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El bestiario de San Fermín, la mayor fiesta del mundo

Verrugas, uno de los kilikis de Pamplona.

El 6 de julio, el chupinazo de San Fermín volverá a marcar el estallido de la madre de todas las fiestas. Un millón de personas de todo el planeta inundarán Pamplona de bullicio y color en días y noches sin reloj. Los sanfermines recuperan el aliento tras el ‘caso La Manada’. Así se gesta el mayor guateque del mundo.

AHÍ LOS TIENEN, impertérritos ante el paso del tiempo, renovando entre un mar blanco y rojo el ritual de cada julio: el toro bravo, los santos en capilla, el baile hasta el amanecer y los amores de una noche, la desintegración de filtros sociales, el sudor, el fervor y el fulgor, los gigantes y los cabezudos, los churros de la calle de la Mañueta, los niños felices, el bocata de ajoarriero, los hoteles a 1.000 euros, el vino y el champán, el olor a humanidad, la humanidad comprimida en Pamplona, Pamplona en éxtasis porque, como gritaban los más viejos del lugar, “ya queda menos pal glorioso San Fermín”. El guateque más grande del mundo.

El próximo viernes, 6 de julio, volverá a estallar en el cielo de la vieja Iruña el chupinazo que todo lo puede: por ejemplo, olvidarse del mundo durante nueve días. Serán, como siempre, los sanfermines del hedonismo. Serán, como nunca, los sanfermines pos-Manada. Un asunto —el de los abusos sexuales cometidos por cinco hombres contra una muchacha de 18 años en un portal del centro de Pamplona durante las fiestas de 2016— que sin duda ha pasado factura a los sanfermines, pero de cuya resolución social (que no judicial) los pamploneses y las pamplonesas están orgullosos, como explica la presidenta de Navarra, Uxue Barkos: “Hay quien ha querido desprestigiar los sanfermines pintándolos como una permanente bacanal. Y nunca lo fueron. Aquí, cuando ocurrió lo de La Manada, a nadie le dolieron prendas, y menos que nadie a los más jóvenes, para parar la fiesta, ocupar la calle y gritar ‘¡así, no!’. Y en ese sentido pienso que Pamplona debería ser un referente para el conjunto de la sociedad española”. Poco después, ya en un tono más relajado y mientras abre la puerta del Salón de Consejos, la presidenta añade entre risas: “El Gobierno de Navarra sigue funcionando en San Fermín en medio del caos, así que yo he tenido que reunirme alguna vez en esta sala con mis consejeros… ¡todos vestidos de blanco y rojo! Madre mía, si alguien nos sacara una foto…”.

Sobre el affaire Manada y sus posibles lecturas incide el alcalde de Pamplona, Joseba Asirón, desde su despacho de la Casa Consistorial: “Los ataques sexistas no son un problema específico de Pamplona, esas cosas han pasado aquí y en el Pilar, y en la Semana Grande de Bilbao, y en la Feria de Abril, pero no se denunciaban. Había un manto de silencio. En Pamplona se dio un cóctel positivo: una mujer que quiso denunciar, una ciudadanía que quiso movilizarse y un Ayuntamiento que estuvo a la altura de la ciudadanía”.

Mariví Esparza, con el San Fermín que cada mañana de fiestas, antes del encierro, traslada desde el Ayuntamiento hasta la hornacina de Santo Domingo (derecha). El resto del año lo custodia en su casa. Su marido y otros corredores lo compraron en una tienda de arte religioso en 1978.
Mariví Esparza, con el San Fermín que cada mañana de fiestas, antes del encierro, traslada desde el Ayuntamiento hasta la hornacina de Santo Domingo (derecha). El resto del año lo custodia en su casa. Su marido y otros corredores lo compraron en una tienda de arte religioso en 1978.

El caos. De eso sabe algo Amaia de Esteban, responsable de protocolo en el Ayuntamiento de Pamplona y la persona que gestiona año tras año la avalancha de peticiones para ver el chupinazo del día 6 en vivo y en directo. Unas 300 personas se amontonan cada 6 de julio en los salones de la Casa Consistorial, cuyas puertas se abren a los balcones que dan a la plaza del Ayuntamiento. Y por lo tanto, a la jungla. “¡Pamploneses, pamplonesas, viva San Fermín, gora San Fermín!”. Y el rugido de miles de personas llegadas de todo el mundo. Y los txistularis, gaiteros y músicos de la banda municipal La Pamplonesa interpretando la Biribilketa de Gainza o el Vals de Astrain.

