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La involución de Daniel Ortega

El presidente nicaragüense desvirtuó los ideales sandinistas y fracturó el movimiento

Funeral de Junior Gaitan, disparado durante las recientes protestas contra el Gobierno del presidente nicaragüense Daniel Ortega en Masaya, Nicaragua, el pasado 3 de junio.
Funeral de Junior Gaitan, disparado durante las recientes protestas contra el Gobierno del presidente nicaragüense Daniel Ortega en Masaya, Nicaragua, el pasado 3 de junio. REUTERS

La generación que apoyó la revolución sandinista contempla espantada la despótica transformación de Daniel Ortega, el comandante que hace medio siglo acaudilló la milicia popular contra Anastasio Somoza. Proclamándose entonces adalid de los pobres y los oprimidos, hoy reprime a los hijos de aquellos con métodos que recuerdan a las dictaduras de Argentina y Chile. La policía nicaragüense allana, detiene y tortura, y niega información sobre el paradero de los detenidos. Rosario Murillo, esposa y vicepresidenta, es copartícipe de la masiva violación de los derechos humanos, según los organismos internacionales encargados de su observancia.

La involución de Ortega, que será numantina, desvirtuó los ideales sandinistas, fracturó el movimiento y pasó desapercibida durante once años porque la blanquearon el episcopado y el gran capital, beneficiarios de las políticas gubernamentales a cambio de complicidad y silencio. La efervescencia social, el horror de los muertos a balazos, sepultaron esa alianza. La pauperización de la democracia en una nación cuya revolución encandiló al mundo comenzó hace tres decenios.

Figuras históricas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) lo abandonaron porque las inversiones en educación y desarrollo fueron castigadas por el despilfarro y la arbitrariedad, y porque pensar se convirtió en un ejercicio peligroso. El sociólogo y cofundador del frente Óscar René Vargas optó por la libertad de pensamiento. En una entrevista con el diario La Prensa aportó datos sobre la metamorfosis de un mandatario con una sordera incapacitante: no escucha, y perdió la brújula política. No sabe qué hacer, improvisa y reitera la mentira de que investigará los asesinatos perpetrados por matones a su servicio.

La Nicaragua de los sueños totalitarios no existe porque la corrupción y el nepotismo resucitaron una Nicaragua exigente, cuyas protestas rebasaron los límites de las redes sociales para coordinarse a pedradas. El estallido del 18 de abril puede continuar o morir, pero era presumible porque la dinastía matrimonial que repartió cargos, canonjías y medios de comunicación entre sus ocho hijos se había adueñado de la Constitución y las instituciones. Vociferando contra el neoliberalismo, pero invitando a sus capitanes, el patriarca acumuló privilegios y fortuna.

La mutación de Ortega se aceleró después de su derrota electoral frente a Violeta Barrios en 1990. El fracaso sumió al FSLN en el desánimo hasta la reconquista de la presidencia en 2007. Coaligándose con los factótum de la sociedad, el presidente completó la maniobra para serlo de por vida. Una retirada pactada es improbable.

La pareja cuenta con la obediencia de los altos funcionarios, alcaldes, concejales y diputados, reducidos a la condición de eunucos sociales y políticos, según Vargas. El desdoblamiento del comandante mandatario no fue repentino. El sandinismo opositor lo recuerda en los ochenta integrando un proyecto de cambio revolucionario, sin sospechar que habría de transformarse en un capitalista abducido por el poder, al que se aferra con los instrumentos de la dictadura somocista.

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