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Extremo singular

La viticultora Sara Pérez, en su finca Els Escurçons, en el Priorat. De aquí salen como máximo 3.000 botellas de un tinto único. A la derecha, su mano sobre una barrica de vinos rancios.
La viticultora Sara Pérez, en su finca Els Escurçons, en el Priorat. De aquí salen como máximo 3.000 botellas de un tinto único. A la derecha, su mano sobre una barrica de vinos rancios.

Crean vinos únicos. Algunos de ellos, de los más buscados del planeta. Trabajan en rincones difíciles, donde hay que luchar por cada botella. Son cinco mujeres, entre el Priorat, El Bierzo y la isla de La Palma, que buscan un camino más arriesgado y sostenible de hacer las cosas en la viña y la bodega. Son la punta de una revolución.

Esto empezó como un reportaje de mujeres que hacen vino para mutar a una historia de grandes vinos hechos por mujeres. De cómo un grupo de profesionales de la viticultura, de Galicia a Andalucía y de Cataluña a Canarias, ha logrado en dos décadas crear proyectos propios, originales, valientes y arriesgados; recuperar y dignificar variedades de uva denostadas (garnacha, cariñena, mencía, godello, listán) y formas artesanales de trabajar la tierra que habían quedado olvidadas tras la Guerra Civil; redescubrir y resucitar territorios perdidos, inaccesibles, en pendientes extremas y terrazas centenarias, siempre de riguroso secano, de una pobreza extrema, donde durante siglos solo se cultivó el sufrido viñedo (porque nada más crecía) y fueron arrasados por la industrialización del sector en los sesenta, cuando se buscaba producir millones de litros baratos destinados al granel. De luchar por la diferencia, la originalidad y la excelencia. Por una agricultura ecológica hasta sus últimas consecuencias; por el paisaje y la sostenibilidad. “La modernidad está en la resurrección del paisaje”, afirma la viticultora catalana Ester Nin entre sus viñas salvajes de Mas d’en Caçador.

“Yo vendí todo lo que tenía, hasta mi coche. Quería expresar en mis vinos un paisaje y una historia, los del Priorat”, afirma Daphne Glorian

 Y a partir de ahí —de la tierra, la uva, la orientación, el sol y la lluvia; de la ruleta rusa de la vendimia, “cada año es un mundo, nunca sabes cómo se va a expresar la tierra; es tu momento de máximo estrés, tienes que coger lo que te da la naturaleza, interpretarlo y cuanto menos se note tu mano, mejor”, explica la viticultora Sara Pérez—, crear vinos únicos, caros, algunos ya míticos, que arrasan fuera de España. Especialmente en Estados Unidos y el mercado asiático, donde se valora lo pequeño, original, puro y exclusivo. Y de perseverar para que esa vía que están abriendo más por la agricultura que por el marketing no se pierda. De atraer gente joven. Venga de donde venga, pero que se comprometa y tenga paciencia: la primera virtud del viticultor. Y viva de ello. Esta no es una historia de mujeres que hacen vino; es una historia de amor por el vino. Sus protagonistas son mujeres.

Tras las primeras conversaciones con las viticultoras protagonistas de esa revolución, este periodista recibió invariablemente una misma respuesta: no querían formar parte de “un reportaje que suponga un gueto de mujeres que hacemos vino”, según contestó Sara Pérez: “Como si lo que hacemos fuera excepcional. Yo compito con hombres y mujeres. De todo el mundo. Que no me coloquen como un florero en un rinconcito”. Su vecina en el Priorat, Ester Nin, que elabora algunos de los vinos más extremos de la comarca, fue más lejos: “No he visto nada más machista que esa idea recurrente de los vinos hechos por mujeres”. “A nadie se le ocurriría hacer un artículo sobre hombres que hacen vino”, reflexionaba Verónica Ortega, que tiene sus viñas en El Bierzo, “ni un congreso de hombres que hacen vino. ¿Por qué un reportaje sobre un grupo de mujeres que elaboramos vino? ¿Qué tenemos de diferente? ¿Sabe lo que más odio?”.