La Pamplonesa es la banda sonora de San Fermín. Día y noche. En los toros y en las dianas. En las iglesias y en los templos paganos. Su presidente (y clarinetista), José Andrés Palacios, afronta los 10 mejores/peores días del año: “Son momentos duros, de mucho estrés y de cansancio físico y psicológico, porque nos pasamos el día entero tocando música no precisamente en una sala de conciertos, sino en medio de una masa de gente inmensa que está de fiesta. Pero como pamploneses también es muy agradecido”.

Pamplona en San Fermín es un lugar en estado de shock. “Los sanfermines ponen a prueba todos los resortes de la ciudad, son unas fiestas imposibles de embotellar, es una ciudad dimensionada para 200.000 personas que esos días recibe a un millón…, ¡y un millón que está todo el día en la calle!”, explica Joseba Asirón (Bildu), alcalde de la ciudad desde junio de 2015. Los orígenes de los sanfermines se pierden en la noche de los tiempos y, aunque hablan de ferias agrícolas y ganaderas en la Edad Media, corridas de toros en el siglo XVI y oficios religiosos desde el XIII a la gloria de san Fermín de Amiens, no tienen demasiada base académica. Asirón, doctor en Historia y especialista en la Navarra medieval, prefiere acudir al pasado más reciente: “Hasta 1915 Pamplona fue una ciudad de curas y militares rodeada de murallas y sin posibilidad de crecer, con un control y una censura social tremenda, y cuyas gentes necesitaban una válvula de escape, y hasta aquellos curas y militares vieron que de vez en cuando es bueno dejar a la gente que se relaje”.

Hay visitantes que gastan 1.000 euros al día. Son ‘los mileuristas de los sanfermines’

Rienda suelta, pues, al ritual festivo y al compromiso social. También rienda suelta al negocio que generan los sanfermines. Mikel Ollo, socio de la empresa Destino Navarra, es guía turístico y alquila balcones para ver los encierros. En 2017 gestionó unas 1.000 plazas, “a 140 euros por persona y día”. El espectáculo de ver pasar los toros en directo puede durar cuatro segundos, “pero el subidón de adrenalina es tremendo”, asegura. Mikel Ollo mueve 17 balcones. Hay dos opciones: con guía o directamente atendido por el propietario, ambos con desayuno incluido. Este empresario trabaja ya para los sanfermines de 2019. Objetivo: acomodar a un grupo de 100 empresarios australianos. “No tienen problemas de presupuesto, de hecho hay bastantes visitantes que se gastan más de 1.000 euros al día en San Fermín. Los llamamos ‘los mileuristas de San Fermín”, comenta entre risas.

1. Uxue Barkos, presidenta del Gobierno de Navarra. 2. Joseba Asirón, alcalde de Pamplona. 3. Paulina Fernández, propietaria de la churrería Mañueta. 4. Imanol Azcona, presidente de la Federación de Peñas de Pamplona. 5. José Andrés Palacios, presidente de la banda La Pamplonesa. 6. Cristina Seminario, hostelera, bar Anaitasuna. 7. Pilar Idoate, cocinera del restaurante Europa. 8. Miguel Araiz, Rastrojo, pastor y doblador de los encierros, jubilado el año pasado.
1. Uxue Barkos, presidenta del Gobierno de Navarra. 2. Joseba Asirón, alcalde de Pamplona. 3. Paulina Fernández, propietaria de la churrería Mañueta. 4. Imanol Azcona, presidente de la Federación de Peñas de Pamplona. 5. José Andrés Palacios, presidente de la banda La Pamplonesa. 6. Cristina Seminario, hostelera, bar Anaitasuna. 7. Pilar Idoate, cocinera del restaurante Europa. 8. Miguel Araiz, Rastrojo, pastor y doblador de los encierros, jubilado el año pasado.

