Columna
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La metamorfosis

La imagen de la UE en España ha mejorado en los últimos años, pero no se han recuperado los niveles de apoyo anteriores a la crisis

El primer ministro húngaro, Viktor Orban, llega a la sesión del parlamento en Budapest.
El primer ministro húngaro, Viktor Orban, llega a la sesión del parlamento en Budapest. ATTILA KISBENEDEK / AFP / GETTY IMAGES

La semana pasada tres eurodiputados del Partido Popular votaron en contra de un informe del Parlamento Europeo que pedía sancionar a Hungría por violar los valores fundamentales de la UE. El resto de eurodiputados populares optó por la abstención. ¿Es la falta de firmeza frente a la deriva excluyente en Hungría una señal de los derroteros discursivos que germinan en el PP? Quizás no, pero el gesto en el Parlamento Europeo plantea la cuestión sobre si existen condiciones para que los populares se adentren en un discurso antiinmigración y antieuropeo.

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Se dice frecuentemente que en España no hay demanda para ese discurso, que no puede calar porque contamos con una sociedad muy favorable a la inmigración y a la Unión Europea. A menudo repetimos, casi invocándolos como antídoto, los datos de opinión pública que muestran que en este país la visión de la inmigración es más positiva que la del ciudadano medio europeo. Los datos son ciertos. Pero que los suecos hayan sido tradicionalmente los campeones europeos en tolerancia hacia la inmigración no ha impedido el auge electoral de la extrema derecha en las últimas elecciones.

Nuestro europeísmo no es el que era. La imagen de la UE en España ha mejorado en los últimos años, pero no se han recuperado los niveles de apoyo anteriores a la crisis. Nuestra valoración de las instituciones europeas, además, se ha polarizado, como sugieren los análisis de los investigadores Bauer y Morisi. Una ciudadanía más distante del proyecto europeo es más vulnerable al discurso que lo cuestiona. Y tras los grandes cambios —mercado común, libre circulación, integración monetaria— el proyecto europeo parece falto de activos para renovar el compromiso europeísta, para compensar el discurso que lo amenaza.

La cuestión final es si habrá oferta, si emergerá el discurso de derecha radical. La urgencia electoral podría espolear un cambio en las fronteras del nacionalismo que defiende el PP. Hasta ahora, practicado hacia dentro, buscando la centralización de las instituciones y alimentando la confrontación con los nacionalismos periféricos. Habiendo sido arrebatado de las credenciales sobre la cuestión territorial por Ciudadanos, los populares podrían buscar la diferenciación en el nacionalismo hacia fuera. Veremos si con las críticas de Casado al espacio de Schengen el PP está palpando el terreno antes de la metamorfosis. @sandraleon_

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