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Verónica Ortega. Licenciada en Química y Enología, gaditana, de 40 años, hija del matador de toros Rafael Ortega, llegó a El Bierzo en 2010 dispuesta a emprender su proyecto personal. Hoy elabora 40.000 botellas al año de vinos tintos y blancos, con uvas mencía y godello cultivadas en distintos suelos y con diferentes orientaciones. Se formó en el Priorat junto a Daphne Glorian, Ester Nin y Álvaro Palacios; pasó por Nueva Zelanda, el Ródano y Borgoña, y en El Bierzo la apoyaron los míticos Raúl Pérez y Ricardo Pérez Palacios.

—Dígame.

—Cuando escucho eso de que un vino es muy fe­menino. Me muero. Primero, no sé a qué se refieren; y segundo, si están hablando de un vino maduro, dulzón, pesado y goloso, es justo el que no me gusta. Ni elaboro. Yo busco vinos frescos, finos, delicados, complejos, con mineralidad: el reflejo de esta tierra dura, con pocas horas de sol; donde se vive desde hace siglos en torno a la viña: Valtuille de Abajo (León). Y esos vinos están hechos por una mujer.

A Daphne Glorian, de 59 años, le provoca un ataque de risa la pregunta de qué es para ella un vino femenino. Tarda en recuperarse. “Qué pretenden decir con eso, ¿que un vino femenino es seductor, caliente y fácil? El vino lo hacen personas, no mujeres ni hombres. Y yo me ­diferencio por mi modelo. Y por mi paciencia. Y porque sigo en la agricultura las fases de la Luna. Y porque no uso fertilizantes. Y porque llevo en esto 30 años. No por mi género”.

Licenciada en Derecho, suiza de nacimiento, de pasaporte francés, fue la creadora, en el corazón del Priorat, del tinto Clos Erasmus. Lo elaboró por primera vez en 1989. Formaba parte de aquel grupo de hippies que René Barbier, un joven viticultor de generaciones afincado entre La Rioja y Cataluña, había reclutado a finales de los ochenta para resucitar el Priorat, una comarca de Tarragona entre el Ebro y el Mediterráneo que durante siglos había vivido de la viña y estaba agonizando. Pero cuyo potencial era infinito. A juzgar por los éxitos que estaban cosechando en el mercado internacional desde finales de los setenta una nueva generación de vinos distintos y provocadores que estaba plantando cara a los míticos gigantes de Burdeos: los supertoscanos italianos, los vinos de garaje de Saint-Émilion franceses, los sorprendentes y carísimos californianos y algunas joyas centroeuropeas. A esa lista de vinos provocadores se sumaría en solo un par de años el Priorat.

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Victoria Torres. Su familia se dedica a la viña en La Palma desde 1885. Ella se hizo cargo del negocio en 2015. Era la primera mujer en hacerlo en cinco generaciones. Elabora 20.000 botellas de tintos y blancos con uva procedente de siete fincas en el sur de la isla (con viñas centenarias que crecen entre la ceniza volcánica) y el norte (en barrancos a 1.500 metros de altura). Estudió Historia. Tiene 44 años. Lucha para que la viticultura no muera en la isla.

Del tesón y la pasión de aquel grupo surgieron los vinos más rompedores y seductores que jamás se habían visto en España (con la excepción de Vega Sicilia, algún rioja de viejo cuño y los grandes de Jerez). La clave era el viñedo y el respeto al pasado. Iban a trabajar duro. Y venderlo caro. “Cogimos un camino propio e hicimos algo diferente contra viento y marea. Contra los que nos desanimaban y decían que cómo alguien iba a pagar por un vino del Priorat ‘de camionero’ 10 veces más que por un rioja”, recuerda Daphne Glorian. “No nos rendimos. Y yo creo que eso es importante para las personas que empiezan en esto. Yo vendí todo lo que tenía, hasta mi coche. Quería buscar, expresar y comunicar un paisaje y una historia. Y lo conseguí”. Hoy, sus botellas, no más de 3.000 por añada, alcanzan los 600 euros. Hay lista de espera. En 1994, Clos Erasmus (“lo llamé así por Erasmo de Róterdam y su Elogio de la locura, y para la etiqueta copié yo misma el retrato de Erasmo pintado por Holbein el Joven”) fue el primer vino español en conseguir 99 puntos de Robert Parker, el gurú mundial de la enología, en su calificación en la revista The Wine Advocate. En 2004 y 2005 Daphne Glorian conseguiría los 100 puntos. Era la primera vez que Parker otorgaba su máxima puntuación a un vino español. Todos querían probar Clos Erasmus. Se había convertido en una leyenda.