A partir de este viernes, Mikel Ollo instalará a 300 chinos en balcones de Pamplona. Uno de ellos le pidió uno privado para él, su esposa y sus cuatro hijos. “Solo tengo uno privado, pero es para 15, y tendrías que pagar 15 plazas”, advirtió el vendedor. “Perfecto”, contestó el comprador. Un productor de cine norteamericano y su familia han alquilado a través de él una galería entera de un hotel con vistas al encierro. “Y el año pasado vino un ruso que cumplía 50 años y se trajo a 50 amigos invitados. Quería todo en exclusiva. Hasta hubo que montarles un concierto de flamenco en el hotel”.

Pero Ollo advierte: algo no va bien. “Los pamploneses nos hemos creído todos muy guais y pensamos que los sanfermines se venden solos como antes, pero de eso nada. Cada vez hay que estrujarse más la cabeza”. En efecto, el porcentaje de ocupación hotelera en las fiestas de 2017 fue del 82%, muy lejos del mítico cartelito de “Completo”. Este año hay aún bastantes habitaciones disponibles para el segundo tramo de los sanfermines.

Las 16 peñas de Pamplona (asociaciones culturales y deportivas, con unos 5.000 socios en total) son, entre otras cosas, las grandes protagonistas de la bacanal que durante tres horas al día, todos los días de las fiestas de San Fermín, convierten la plaza de toros situada en el paseo de Hemingway en un lugar sin parangón en el mundo de la juerga, y en el mundo en general. Muchos peñistas asisten a la corrida de espaldas. Taurinos y antitaurinos conviven durante esas tardes entre risas, bailes, música, cabreos y juergas.

A la izquierda, Imanol Azcona, de la peña Irrintzi y presidente de la Federación de Peñas de Pamplona. Derecha, Patxi Osés, de la peña La Única. Centro, Dani Salinas, de Sanduzelai.
A la izquierda, Imanol Azcona, de la peña Irrintzi y presidente de la Federación de Peñas de Pamplona. Derecha, Patxi Osés, de la peña La Única. Centro, Dani Salinas, de Sanduzelai.

El ruido es ensordecedor y no es extraño que —en el punto crítico de una faena de muleta— retumben a lo bestia hits escasamente taurinos, tipo La chica yeyé, mientras en los tendidos de sol se pasan de mano en mano los centollos, los bocatas de ajoarriero y las magras con tomate, y llueve vino y harina. La plaza tiene 19.700 localidades y es la tercera más grande del mundo, por detrás de las de Ciudad de México y Madrid.

¿Son taurinas las peñas de Pamplona? ¿Antitaurinas? “Pues hay de todo, taurinos y antitaurinos, lo mismo que hay gente de todos los partidos políticos”, asegura Patxi Osés, de la peña La Única. Imanol Azcona, de Irrintzi, preside la Federación de Peñas de Pamplona, auténtico lobby en la vida pamplonesa. Su análisis de la fiesta es claro como el agua: “San Fermín es una desorganización controlada”.

Los servicios de limpieza retiran cerca de 1.000 toneladas de basura a lo largo de las fiestas

Nada sería posible sin el brutal dispositivo de limpieza que, día y noche, saca brillo al apocalipsis sanferminero. Su coordinador es Iñaki Apeztegia, para quien lo más complicado es mantener limpia la calle de la Estafeta para el encierro. A las cuatro de la madrugada, con esta popular zona del Casco Viejo pamplonés aún en trance, sus equipos meten un camión recolector de basuras que, por las razones que uno imagina, tiene que ir protegido por Policía Municipal y Policía Foral. Nuevos productos de limpieza industrial y nuevos protocolos de trabajo han conseguido, poco a poco, combatir y frenar la muy tradicional, pegajosa y apestosa película compuesta de bebidas alcohólicas, orines y restos de comida que suele adherirse al suelo del Casco Viejo de Pamplona. Un logro histórico. Los 250 trabajadores de la limpieza retiran unas 1.000 toneladas de desechos a lo largo de las fiestas.

