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Cómo vestir a una novia

boris izaguirre
Boris Izaguirre, presentador de ¡Sí, quiero ese vestido!

La elección del traje nupcial es la decisión más importante de una boda. Y sobre esta prenda icónica se cimenta una enorme industria, de la que España es segunda potencia mundial. El programa de televisión ¡Sí, quiero ese vestido! se alía con las futuras contrayentes —y su séquito— para encontrar el diseño ideal

NUNCA ME IMAGINÉ que presentaría un programa de televisión donde una novia encuentra su traje ideal. O donde un traje ideal encuentra a la novia perfecta. Mi madre se casó con un Dior de color tabaco en el registro civil del municipio donde residía en Caracas. En vez de velo, estaba embarazada de mí. Si ahora estuviese viva, le haría mucha gracia ver cómo se emocionan las mujeres que acuden al programa que presento cuando se ven en el espejo vestidas de novias. No importa el estilo, no importa la talla, no importa el presupuesto. Lo que importa es ese nudo en el estómago, ese instante que decide que estás en el vestido de novia que siempre quisiste.

Pero ¿es de verdad así? ¿Puede tener tanto poder emocional un vestido de novia, aun en los tiempos del #MeToo? Me negaba a creerlo hasta que fui observando ese golpe de asombro sincero, esa mezcla de intuición y lágrima en los rostros de una y otra y otra mujer. “Es algo con lo que sueñas desde niña. Yo usaba las sábanas de mi cama y me hacía un traje y el velo”, me confesó una de ellas entre pruebas en la tienda de Madrid donde se graba el programa. Representa una línea del grupo Rosa Clará y la diseñadora será una de las invitadas estelares del programa. “La mayoría de los diseñadores son hombres y para mí fue difícil al principio”, dice Clará. “Pero hoy día ya no existe esa diferencia, para los jóvenes no hay distinción entre un diseñador o una diseñadora y me alegra formar parte de ese cambio”. ¿Qué hace que el traje de novia supere cualquier ideología, cualquier cambio en la lucha por los derechos de las mujeres? Clará enfatiza que “es una ilusión con la que naces y que no hace daño a nadie”. “Vestir a una novia es el lujo del lujo, estamos hablando de uno de los días más importantes de su vida”, me explica Victoria Martín Berrocal desde su taller de costura. “Que te elijan como diseñadora es entrar en la historia de la vida de esa persona. Cuando empecé quise compartir mi locura sevillana, los volantes que traía conmigo de mis trajes para la Feria de Abril, y me apasionó el mundo de las novias. Es otra moda, es su propio mundo”

Prueba de vestido de Inmaculada, de 27 años, durante el programa.
Prueba de vestido de Inmaculada, de 27 años, durante el programa.

Un mundo que cada vez tiene más peso en la industria de la moda. Porque mueve millones. Los matrimonios en España han descendido considerablemente. Hace 10 años se celebraban 204.772, mientras que en 2017 esa cifra bajó a 171.454, la gran mayoría civiles. Pero el traje de novia ha conseguido colarse en las ceremonias civiles: lo que antes parecía propiedad de la boda eclesiástica ha conseguido democratizarse, y resulta indiferente la religión o el lugar donde se viste.

El vestido nupcial tal como lo conocemos se introdujo en 1840 con la boda de la reina Victoria de Inglaterra con el príncipe Alberto

El vestido de novia que conocemos se introdujo en 1840, con la boda de la reina Victoria de Inglaterra con su prometido, el príncipe Alberto. Al día siguiente del magno evento, una fábrica replicó el modelo y no solo se agotó inmediatamente, sino que se impuso como elemento principal de cualquier casamiento formal. De una tacada popularizó los hábitos y los usos de la monarquía, haciéndolos accesibles. La corona, el velo, la cola del traje y, sobre todo, el blanco servían casi de propaganda para realzar la monarquía. Como novia, podías ser reina de tu propia vida. Reina por un día. El traje adquiría poderes, como el de Superman. Era en sí mismo un símbolo de mando.

