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MIGRACIONES OPINIÓN i

El peor de los naufragios

Desde la primera imagen del cadáver de un inmigrante en una playa de Cádiz hace 30 años, miles de muertos no han sido suficientes para corregir este gigantesco fracaso europeo

Imagen de la primera muerte documentada de un inmigrante en el Estrecho, en la playa de Los Lances, en Tarifa (Cádiz).
Imagen de la primera muerte documentada de un inmigrante en el Estrecho, en la playa de Los Lances, en Tarifa (Cádiz).

La llamada le pilló en pleno desayuno, pero Ildefonso Sena no dudó en contestar. “Hay un cadáver en la playa de Los Lances (Tarifa, Cádiz)”, le dijo su contacto al otro lado del hilo telefónico. Y el periodista tarifeño salió corriendo para allá, armado con su bloc de notas y una pequeña cámara. “Ni siquiera soy fotógrafo, pero la acababa de comprar para documentar lo que me encontraba”, explica. De tanto repetir la escena, se la sabe de memoria: “Vi el cadáver de un hombre de unos 25 años tirado sobre la playa, aún vestido y cubierto parcialmente de arena y algas. Detrás, una barca”. Click. Y disparó. “Desde entonces, esa foto me persigue”, asegura.

Este jueves se cumplen exactamente 30 años de aquella imagen pero, en realidad, aquel no fue el primer muerto. Lo contaba Sena la semana pasada en el festival Periplo de Puerto de la Cruz durante el preestreno del documental El naufragio, producido por la Diputación de Cádiz con guion del periodista de la cadena SER Nicolás Castellano, que recoge estas tres décadas de vergüenza colectiva en nuestras playas y fronteras. “Desde hacía semanas la Guardia Civil venía alertando del avistamiento de cuerpos en el mar que no pudieron ser recuperados”, explica Sena. Pero la suya fue la primera imagen, la primera constatación real, tangible, de lo que empezaba a ocurrir.

Después vinieron muchas más. Y más. Y más. Imágenes de cadáveres de hombres, de mujeres y de niños, unos arrastrados por las olas, otros reposando mansamente en la orilla ante la indiferencia de una pareja que toma el sol o que juega a las palas, seres humanos hundiéndose con los ojos desorbitados junto a una patrullera de la Guardia Civil, encaramados a las vallas que les desgarran los brazos, las manos, la piel; madres, esposas, hermanos y amigos llorando a los suyos en tantos y tantos cementerios llenos de tumbas sin nombre. Lo que había comenzado en el Estrecho se repitió una década más tarde en Canarias.

Fue el 28 de julio de 1999 en la playa de La Señora. La imagen de los siete cuerpos de los siete jóvenes procedentes de Guelmim, en el sur de Marruecos, tirados en el suelo de la cofradía de pescadores de Morro Jable también persigue a quienes la vieron. O la angustia de la lotería macabra de la morgue del hospital de Fuerteventura, hasta donde acudieron los familiares para identificarlos. Y siguió pasando. Todos aquellos huesos y músculos de carne rosada ya sin vida esparcidos por el barranco del Mal Nombre, la isla de Lobos o la playa de Arinaga, donde 10 chavales se ahogaron a dos metros de la playa porque chocaron con una roca, porque era de noche, porque no sabían nadar, porque estaban muertos de frío, quién sabe por qué.

Al fotoperiodista García Arévalo lo que le persigue es un sonido. Fue el 5 de febrero de 2001, en la playa gaditana de Bolonia y también lo cuenta en El naufragio, que se estrena el próximo lunes en Cádiz. “Tras hacer fotos de los cuerpos decidí que ya era suficiente y me puse a sacar un cadáver del agua. Entonces sonó un teléfono móvil. Era de esa persona fallecida, lo llevaba empaquetado en cinta de embalar. Desde entonces me pregunto quién habrá sido la persona que llamó, su madre, quien le ayudó a cruzar, la persona que lo esperaba en este lado”, asegura el fotoperiodista. Y siempre la misma pregunta, la misma sombra de duda. Si estos son los que aparecen, ¿de cuántos ni nos habremos enterado?

El peor naufragio de todos es el de una clase política europea sin el coraje necesario para afrontar esta tragedia y una sociedad que, pasado el sobresalto de la portada o el minuto de televisión, sigue mirando hacia otro lado

Algo así estuvo a punto de ocurrir en 2007 con la peor tragedia conocida en la historia de la emigración clandestina hacia España, cuando un cayuco que había salido del sur de Senegal rumbo a Canarias desapareció para siempre en el océano. Fallecieron todos sus ocupantes, unas 160 personas procedentes de la región de Kolda. El periodista senegalés Cheikh Oumar Seydi fue el primero en contarlo, salvando a aquellos jóvenes y a sus familiares de la condena añadida del anonimato, de la indiferencia y el olvido. Tantísimos muertos en el mar, tantísimos desaparecidos en el desierto. Incontables tragedias tragadas por la sal y la arena.

Ponerles nombre y apellidos, capturar una imagen, averiguar su historia. Contar al mundo que no son números ni estadísticas sino seres humanos en busca de una vida que vivir. Su huella, su rastro está por todas partes, en las calles estrechísimas de Thiaroye sur Mer, a las afueras de Dakar, donde las madres siguen soñando con que un día verán a sus hijos volver con los bolsillos llenos y una sonrisa; en la carretera entre Bamako y Gao, en Malí, por donde circulan los autobuses repletos de jóvenes con el sueño de "la aventura" en la mirada; en la estación de transportes de Niamey, en Níger, donde se reagrupan y descansan antes del último esfuerzo; en las oscuras casas de Agadez, donde aguardan.

Ponerles nombre y apellidos, capturar una imagen, averiguar su historia. Contar al mundo que no son números ni estadísticas sino seres humanos en busca de una vida que vivir

Nadie podrá decir que no se enteró de que, solo por las costas andaluzas, más de 6.700 personas murieron intentando llegar a España en estos 30 años, fruto de la violencia y la represión en la frontera y de un marco legal que les empuja a intentarlo por esta vía. Reporteros y fotógrafos como Nicolás Castellano, el propio Ildefonso Sena, Fernando García Arévalo, José Luis Roca, Juan Medina, Desirée Martín y tantos otros han dedicado años a que no se nos olvide que el capítulo español de la historia universal de la infamia lleva impreso, desde aquel 1 de noviembre de 1988, el sello de esos cadáveres mojados. De esos cuerpos y esos naufragios que son, en realidad, los pilares sobre los que se asienta el peor naufragio de todos, el de una clase política europea sin el coraje necesario para afrontar esta tragedia y una sociedad que, pasado el sobresalto de la portada o el minuto y medio de televisión, sigue mirando hacia otro lado.

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