Uno de los centros neurálgicos de la fiesta radica en las calles de San Gregorio y de San Nicolás, dos de las grandes arterias de la parte vieja de Pamplona. En la esquina de San Gregorio con la calle de la Ciudadela se encuentra el Anaitasuna, uno de los bares más conocidos de la ciudad. Pero el Anaita tiene la triste particularidad de estar a punto de vivir sus últimos sanfermines. El negocio de la familia Seminario cerrará el próximo 15 de julio tras 38 años ininterrumpidos de actividad. La vorágine sanferminera con mayúsculas se instala también en los locales del Europa, en la calle de Espoz y Mina, entre la plaza del Castillo y la plaza de toros. Allí, la familia Idoate regenta un hotel tranquilo y un restaurante con estrella Michelin que durante los sanfermines se parece más al camarote de los hermanos Marx, aunque teñido de rojo y blanco.

El bestiario de San Fermín, la mayor fiesta del mundo
El bestiario de San Fermín, la mayor fiesta del mundo
El bestiario de San Fermín, la mayor fiesta del mundo
De arriba a abajo, tienda de souvenirs, patucos de San Fermín para bebés, Pilar Idoate en los fogones del Europa y la suite Sarasate del Gran Hotel La Perla.
De arriba a abajo, tienda de souvenirs, patucos de San Fermín para bebés, Pilar Idoate en los fogones del Europa y la suite Sarasate del Gran Hotel La Perla.

Vicepresidente de la Asociación de Empresarios de Hostelería y miembro del Consejo de Turismo de Navarra, Juan Mari Idoate se autodefine como “un loco de los sanfermines”. Sin embargo, en su visión no todo es de color de rosa: “Aquí falta un plan estratégico. Porque hay indicadores que están en rojo, por ejemplo, el de la competencia desleal. El Ayuntamiento no puede tolerar que de repente el 5 de julio se abran 15 sitios en la calle para vender 500 cajas de coca-colas y 1.000 bocadillos”.

Más de 50 personas trabajan aquí a destajo. Siendo un local de alta gama, tiene un poco de fonda el Europa en sanfermines. “Lo que siente la gente en estas fiestas es único. Yo conozco a un neurólogo que siempre me dice que le gustaría pinchar a la gente en San Fermín para ver lo que siente…”, cuenta Juan Mari Idoate. Y su hermana Pilar, la cocinera, toda una institución gastronómica en Pamplona, le interrumpe: “En esta vida hay quienes hemos nacido para hacer feliz a la gente, aunque una tenga ya 63 años y aunque a veces parezca que tengo 18, pero la procesión va por dentro”.

A dos minutos a pie desde el Europa se encuentra la Plaza de toros Monumental de Pamplona, cuya gestión recae en la Casa de Misericordia. El 100% de los beneficios de la Feria del Toro sufraga los gastos de la residencia de 550 plazas que La Meca —como se conoce a esta institución— tiene en Pamplona. José Mari Marco es el presidente de su Comisión Taurina, encargada de gestionar los espectáculos taurinos de los sanfermines. Explica así la idiosincrasia de esta feria: “El concepto aquí es el de la fiesta total… Está claro que no estamos en la Universidad de la Sorbona, sino en un enorme galimatías, pero es compatible que a un taurino amante del silencio de la Maestranza de Sevilla le parezca divertidísimo ir a los toros en San Fermín. ¿Que la corrida es buena? Perfecto. ¿Que la corrida es mala? Pues a merendar y a bailar”. San Fermín sin toros sería inconcebible, y se antoja directamente imposible que un alcalde de la ciudad pueda meterse con la existencia de las corridas. Sin corridas no habría encierros y sin encierros no habría sanfermines. Incluso si el alcalde en cuestión pertenece a una formación, como es Bildu, que está declaradamente contra la fiesta: “Yo soy taurino ocho días al año, y el resto del año soy incapaz de ir a una corrida. Y si alguien aspiraba a que Pamplona tuviera un alcalde sin contradicciones, desde luego con Joseba Asirón no acertaron”, explica el regidor. Pocos días después de estas palabras, Asirón realizó unas declaraciones en Pamplona en las que admitió: “El debate en torno a las corridas tendrá que abordarse un día”. Y añadió: “No contemplo unos sanfermines sin encierros pero sí sin corridas”, aunque descartó suprimirlas a corto plazo.