Durante la grabación del programa ¡Sí, quiero ese vestido! han ­desfilado muchísimas novias con ideas que podrían ser consideradas modernas sobre el traje. Y sobre el matrimonio. Muchas querían una boda civil sin velo. “El velo me hace sentir mayor, es algo más de mi abuela”. Otras quieren que sea sexy pero elegante. Y ese sexy significa transparencias, escotes en el cuello o en la espalda.

Una diseñadora de novias, ¿piensa en ella o en la novia? “Haces lo que puedes para que se encuentren cómodas y divinas”, sostiene Martín Berrocal. Laura Ponte, modelo y diseñadora, se acerca al rodaje como asesora invitada. “Muchas veces, las novias se visten para agradar a su novio, a la madre de su novio y a la suya propia, o a ese hermano que admiran. Y yo siempre les digo lo mismo: vístete para ti. Es tu día, aprovéchalo”. Aun así, “he traído a mi madre y a mi mejor amiga” suele ser la frase con la que muchas novias llegan al momento de la prueba. E intentan mantener la compostura hasta que uno de los trajes hace que todos lloren a lágrima viva. “Es muy emocionante verla por primera vez vestida de novia”, reconocen muchos progenitores.

Momento de las pruebas del vestido de novia.
Momento de las pruebas del vestido de novia.

“Probablemente vivamos una época cursi”, suelta una amiga guionista. “Y contradictoria. Las mujeres avanzamos en muchos aspectos profesionales y sociales, pero vernos vestidas de novia sigue siendo una aspiración”. El mercado nupcial se expande sin parar. La propia Rosa Clará confirma que su marca tiene 4.000 tiendas en todo el mundo, y hace un año en las páginas de economía de EL PAÍS se estimaba que “un momento en la vida que ­requiere una ceremonia, un banquete y un atuendo especial rondaría los 30.000 euros”. La información la proporcionaba el salón anual de las bodas, 1001 Bodas, que se celebra en el Palacio de Congresos de Madrid. Es allí donde DKiss, la cadena que emitirá ¡Sí, quiero ese vestido! desde el 11 de noviembre, ha decidido hacer la presentación del programa.

Al llegar, me asombra el despliegue de público y de stands relacionados con una boda. Desde los coches antiguos, pasando por la cantidad industrial de alianzas, hasta llegar a las marcas de trajes y zapatos. “Da un poco de vértigo”, señala el encargado de recibirme en el evento. Y me informa, estadística en mano, que España es el segundo país productor de trajes de novia del mundo. El primero es China, que se fija mucho en los diseños que se hacen en España. Las exportaciones del sector se han incrementado un 3,9% en 2017. “Sí, pero la estrella en el matrimonio es la novia”, sostiene Laura Ponte. “Yo les aconsejo que abran su mente. Muchas veces se ven en un tipo determinado de vestido y en realidad, tras mucho probar y conversar, se dan cuenta de que se ven mejor en un estilo completamente diferente”. Es lo primero que digo sobre la pasarela para anunciar el programa: “Aunque creamos que tenemos las ideas claras para nuestro traje de bodas, es el vestido el que te escoge a ti”. Las futuras novias que asisten al salón se echan a llorar como las de mi programa. He dado en el clavo: #ElVestidoTeEscoge.

Cómo vestir a una novia
Cómo vestir a una novia
Momentos de las pruebas del vestido de novia.
Momentos de las pruebas del vestido de novia.

Lorenzo Caprile se convirtió en una estrella del mundo nupcial tras realizar el traje de novia de la infanta Cristina, un modelo icónico tanto por el momento que representa como por lo que sucedió después, que el exduque de Palma terminara en la cárcel. “Fue una ardua investigación, en el Prado, en los archivos de Patrimonio… La infanta quería una tela que compartiera la aparatosa historia de su familia. A partir de su traje me hice más reconocido, pero jamás he dejado de hacer mi trabajo de costurero, casi sastre, con el mismo cariño y discreción”. Caprile es un diseñador que respeta la historia. “Madrid está lleno de arte e información”, explica. Vive en un hotel con sus libros y recortes de tela, y su participación en el programa Maestros de la costura lo ha hecho más popular. “Hay que respetar a todos los que acuden a las pruebas. Sobre todo a la mamá, que inevitablemente quiere reactivar su boda en la de su hija. Y si prefiere abstenerse y no venir, su ausencia hace más importante la necesidad de que esté presente. Pero tu diálogo es con la novia”.