Glorian vive cuatro meses al año en Gratallops. En una sofisticada vivienda de altísimos techos construida en lo que fue una destilería del pueblo abandonada en 1939. El resto del año circula por el planeta. Duerme muy poco y lee y trabaja mucho en la viña y la bodega. Una parte de su éxito se debe al misterio que rodea a Clos Erasmus y que ella se encarga de alimentar. Nunca da pistas de su trabajo. Todo en ella proyecta un aire de misterio y misticismo. Odia el trabajo comercial. Se sigue considerando una hippy. Sobre su mesa, ensalada, tortilla de patata y quesos y embutidos catalanes. Abre varias botellas. Algo le ocurre a una de ellas. Pega un grito. Y pasa de su español con acento inconcreto al cerrado catalán de la comarca: “¡No fotis tu, está acorchado!”, y aparta tajante ese Erasmus. Y abre otro. “Sobre el tema de la mujer, lo único que puedo decir es que si va a Francia o a Italia, no ve ni una. Ni en el campo, ni en la bodega. Aquí está pasando algo grande. En España hay una revolución. Ahora nos tenemos que hacer tomar en serio. Como hicimos en el Priorat. Yo era tía, joven y de fuera. Y me costó. Tienes que saber lo que tienes entre manos. Aprender. Creértelo. Es la clave”.

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Daphne Glorian y Ester Nin. A la izquierda, Daphne, de 59 años, en su finca Les Vaques, en el Priorat. En 1989 elaboró sus primeras botellas de Clos Erasmus, hoy uno de los más buscados del planeta, del que se producen 3.000 unidades. Junto a ella, Ester, de 46 años, bióloga y enóloga, llegó al Priorat en 2000. Practica una agricultura biodinámica, entre la ecología y el esoterismo. El resultado son tres tintos de parcela inimitables.

Frente a ella en la enorme mesa de madera está Ester Nin, de 46 años, con una bandana en la frente y una melena convertida en un bosque de rastas. Llevan juntas 15 vendimias. Trabaja a su lado desde 2003. Al año siguiente comenzó su proyecto personal, Nit de Nin, en viñas extremas. Hay que jugarse la vida para acceder a ellas. Pequeñas parcelas donde no entra la química y se labra con mula, como La Coma d’en Romeu, Mas d’en Caçador o Planetes, de las que salen tres tintos únicos. Tres vinos que no se pueden explicar sin el entorno en el que nacen. No podrían surgir de ningún otro lado. Nin aplica a su trabajo en la viña una agricultura biodinámica. Entre la ecología y el esoterismo. Mima la tierra. La cuida y cura con tisanas. Nada de herbicidas ni abonos inorgánicos. Una práctica común en todas las profesionales de este reportaje, que no conciben la química en sus cultivos.

Su familia se dedicaba a la viña en el Penedès. Ester, tras estudiar Biología y Enología, optó en el año 2000 por el Priorat. “Aquí busqué mi camino. Sin interferencias de nadie. Con tres barricas. Y de prestado. Quería hacer una agricultura biodinámica. Y eso que tenía mala fama. Se pensaba que eran vinos con defectos. Cuando, por ejemplo, la Romanée-Conti, el vino más mítico y caro del planeta [una botella nunca cuesta menos de 12.000 euros], es biodinámico. Yo buscaba un producto propio. En el que me reflejara. Un estilo distinto. Y no era fácil. Las mujeres hemos estado durante siglos ausentes del mundo del vino. No había proyectos propios. Había, en todo caso, mujeres que trabajaban en bodegas familiares. Pero cuando moría el padre, la propiedad pasaba al varón. Nunca tuvieron la oportunidad de demostrar de lo que eran capaces”. Como resume Sara Pérez, “en el mundo rural el patrimonio era para el hijo. Las pocas mujeres que lideraban el campo estaban mal vistas. Separadas sin hijos o solteras. No tuvieron ni una oportunidad. En este negocio nunca se ha esperado nada de nosotras. Por eso podemos llegar más lejos sin ataduras. Podemos hacer lo que nos dé la gana. Somos libres”.

