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Columna
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El deterioro que no cesa

Quizás el presidente Sánchez se arrepienta pronto de haber demorado la convocatoria de elecciones

Josep Ramoneda
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, responde al presidente del Partido Popular, Pablo Casado, durante la sesión de control al Gobierno celebrada de ayer en el Pleno del Congreso de los Diputados.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, responde al presidente del Partido Popular, Pablo Casado, durante la sesión de control al Gobierno celebrada de ayer en el Pleno del Congreso de los Diputados.Javier Lizón (EFE)

La crisis del poder judicial y el fiasco del repentino pacto de melancolía bipartidista entre el PSOE y el PP para maquillar la imagen de la justicia confirman el peligroso deterioro de las instituciones españolas. ¿Dónde aparecerán las próximas grietas? Con una mayoría de gobierno precaria, con los presupuestos en el aire y con una derecha que ha optado por la vía del griterío, se vive en una sensación de provisionalidad incompatible con la urgencia de actuar sobre el desgaste de los materiales institucionales. El presidente Sánchez insiste, aunque sin grandes precisiones, en su voluntad reformista pero choca con una debilidad parlamentaria que en cualquier momento le puede condenar a la ingobernabilidad. Siempre hay un motivo para aplazar la convocatoria de elecciones, un nuevo hito del que se espera que salga la luz: ahora, Andalucía. Pero las estaciones de este vía crucis se acaban. Y más con el juicio al independentismo en el itinerario.

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El deterioro institucional es innegable, su gestación viene de lejos, el bipartidismo no se enteró o no quiso afrontarlo. Es cierto que nuestras trifulcas no son ajenas a lo que ocurre en nuestro entorno; que la democracia liberal vive mal la mutación del capitalismo industrial al financiero y al digital; que una globalización acelerada ha generado una contracción y el estado-nación que parecía desahuciado revive ruidosamente; y que las fracturas de la crisis han abierto unas brechas de desigualdad que generan enorme malestar y profunda desconfianza en la política.

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Pero es hora de afrontar las causas específicas de la situación que viven las instituciones españolas: la incapacidad de reformar el régimen, ni siquiera en los momentos en que había amplias mayorías para hacerlo. El desinterés por resolver las cuestiones que la transición había dejado pendientes: desde el modelo territorial hasta la modernización de un poder tan determinante como es el judicial. Y la incapacidad de los sucesivos gobernantes y del poder legislativo de anticipar el agotamiento del modelo de gobernanza. Cayó el bipartidismo y nadie sabe cómo ha sido. Han sido necesarios dos estallidos: el de la crisis de 2008 y el del proceso catalán para que las grietas afloraran y el deterioro institucional se hiciera manifiesto. Ni siquiera se entendió algo elemental: que si la cuestión catalana no se encauzaba políticamente, acabaría afectando al régimen entero. Cataluña pesa mucho. Tuvo que ver con la caída de Rajoy, ha acelerado el desprestigio del poder judicial, y se ha convertido en el comodín de las peleas de la política española, como puede constatarse en las elecciones andaluzas.

Quizás el presidente Sánchez se arrepienta pronto de haber demorado la convocatoria de elecciones. Hay pendiente una compleja tarea de recomposición política, cultural y social y para ello se requiere construir puentes en múltiples direcciones y la derecha está muy embravecida. A la izquierda le toca liderarla.

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