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La sociedad está en llamas: por eso vuelve el ‘blaxplotation’

A principios de los setenta, con el mundo hecho unos zorros, los afroamericanos tomaron el control de su destino cultural. Hoy, regresa aquel movimiento

Richard Roundtree se convirtió en el héroe negro por excelencia gracias al detective privado Shaft. En España la película se tituló ‘Las noches rojas de Harlem’ (1971).
Richard Roundtree se convirtió en el héroe negro por excelencia gracias al detective privado Shaft. En España la película se tituló ‘Las noches rojas de Harlem’ (1971).

Aquel agosto de 1966, Leonard Bernstein recibió en su dúplex de 13 habitaciones en Park Avenue a unos invitados curiosos. La gran mayoría de sus amigos jamás había visto uno igual. Era su primera vez. Un periodista con traje blanco de tres piezas emborronaba una libreta: “Dios mío, cómo compaginarán los Panteras Negras todo eso, los pantalones ajustados, los jerséis ajustados de cuello alto, los abrigos de cuero, las gafas de sol cubanas, los peinados afros. Pero afros auténticos, no los que se recortan y riegan como un seto hasta adquirir un lustre de alfombra acrílica… sino verdaderos afros, afros naturales, al desgaire… salvajes (…). Tiroteos, revoluciones, fotografías en Life de policías atrapándolos como si fueran vietcongs…, de algún modo todo se confunde mentalmente con el asunto de lo bellos que son”.

El texto de Tom Wolfe sobre la fascinación folclórico-sexual, no exenta de pulsiones reprimidas, y el complejo de culpa que despertaban los activistas afroamericanos en la progresía pija neoyorquina, se publicaría en 1970 con el título La izquierda exquisita. Muy pocos meses después se estrenaba en cines Sweet sweetback’s baadasssss song, del genio Melvin Van Peebles, piedra fundacional de un subgénero en el que los negros, al fin, no tendrían que pedir permiso a judíos blancos progresistas para entrar en mansiones y afanarse “bocaditos de queso roquefort rebozados con nuez molida”, ni siquiera para usar las bandejas de plata donde estos se ofrecían para volcar polvos blancos de esos que hacen que, durante un ratito, te sientas más alto, más fuerte, más poderoso, más locuaz, más listo, más todo.

En ‘Super Fly’ (1972), Ron O’Neal interpretó al carismático Priest, un traficante de cocaína que buscaba hacer el negocio definitivo y luego retirarse a una vida más tranquila y regalada. Al fondo, el gran Curtis Mayfield tocando.
En ‘Super Fly’ (1972), Ron O’Neal interpretó al carismático Priest, un traficante de cocaína que buscaba hacer el negocio definitivo y luego retirarse a una vida más tranquila y regalada. Al fondo, el gran Curtis Mayfield tocando.

Que era como, por primera vez en la historia del cine, se sentían los afroamericanos que empezaron a ir al ídem a ver películas protagonizadas por sus ídolos. Filmes donde los negros podían ser héroes o villanos callejeros, siempre con buen corazón y tendencia a la leyenda bling ding, que arrasaron entre 1971 y 1975 aproximadamente. Eso que ahora llamamos cine Blaxploitation y que parece que vive en 2018 su revival definitivo.

Si en 1967 el agobio máximo para un padre de familia era que su hija más blanca que duchada con lejía trajera a cenar a casa a un afroamericano de sonrisa beatífica, traje correctísimo, intenciones castas y médico de carrera, muy poco después, ese médico aparecería enfundado en abrigo de cuero o de chinchilla, tocado con un Fedora rosa flamenco, adornado por más oro que en una Nochevieja de Pitita Ridruejo, con revólver al cinto y mostacho de herradura, cantando “I’m your doctor, when in need / Want some coke, have some weed” (Soy tu médico en la necesidad / Quieres algo de coca, toma algo de hierba, los versos sobre cocaína y marihuana que Curtis Mayfield imaginó para el protagonista de la película Super Fly).

En solo unos años el cine estadounidense pasó de Adivina quién viene esta noche, con ese Sidney Poitier tan formal que casi gustaba más a las suegras blancas que a las chicas negras, a Adivina quién viene a patear culos blanquitos hasta que salga el sol.

Meses antes de los estrenos de los primeros éxitos blaxploitation, Gil Scott-Heron cantaba eso de que la revolución no sería televisada. Era cierto que había que salir a la calle, pero para verla en otras pantallas, en los cines.

