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Lorenzo Lotto y el estallido de la energía individual

Los retratos que El Prado ha reunido del maestro italiano muestran la profunda transformación que desencadenó el Renacimiento

Un visitante observa 'Retrato de caballero, posiblemente Girolamo Rosati' (1533-34), de Lorenzo Lotto, en el Museo del Prado.
Un visitante observa 'Retrato de caballero, posiblemente Girolamo Rosati' (1533-34), de Lorenzo Lotto, en el Museo del Prado.

Si a usted le ha tocado quedarse este verano en Madrid bajo el peso terrible de un calor devastador, no se alarme. Es relativamente fácil ser mucho más dichoso que todos aquellos que, tras un insoportable viaje por carreteras atestadas, logran por fin meter sus cuerpos en las aguas de unas playas atiborradas de gente. El esfuerzo que debe realizar es, además, mínimo. Diríjase al Museo del Prado y visite la exposición dedicada a Lorenzo Lotto. Contemplar sus retratos es un camino discreto pero eficaz para ser feliz.

Lotto nació en Venecia hacia 1480 y murió en Loreto en 1556 o 1557. Tuvo una vida errante, movido siempre por la pasión de pintar, y pasó largas temporadas en Treviso, Bérgamo, Roma, Las Marcas, además de en su ciudad natal. Le tocó una época en la que se estaban produciendo cambios profundos en la mentalidad de las personas y su obra, que forma parte de lo que más adelante se ha conocido como Renacimiento, ilustra a la perfección la radical importancia que adquirió entonces el individuo.

“En los Estados italianos del siglo XV el bien y el mal se mezclaban de extraña manera”, cuenta el historiador Jacob Burckhardt en su imponente obra sobre aquel periodo. Hubo un montón de tiranos que tomaron las riendas del poder en distintos lugares, y no era difícil que sus métodos crueles, terribles y sanguinarios coincidieran al mismo tiempo con una extrema sofisticación en el arte, la vida, las costumbres. “La necesidad obligó a estas personas a una concienzuda exploración de sus mentes en busca de cuantos recursos disponían, tanto permanentes como accidentales”, apunta Burckhardt en La cultura del Renacimiento en Italia.

Eso fue lo más relevante y, aunque hoy pueda darse por descontado, entonces era una novedad: aquello de explorar cada cual sus propias habilidades y gustos y caprichos, e inventarse a uno mismo. De Lotto dijo Bernard Berenson, el experto en arte que lo proyectó en el siglo XX, que había sido “el primer pintor italiano que se mostró sensible a los diversos estados del alma humana”. Sus retratos revelan la vertiginosa hondura que todo individuo contiene y, al mismo tiempo, lo efímero de cada proyecto personal: vanidad de vanidades, todo es vanidad.

La importancia de la vida privada y del ocio. El valor del cosmopolitismo y la fama. El afán por perfeccionar las habilidades propias y el gusto por la variedad. El regreso a la Antigüedad clásica, el ansia por el heroísmo, la afición a la burla y el ingenio. Cuando Burckhardt retrata a uno de los colosos del Renacimiento, el arquitecto Leon Battista Alberti, dice que “en tres cosas pretendía aparecer sin tacha ante los demás: en el hablar, el caminar y el cabalgar” y apunta que “podía leer en el interior de las personas, así como en los rasgos de sus rostros”. Como el propio Lotto: pasión por el saber.

Cuando Joan Huizinga explica en El otoño de la Edad Media cómo eran entonces las gentes, habla de “estados”: “toda agrupación, toda función, toda profesión”. Estaban encerrados en el marco mental del grupo del que formaban parte, lejos todavía del estallido de cada individuo. Viendo hoy cómo están las cosas, ¿hacia qué lado nos inclinamos? ¿Es tiempo de individuos que se afanan en construir sus propios rostros o, más bien, buscan el regreso al plácido colchón de unas señas de identidad compartidas?

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