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Ver y comprender

Cuando se produce una guerra quedan enormes vacíos, preguntas sin respuesta, turbulencias íntimas difíciles de concretar

'Españoles sin patria. Café Voltaire' (2018), de Carlos García-Alix, donde aparecen Azorín, Baroja u Ortega, entre otros.
'Españoles sin patria. Café Voltaire' (2018), de Carlos García-Alix, donde aparecen Azorín, Baroja u Ortega, entre otros.

Ahora que ha vuelto el ruido del pasado con la iniciativa del Gobierno socialista de exhumar los restos de Franco, produce tristeza comprobar que no se hayan tejido todavía los acuerdos necesarios entre los partidos democráticos para cerrar definitivamente las cuentas pendientes que queden con el golpe de Estado, la Guerra Civil y la dictadura que vino después. Durante la Transición se procuraron reparar muchos de los destrozos que provocó el franquismo, pero quedaron cosas por hacer. Algunos años más tarde, ya con la democracia consolidada, llegaron los nietos de los que padecieron aquella época aciaga para exigir que se fuera más lejos.

No solo pretendieron empujar para que se resolvieran algunos asuntos pendientes (las fosas, los símbolos de la dictadura, el Valle), sino que muchos se aventuraron en otro desafío, el de explorar en las zonas oscuras del pasado. En Calle Este-Oeste, el libro en el que el jurista Philippe Sands vuelve sobre la II Guerra Mundial tirando del hilo de uno de sus familiares, se incluye una observación muy reveladora del psicoanalista Nicolas Abraham sobre la relación entre un nieto y su abuelo: “Lo que atormenta no son los muertos, sino los vacíos que dejan en nuestro interior los secretos de otros”. Y eso es lo que suele ocurrir cuando se produce una guerra: que quedan enormes vacíos, preguntas sin respuesta, turbulencias íntimas difíciles de concretar.

Una de las lecciones que recibió Claude Monet de su maestro Eugène Boudin, y que ilustra estos días una exposición en el Museo Thyssen, fue que la tarea esencial de un artista es ver y comprender. Pintar es uno de los caminos que se toman para conocer las cosas. Lo ha frecuentado unos de esos nietos de los que padecieron la Guerra Civil, Carlos García-Alix. Hace unos meses, entre abril y junio de este año, mostró en el Instituto Francés de Madrid un puñado de cuadros que pintó para ver y comprender lo que le había sucedido a su abuelo, Miguel Pérez Ferrero, durante los primeros meses de la guerra. Escritor, periodista, hombre de letras que estaba metido de lleno en el mundo intelectual de la época, Ferrero empezó trabajando tras el golpe en Milicia Popular, el órgano del Quinto Regimiento, y un buen día se refugió en la Embajada francesa, huyó a París unos meses más tarde y terminó colaborando con los que hacían allí la propaganda a favor del bando franquista. ¿Qué lo hizo cambiar de posición?

Carlos García-Alix lleva a su abuelo a sus obras para intentar documentar el intrincado laberinto de contradicciones que la guerra produjo en tantos españoles. Lo retrata en la redacción de la publicación de las milicias comunistas, pinta el barco que lo llevó a Francia —el Iméréthie II—, lo imagina con sus amigos —Ortega, Azorín, Baroja, Pérez de Ayala, Marañón— en el café Voltaire de París, se acerca a algunos de ellos. ¿Qué muestra? Una atmósfera fantasmal, unos personajes rotos, un mundo habitado por una tristeza infinita y dolorosa, los rostros desamparados de quienes pululan en una ciudad ajena y suspendida en el tiempo y donde están amarrados a una soledad impotente. ¡Qué horror la guerra, cuánto destrozo personal, qué cantidad de vacíos que han dejado los secretos de los que vivieron aquello! Se necesita ver para comprender el sinsentido al que fueron empujados los españoles por las ambiciones de poder de los golpistas y, ya metidos en tanta ruina ahora que ha vuelto el ruido del pasado, quizá sigan sirviendo aquellas palabras que un día dijo Azaña: “Paz, piedad, perdón”.

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