Parlament les toca buscar una salida a la deriva de Torra

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra, este sábado en Bruselas.

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, declaró que la independencia de Cataluña debería ajustarse al modelo seguido por Eslovenia para separarse de Yugoslavia, dando lugar al peor conflicto sectario en Europa desde la II Guerra Mundial. En el mismo acto, el exconsejero fugado Antoni Comín aseguró que la secesión entra en la última fase, anunciando la posibilidad de que se produjeran víctimas. Ambas intervenciones tuvieron lugar el mismo día que las escuadras de obediencia paramilitar del independentismo cortaban la principal vía de acceso a Cataluña contando con la pasividad de los Mossos ordenada por el mando político, y la víspera de que el president Torra avergonzara a propios y extraños retirándose a la abadía de Montserrat para someterse a un ayuno de unas horas en solidaridad con los procesados en huelga de hambre.

No es la primera vez que el president Torra y los dirigentes independentistas especulan sobre la vía de secesión que quieren para Cataluña, pero sí que reconocen que un culto a la nación como el que ellos profesan es inseparable de la banalización del riesgo de enfrentamiento civil. Hasta ahora, siempre habían fingido ignorar que el obstáculo insalvable para llevar a Cataluña hasta la independencia no es la elección de un modelo para hacerlo, sino el hecho de que carecen de mayoría democrática para adoptar ninguno. Es esta carencia la que está revelando el verdadero modelo que inspira la acción política de los dirigentes independentistas, del que creen ocultar su rostro tan solo porque se resisten a reconocerlo como suyo. Abandonar el orden público en manos de los CDR y evocar en los discursos un horizonte de violencia entre ciudadanos no es el recurso de una pequeña nación luchando por la libertad contra una tiranía, sino el invariable proceder de quienes, ahora y en el pasado, ejercen la tiranía disfrazándola como libertad.

La farsa con la que las fuerzas independentistas tratan de convencerse a sí mismas de que la suya es una causa democrática ha revelado en los últimos días el fuego del que se alimenta. Nada tiene de extraño que, considerando que el trágico final de la antigua Yugoslavia no puede ser un modelo para nadie, se sientan ufanas de haber contribuido a la aparición de un partido ultranacionalista en España, imaginando que así queda al descubierto la naturaleza más profunda del sistema democrático y constitucional instaurado en 1978. En realidad, un partido ultranacionalista español nada descubre de ese sistema porque tampoco lo descubre la existencia de partidos y organizaciones ultranacionalistas catalanas. Lo que, en cambio, sí deja al descubierto la satisfacción de estas últimas es su necesidad de encontrarse frente a frente con quienes son exactamente su simétrico, a fin de justificar la espiral sectaria que pretenden desencadenar.

Exigir que se contrarreste esa pretensión recurriendo a las medidas más drásticas que prevé la Constitución es, en realidad, una manera de evitar prematuramente que las fuerzas políticas presentes en el Parlament asuman su responsabilidad por mantener a un president que demuestra cada día que no merece serlo, porque no existe bloqueo institucional, sino político. Como fuerza mayoritaria en Cataluña, Ciudadanos no puede seguir envuelto en una bandera que le permite alcanzar acuerdos con ERC sobre la televisión pública, pero no para librar a los ciudadanos de un irresponsable profeta por delegación. Tampoco ERC puede seguir avalando con su pasividad una estrategia con la que se declara en desacuerdo, liderada por quien se reconoce a sí mismo como títere de una asamblea cibernética, no como presidente de Cataluña. Estas fuerzas pueden y deben terminar la farsa y conjurar el fuego.

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