Días después, hay considerable excitación en el plató. Grabaremos a una pareja en la que ambas se casarán con traje de novia. No es la primera boda gay en la que asesoramos sobre el vestido, pero sí la primera en la que acuden juntas. Solo nos piden un requisito: no quieren verse vestidas de novia la una a la otra antes del enlace. Mantienen la vieja costumbre supersticiosa de que una de las partes jamás ve a la novia antes de que llegue al altar. “Nos apetece hacerlo así”, me dice una de ellas. Las asesoras han seleccionado hasta cuatro trajes para cada una. “De repente, una podría ir de sirena y la otra de princesa”, me atrevo a sugerir. La respuesta es gélida. Glups. “Yo me siento muy femenina, no necesito que un traje me lo recuerde”, responde una de las novias. Al final, separadas por un biombo para que no se viesen, las dos escogen un modelo bastante similar, en medio del alivio general.

La mayoría de las novias rechazan el velo. Cuando se lo ven puesto, los gestos de su cara indican inseguridad (temen que se mueva y se desplace por cualquier movimiento) e incomodidad. “Pica”, argumentan mayoritariamente.

Muchas de las novias se casan en segundas y terceras nupcias o vienen de relaciones largas donde han tenido hijos pero no se han casado. “Tengo un cuerpo real”, dice una, “he sido madre tres veces, pero me quiero casar como me siento, guapa, con mis curvas y mis cosas, pero radiante.”

Rosa Clará llega al plató la última semana de grabación. Menuda, simpática pero exacta, rodeada de profesionalidad. “Hay que saber detectar quién lleva la voz cantante en el grupo”, matiza. “Todas las novias quieren algo original y yo siempre les digo que lo más original es lo normal. Es la única manera de dar en el clavo con el vestido”. Juntos asesoramos a una novia cuya madre es muy fan de Rosa. Y en el primer traje se masca la tragedia: la hermanastra de la novia sentencia el traje como “demasiado formal”. Clará guarda la compostura. En el tercer traje sigue sin flaquear. “La mayoría de las novias van ganando seguridad con cada traje. Eso también es bueno, la seguridad es la mejor arma para una mujer”.

“Una boda sigue siendo un día histórico en tu vida, ¿por qué razón vas a ir mal vestida?”, dice Almudena Grandes

Esa noche acudo a una cena con Almudena Grandes y cavilo cómo preguntarle sobre las novias, el fetiche moderno en que se transforma el traje y la importancia que adquiere… incluso en los tiempos del #MeToo. “Sigue siendo un día histórico en tu vida, ¿por qué razón vas a ir mal vestida, sin arreglar?”, dice. Desfilan ante mí decenas de novias míticas, desde Grace Kelly y Jacqueline Kennedy, que favorecieron el encaje y el blanco nuclear, pasando por Lady Di y Rocío Jurado, que sucumbieron al espectáculo y la exageración, hasta Sofía Palazuelo, adelantándose al revival del minimalismo que vendrá el año que viene. Meghan Markle y Eugenia de York, que se casaron en el mismo sitio, la capilla de San Jorge en Windsor, pero con vestidos tan diferentes como sus orígenes. El de Meghan, reivindicando la convivencia de razas; el de Eugenia, más apegado a la tradición inglesa, quizá más Brexit, pero dejando la espalda descubierta para enseñar la cicatriz que luce con orgullo recordando que sufrió escoliosis. Almudena Grandes tiene razón: no hay motivo para no querer ese traje que, tras muchas dudas y pruebas, casi siempre se convierte en uno de los mejores momentos de tu vida. 

El programa ¡Sí, quiero ese vestido! se estrena el 11 de noviembre, a las nueve de la noche, en DKiss.

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