Durante los sanfermines, la plaza de toros de Pamplona es un circo romano. Testigo directo de todo ello es Antonio Izquierdo, el conserje de la plaza, que vive durante todo el año en una casita situada en el mismo patio de caballos del coso con su esposa, sus tres hijas y su perra. Una casita en el centro de Pamplona, pero aislada del mundo. Encalada y llena de flores. “En San Fermín aquí dentro hay 300 personas trabajando de 4.30 a 1.00, no hay vida: policías, instaladores de megafonía, servicios de limpieza, ganaderos, invitados, periodistas… Esto no para en 24 horas”.

Miembros de la orquesta municipal La Pamplonesa, auténtica banda sonora de los sanfermines.
Miembros de la orquesta municipal La Pamplonesa, auténtica banda sonora de los sanfermines.

Cambio de tercio. Para los amantes de las sábanas de hilo en medio del tumulto, el lujo en versión sanferminera se llama Gran Hotel La Perla. Está en un esquinazo de la emblemática plaza del Castillo. Quien quiera pasar los sanfermines en esta antigua pensión reconvertida en hotel de cinco estrellas (por la que pasaron Sarasate, Manolete, Hemingway, Belmonte, la infanta Isabel, Woody Allen y Antonio Ordóñez), aún tiene sitio. Mil euros es el peaje para poder ver los encierros desde su habitación. El pamplonés Fernando Hualde es el recepcionista de La Perla. Lleva 41 años trabajando aquí (entró de botones, con 15). “Aquí lo que se cuida es el detalle”, explica en un saloncito de este hotel anclado en el tiempo, “así que te puedes encontrar con un señor que te pide una PlayStation para su hijo, y la tienes que conseguir sí o sí. O uno que pide que la habitación de al lado —que también ha reservado— se convierta en un gimnasio. Y vas a un gimnasio, alquilas unos aparatos, retiras los muebles y los metes. Es difícil en plenas fiestas, pero lo haces. Nadie dijo que iba a ser fácil”. Este profesional educado hasta la extenuación evoca las historias de sus clientes extranjeros, “como ese estadounidense que en su país se pone el pañuelo rojo de San Fermín los 365 días del año, o esa familia sudafricana que tiene dividido el salón de su casa con un trozo de vallado del encierro”. ¿Un cinco estrellas en el cogollo de la rave sanferminera? Queda claro que en Pamplona, entre el 6 y el 15 de julio, hay que estar abiertos a todo. A todo es a todo, según el amo de llaves de La Perla: “Aunque tenemos una persona que hace de filtro, estamos en un lugar donde puede entrar todo chichibirichi. Y si te entra un señor muy bebido diciéndote que te quiere vender un submarino, no le digas ‘déjame en paz’. Ponte a negociar con él el color del submarino, para que acabe diciendo: ‘Jodé, este está peor que yo”.

Pero en cuestión de filtros, el verdadero experto se llama Xabier Ibáñez. Es el director de Seguridad Ciudadana y coordinador de un dispositivo que engloba a Policía Municipal, Policía Foral, Guardia Civil, Policía Nacional, Protección Civil, Bomberos, urgencias extrahospitalarias, Cruz Roja y DYA. “El principal problema es la limpieza del trazado del encierro. Al final nosotros acotamos más o menos el número de personas que queremos que corran. Primero hacemos un parcheo de la gente que no está en condiciones: corredores con mochilas, o descalzos, o ebrios, o con aparatos de vídeo…, y luego si consideramos que hay demasiada gente achicamos espacios porque si no podría bloquearse el recorrido del encierro”, detalla el superpolicía de los sanfermines, que recuerda además que la amenaza terrorista sigue en pie: “Estamos en alerta 4 por la cuestión yihadista. Se trata de blindar las zonas de fiesta más multitudinarias: el chupinazo, las procesiones, los fuegos artificiales, que suelen reunir a unas 50.000 personas…”.

