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Ciudades globales

Entre la mera gestión y el puro relato electoralista es necesario abrir un espacio donde se confronten verdaderos proyectos contrapuestos de urbes

Pleno del Ayuntamiento de Valencia, este jueves.
Pleno del Ayuntamiento de Valencia, este jueves. Europa Press

Las ciudades siempre fueron espacios de vanguardia en los que el disfrute de sus muchedumbres, dicen los poetas, constituye un arte. Tradicionales bastiones de libertad, hoy han sabido recoger las ganancias de las cadenas de valor generadas por la globalización. Sin embargo, convertidas en refugio de las nuevas élites financieras y políticas, han ido perdiendo su poder de influencia. Siguen siendo, no obstante, auténticos laboratorios donde convergen las principales fracturas con sus nuevos realineamientos políticos y sus visiones del mundo en disputa. Si en algún momento fuera posible canalizar estas grandes brechas de índole global, será en las ciudades donde tendremos que buscar las respuestas.

Como unidades políticas, las grandes ciudades son cosmopolitas, más abiertas a la globalización y la inclusión de foráneos que otros espacios territoriales. Y junto a la brecha generacional, la que se abre entre el comportamiento político de los habitantes de las grandes urbes y el resto del país en el que se incardinan es la más importante que hoy nos encontramos. El impulso creado por el modelo de ciudades inteligentes ha revolucionado su gobernanza; en ellas se ponen en práctica también nuevas maneras de transformación democrática que buscan otras formas de participación política, de conexión del gobierno con los vecinos, eso que ahora recibe el nombre de “municipalismo”. Barcelona, Madrid o Valencia se convierten así en símbolos y ejemplos, pues estos espacios de autonomía y experimentación entre lo local y lo global siempre fueron algo en lo que esas ciudades destacaron con un brillo genuino.

Por eso es importante que ahora que en estas urbes se preparan batallas electorales muy competitivas, con resultados extremadamente abiertos, se recuerde que entre la mera gestión y el puro relato electoralista es necesario abrir un espacio donde se confronten verdaderos proyectos contrapuestos de ciudad. Pero también sería bueno que una disputa basada en el debate sobre modelos de metrópolis vaya más allá del cruce retórico invadido por la lógica de la nostalgia. Y se debe evitar que la ciudad se convierta en un instrumento político al servicio de otros intereses partidistas. Es necesario una discusión enriquecedora sobre las ciudades, sobre su pulso en el mundo y los retos a los que como todo núcleo vanguardista tienen que hacer frente. Los grandes problemas globales —la contaminación, la convivencia de culturas en un mundo cada vez más pequeño o la saturación demográfica mientras el mundo rural se queda cada vez más vacío y lejano— se debaten en los espacios urbanos. Y esos retos, tan importantes y cercanos para todos los habitantes de las grandes urbes, independientemente de dónde vivan, son los que deberían centrar las contiendas electorales que se avecinan.

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