“Somos una generación que está haciendo vino desde el vientre, no desde la cabeza. Somos más libres”, asegura la viticultora Sara Pérez

Cuando se habla de viticultura heroica, en territorios inhóspitos, con pendientes de vértigo, terrazas colgadas sobre el mar y viñas de un siglo que no ­sufrieron la plaga de la filoxera (que acabó con todo el viñedo europeo en el último tercio del siglo XIX), donde salen vinos diferentes a todo lo conocido, hay que visualizar las islas Canarias. Encabezan una revolución de originalidad y valentía, con proyectos como los de Envínate, Ignios, Puro Rofe, Suertes del Marqués o los que crea Victoria Torres en la isla de La Palma, en plena reserva de la biosfera y en las proximidades del mayor cráter volcánico del planeta, la Caldera de Taburiente.

El renqueante Nissan Patrol que no superará la próxima ITV rezonga en las vertiginosas pendientes del barranco de Garomé, en la zona de Tahonero, en el norte de La Palma. Supera un mar de nubes. Se hace el sol. Conduce Vicky Torres, de 44 años. Sus manos sobre el volante están negras de tierra y uvas. “Mi tía me las mira y me dice: ‘Pobrecita, cómo se te están quedando”. Este camino interminable y aislado desemboca en sus viñas más escondidas. A 1.500 metros de altura. Su proyecto más personal. Su familia lleva en el negocio desde 1885. Ella, que había estudiado Historia y Ciencias Náuticas, se hizo inopinadamente con la bodega, tras la muerte de su padre en 2015. Y con el viñedo. Más allá de ganar dinero, la obsesión de Vicky (quinta generación de viticultores, la primera mujer a cargo del negocio) es recuperar la fisonomía natural que tenía su isla antes de la invasión de las plataneras y la introducción del regadío en los años sesenta. Documentar lo que está en vías de desaparición. Y luchar porque su oficio no se pierda. Un reto al que se enfrenta en solitario. “Aquí hace falta compromiso, visión y sostenibilidad. Y veo mucha miopía. Hay días que me desmoralizo”.

Cultiva y cuida sus siete viñas: unas sobre el mar, azotadas por el viento, sobre un terreno negro de ceniza volcánica (el picón); otras agrestes y perdidas entre precipicios y viejos frutales. Las entiende e interpreta; las vendimia y elabora en la vieja bodega familiar, en cuyas puertas ha escrito con tiza versos de Walt Whitman para conjurar la soledad. Logra 20.000 botellas de grandes tintos y blancos con variedades locales (albillo, listán, malvasía, negramoll) y un aire personal e intransferible. Ha empezado a entender sus uvas desde abajo, desde la sencillez, para contemplar y comprender cómo evolucionan a cada altura, orientación y suelo, ya sea en un terruño pedregoso o cubierto de picón. Arrastra un eterno gesto de cansancio.

Viñedos en isla de La Palma.
Viñedos en isla de La Palma.

“Redescubrí este oficio en 2007. Aunque mi padre durante años solo me dejaba ocuparme de la bodega y no del campo, que es lo que me apasiona: donde se hace el vino es en la viña, no en una barrica. Mi problema es el aislamiento. Estoy en un sitio perdido, en una isla pequeña en mitad del Atlántico. No tengo a quien consultar. No hay viticultores de menos de 70 años. Cuando uno muere, desaparece un pedazo de nuestra historia. Lo mío es un ejercicio de prueba y error. Me equivoco todo el rato. Intento ir más allá y a veces me quedo en nada. Y además tengo la presión del entorno: me siento observada, marcada y cuestionada. Y no soy una niña. La clave es que venga gente de fuera que ame esto y comparta mi proyecto. La viticultura en La Palma puede renacer con forasteros, con ideas nuevas, con pasión y riesgo, como pasó en el Priorat. Internet está siendo mi ventana al mundo. Sobre todo para saber que cuento con las otras chicas, con mis compañeras del vino de toda España”.

Hace unos meses, Sara Pérez, de 46 años, voló desde el Priorat hasta La Palma para pasar unas horas con Vicky. En los territorios de ambas hay que trabajar duro para sacar poco. Pero muy bueno. Hubo entre ambas una súbita conexión personal. Bióloga y filósofa, en el negocio del vino desde 1996, con cuatro hijos, Pérez es una de las figuras más sólidas de la viticultura en España. Entre Porrera y Falset, gestiona la bodega familiar Mas Martinet y su proyecto personal, Venus-La Universal. Tiene un discurso elaborado que desarrolla en las laderas de su finca Els Escurçons, del que salen no más de 3.000 botellas del ­tinto del mismo nombre entre un suelo de pizarras de 400.000 años. “Somos una generación que está haciendo vino desde el vientre, no desde la cabeza. El vino perfecto, sin aristas, me aburre profundamente. Y yo creo que a todas nosotras. Frente a ese modelo, arriesgamos. No buscamos recetas ni vinos sin alma. Tampoco queremos estar de moda. Vamos más lejos. Somos valientes. Estamos dispuestas a equivocarnos. No tenemos nada que perder”.