Son las ocho de la tarde en Pamplona y Miguel Araiz, Rastrojo, pisa los Corrales de Santo Domingo. Durante 45 años, y hasta el año pasado, fue pastor del encierro. Uno de los más respetados. Es pequeño y fuerte, tiene manos de piedra, varias cicatrices recorriéndole el cuerpo y un verbo tan agreste como conciso, alguien como de otra era. Ahora le ha llegado la hora del descanso, tras cuatro décadas y media como ángel de la guarda de los corredores, vara en mano. Ha sacudido igual sobre los lomos y cuartos traseros de los toros que sobre el espinazo de los novatos y los patas. Cada mañana, en el encierro, un 55% de quienes se lanzan a la aventura lo hacen por vez primera: un amplio margen para el peligro. “Nunca me arrepentí de pegar. Si no sería por la varica…, yo desde luego preferiría un palazo de Rastrojo que una cornada”. A sus 67 años mantiene un aspecto y una forma física envidiables: “Es que siempre he comido los guisos de mi madre o de mi mujer. Y nunca he bebido. Y nunca he fumado. Y nunca he ido con mujeres malas”.

Pero no solo de toros, comida, bebida y juerga nocturna están hechas las fiestas. Durante el día los sanfermines son familiares y tranquilos, encauzados sobre todo al disfrute de los más pequeños, de los txikis. Y en ese mundo, las estrellas absolutas son los kilikis y los gigantes de Pamplona, auténtica obsesión de la gente menuda que vive el San Fermín. Mari Ganuza lleva 41 años conservando y cuidando estos muñecotes de dimensiones ciclópeas cuya vida se remonta a hace más de un siglo y medio. Aunque pocos lo sospechen, Caravinagre, Verrugas y El Patata duermen durante el año en un inmenso y surrealista almacén municipal en el subsuelo de la estación de autobuses de la ciudad. Estas criaturas en cartón y papel de estraza son deliciosamente anacrónicas, temibles y encantadoras.

“Se ha perdido la esencia del encierro, la gente ya no corre, compite” (Pitu, veterano corredor)

¿Y el corredor del encierro, en toda esta historia? Fermín Barón, popularmente conocido como Pitu, lleva 30 años corriendo delante de los toros. Ahora se está bebiendo tranquilamente una cerveza en la calle de la Estafeta, pero los golpetazos, caídas y sustos los tiene bien presentes. Con el tiempo, su visión del encierro se quedó sin halo romántico: “Ha perdido su esencia. Antes cogías toro todos los días, pero hoy es un atropello masivo. La gente no viene a correr, viene a competir”.

—¿Tienes nostalgia de aquellos encierros que ya no existen?

—Claro. Pero mira, me siento parte de una tribu. Cuando corro delante de los toros me siento el último mohicano.

Pitu no forma parte de esa especie de divinidad que algunos han querido ver en el hecho de correr los encierros: “Tengo 48 años y corro desde hace 30, pero no hay que darle tanta bola. La televisión ha hecho mucho daño. Al final, el encierro es un acto más de los sanfermines. Y para correrlo no hace falta haber combatido en Afganistán. Lo puede correr cualquiera”.

San Fermín es infinito. En él cabe casi todo. Cabe la encantadora Mariví Esparza trasladando cada mañana la efigie del santo desde el Ayuntamiento hasta la hornacina de Santo Domingo, donde recibe los cánticos de los corredores del encierro (el resto del año lo tiene en el saloncito de su casa). Lo compraron en 1978 tres corredores, entre ellos su marido, Andoni Barba, fallecido en 1993. Lo adquirieron en una tienda de objetos religiosos de Pamplona para sustituir al santo que solían poner las monjitas del Hospital Militar y que se había perdido. “Llevarlo cada mañana hasta allí me emociona, pero a la vez me provoca sentimientos encontrados”, reconoce.

Y caben doña Paulina Fernández, tan risueña y elegante a sus 96 años, y su familia, los Elizalde, sus hijos, y sus nietos, y sus sobrinos, y sus nueras y sus yernos, levantando de nuevo —ritual inalterable desde hace 145 años— la persiana de su churrería en la calle de la Mañueta a las seis de la mañana. Aparcando durante los sanfermines sus trabajos de ginecólogos, profesores, abogados o ingenieros para ponerse a sudar, hacer la masa y servir cada mañana —colas permanentes— los mejores churros del mundo. Cabe un mundo en Pamplona, entre el 6 y el 15 de julio. Puro éxtasis. Un estruendo de pañuelos.

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