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Cincuenta balsas hacia la muerte

Embarcaciones armadas con palos, clavos oxidados salieron de Cuba hacia Florida el 19 de agosto de 1994, en plena crisis de los balseros. Así contó la historia EL PAÍS el 20 de agosto

 Un grupo de cubanos trata de estabilizar su balsa para llegar a Florida, cerca del puerto de Cojimar, el 24 de agosto de 1994. AP
Un grupo de cubanos trata de estabilizar su balsa para llegar a Florida, cerca del puerto de Cojimar, el 24 de agosto de 1994. AP

El 19 de agosto de 1994 mar batía con fuerza tres. En el estrecho de Florida las olas eran de tres metros. Daba lo mismo. La desesperación llegaba hasta los límites de lo imposible y, con la mirada puesta en el paraíso, cerca de 50 balsas salieron aquel día de Cojimar hacia la muerte. Ninguna de aquellas embarcaciones, armadas con palos, clavos oxidados y cabos a punto de ceder, podía ganarle a ese mar. Fuerza tres. Así lo decían con un nudo en la garganta algunos marineros que, sin voz, contemplaban el espectáculo desde la calle Real. Pero daba lo mismo. Nadie podía detener aquella locura, y menos el mar y la muerte. Lo peor es que ni a los padres, ni a Cuba, ni a Estados Unidos les importaba lo más mínimo. Esta es la crónica que EL PAÍS publicó el 20 de agosto de 1994, en plena crisis de los balseros de Cuba:

M. V. Cojimar recibió como una bomba la noticia de que EE UU detendrá a todos los cubanos que lleguen a su territorio sin visado de emigrante. El jueves por la tarde, la noticia todavía era un rumor, pero ya en las calles del pueblo decenas de balseros aceleraron la construcción de catamaranes caseros y balsas improvisadas para lanzarse al mar cuanto antes. Ayer (entre la madrugada y las 13.00 hora local, 19.00 hora peninsular española) salieron 18 balsas.

Por la calle del Morro e incluso en la céntrica calle Real, hasta entrada la madrugada, algunas casas permanecieron iluminadas y en varias azoteas la gente trabajó hasta que amaneció con el convencimiento de que si se tiraban pronto siempre cabía la posibilidad de decir a los guardacostas norteamericanos que esa balsa había salido días antes de las nuevas medidas.

Sin embargo, pese a que la amenaza era conocida ya desde por la mañana en La Habana a través de las emisoras de radio de Miami, a muchos parecía no importarles y continuaron su trabajo a ritmo normal. Así, ayer por la mañana en el pueblo y en otras localidades costeras de la capital, la gente se arremolinaba junto al mar y esperaba la salida de balsas y lanchas por si podía engancharse.

"Yo me voy porque estoy seguro de que no me van a devolver a Cuba. Me retendrán un tiempo, pero al final me tienen que dar la libertad", decía un joven, ayer, totalmente convencido de que EE UU no podrá poner en práctica el plan por mucho tiempo.

Pero la decisión norteamericana de detener la emigración ilegal fue un mazazo que superó mucho más que la simple frustración de los nuevos balseros. Así, algunas madres de jóvenes que se fueron ayer en balsa hacia Miami en medio del temporal manifestaban abiertamente su descontento por tal decisión, que podría perjudicar a sus familiares después de haber arriesgado la vida.

"Es una Injusticia"

"Es una injusticia. Nos han utilizado, como pelotas de pin-pon, pues Cuba nos ha dejado salir y ahora allí no nos van a dejar entrar. Esto es dramático. Es cínico que se nos prometa una determinada cosa y luego si nos vamos, como hasta ahora, se nos meta en campamentos o campos de refugiados", comentaba indignada una de las madres, que se pasó toda la noche junto al mar por si la marea devolvía a las costas cubanas la balsa de su hijo.

Mucha gente sufrió ayer en Cojimar. Pero no todos por la misma causa. Jesús, por ejemplo, lo hizo por no poderse marchar, pues para él tan malo como irse en una balsa es quedarse en su país. "Yo no me puedo marchar porque tengo mujer y dos hijos, y eso sería dejarles abandonados. Mi mujer gana 178 pesos al mes [unas 195 pesetas] y con eso no alcanza ni para comprar una botella de aceite".