—¿Por qué?

—El negocio del vino ha sido heteropatriarcal. Tanto en la viña como en la bodega. En el campo no había mujeres. Y es ahí donde te juegas hacer un gran vino. Allí podas y vendimias. Tampoco hemos tenido a mujeres como referentes. Hemos buscado nuestro camino cada una por su cuenta; en su territorio; con sus variedades. Y ahora, gracias a la rapidez en las comunicaciones, hemos construido una red. Algo informal, pero muy gratificante, porque cada una está en una punta, pero, por primera vez, compartimos muchas cosas.

Sara Pérez afirma que en esa comunidad ninguna busca protagonismo, sino colaborar. No hay lugar para liderazgos. “No se trata de competir, sino de ir más lejos. De escapar de tu zona de confort. De echarle dos ovarios y pasar de las recetas al uso y no rectificar, sino asumir. No es un concurso de egos e individualidades, sino ganas de hacerlo en conjunto mejor que nunca. Aquí no sobra nadie. Entre los nombres que las viticultoras de este reportaje destacan y repiten, las que asumen, según Sara Pérez, “un riesgo brutal”, están Anna Espelt, en el Empordà; Iria Otero, en Rías Baixas; Charlotte Allen, en Arribes del Duero; Irene Alemany, en el Penedès; Beatriz Herranz, en La Seca; Julieta Casado, en Bullas; Laura Casado, en Ribeira Sacra; Pili Sanmartín, en Terra Alta, o María José López de Heredia, en La Rioja. Su modelo es el mismo. Recuperar, resucitar, reivindicar el pasado y apostar por el entorno. Hay muchas mujeres más.

Extremo singular

Sara Pérez. Bióloga y filósofa, de 46 años, comenzó a trabajar en 1996 en la bodega familiar del Priorat, Mas Martinet. Forma parte de la segunda generación de nuevos viticultores de esa comarca. En 1999 inició su proyecto propio bajo el sello Venus-La Universal. Busca vinos que no sean perfectos, pero que tengan alma. Está dispuesta a ­equivocarse en ese camino. En la imagen, junto a su becaria Sandra Lozano.

Entre ellas, algunas con un periplo vital tan ­peculiar como el de Verónica Ortega, de 40 años, gaditana, licenciada en Química y Enología e hija del ­matador de toros Rafael Ortega. Verónica vive y trabaja en Valtuille de Abajo (León), el epicentro vi­tícola de la comarca de El Bierzo, una aldea con 150 habitantes y nueve bodegas, donde elabora 40.000 botellas de tintos y blancos. Un día dejó Andalucía y nunca más volvió. Aterrizó en esta tierra en 2010. Había sido ­formada por Ester Nin, Daphne Glorian y Álvaro Palacios en el Priorat, y por Raúl Pérez y Ricardo Pérez Palacios en El Bierzo; había trabajado en Nueva Zelanda, el ­Ródano y en Romanée-Conti. “Y quería hacer algo propio. De otra forma. Y vivir de ello. No me importaba dónde. Me vine aquí sola. Sí, este trabajo exige mucho físicamente. ¿Y qué?”, explica mientras recorre su viñedo, el Couso, labrado y cultivado como se hizo históricamente en este territorio berciano. “En Valtuille encontré todos los elementos para hacer grandes vinos: viñedo viejo, suelos diferentes con los que experimentar; una uva, la mencía, que proyecta muy bien la variedad de esta tierra, y una cultura muy potente del vino. Un mundo perfecto. Aquí me voy a quedar”.

No hacen vinos de mujeres ni para mujeres. Hacen vinos. Algunos muy grandes. Que ya circulan por todo el planeta. No diseñan, se arriesgan. Aman la tierra y su oficio. Cada una tiene su registro y su personalidad. Creen en el trabajo en equipo y ninguna se siente el eje de ningún movimiento. Reivindican, pero no pierden ni un segundo en lamentos. Tienen toda la ilusión. Siguen luchando. Son extremas y singulares.