A pesar del título, en ‘Cleopatra Jones’ (1973) no salían más pirámides que la jerárquica en el mundo del crimen. Tamara Dobson repetiría como la agente especial en la secuela.
A pesar del título, en ‘Cleopatra Jones’ (1973) no salían más pirámides que la jerárquica en el mundo del crimen. Tamara Dobson repetiría como la agente especial en la secuela.

No es difícil imaginar por qué la taquilla se inundó de héroes duros como (y del color de) la obsidiana. Se habían cargado a los dos principales líderes de las reinvidicaciones raciales, los marines de color que se habían dejado la piel en Vietnam regresaban sin garantías precisamente por el color de esa piel, sobrevivían los programas sociales de los Panteras Negras y de la Nación del Islam, Nueva York se parecía más a una peli de John Carpenter que a las de Woody Allen y Nixon balbuceaba en discursos televisivos donde hablaba de mayorías silenciosas (es decir, los racistas que no se manifestaban por los derechos civiles).

Poco antes, en los Juegos Olímpicos de México de 1968, dos atletas negros alzaban un puño enguantado durante el himno nacional. Las superproducciones no eran tan rentables como antes, porque, entre otras cosas, no representaban la vida de muchos de los que podrían ir a verlas y que ahora no soportaban una vez más a negros sumisos de capataces sureños. Preferían ver el negativo afro de películas de gángsteres, de terror, de monstruos o de mafiosos. Porque los problemas raciales de Imitación a la vida, de Douglas Sirk, les quedaban bastante más remotos que los delirios imaginados por Chester Himes, el escritor negro de novela negra, con sus cadillacs de oro macizo o sus motos conducidas por jockeys sin cabeza.

Es en ese contexto en el que se estrenan, solo entre 1971 y 1973, Shaft, Super Fly, Cleopatra Jones, The Mack, Blacula, Trouble Man o Coffy. Pelis de medio millón de dólares que recaudaban hasta 13 porque representaban a ídolos de color problemáticos, hiperviolentos, pero también glamurosos, honestos, a su modo, e hipersexuales, en guetos de Nueva York o Chicago. Lo que encumbró a este cine no fue la finura en el trazo o los recursos de Hollywood, sino el entusiasmo insobornable de su audiencia, que, por así decirlo, no salía diciendo “pues la fotografía me ha gustado”, sino, henchidos de orgullo racial: “Por fin”.

En ‘Trouble man’ (1972) Robert Hooks era Mr. T., un detective elegante y enrollado al que a veces se le iba la mano en su trato con los delincuentes que se cruzaban en su camino.
En ‘Trouble man’ (1972) Robert Hooks era Mr. T., un detective elegante y enrollado al que a veces se le iba la mano en su trato con los delincuentes que se cruzaban en su camino.

No había que esconder la potencia física y el ritmo, el superyó de los blancos temerosos, sino que se volvía urgente potenciarlos con mandobles de mano abierta, neones pornográficos en Times Square y música funk precoito que ni siquiera ahora sonaría en Starbucks.

Sus protagonistas no eran ángeles, pero Shaft, por ejemplo, se enfrenta con el gángster que lo contrata cuando este intenta desacreditar a los Panteras Negras y el protagonista de The Mack escucha con atención el discurso final de su hermano militante. Durante mucho tiempo fundaciones y asociaciones criticaron esa estilización hipercool de la vida de drogas, chulos y calle, lupas de espejo y medallas al cuello.

Un relato de lo negro que empapó cierto hip hop posterior. Pero imaginen un cine quinqui en el que los protagonistas tomaran batidos de coco en lugar de papelas de heroína, escucharan a Hombres G en vez de a Los Chichos o se dedicaran a la Bolsa en lugar de al estiramiento de bolsos en marcha. El cine blaxploitation siempre entendió que había que dibujar la leyenda, defender el derecho a la representación y a la venganza. Y no sería posible un personaje como Omar Little en The wire (ese Robin Hood homosexual, amante de los Cheerios con miel y de las recortadas) sin heroínas tan pioneras como las encarnadas por Pam Grier, rescatada después por Tarantino.

Durante mucho tiempo estas películas fueron placer culpable de cinéfilos blancos, reivindicados por el mismo Tarantino (Jackie Brown) o por novelistas como Michael Chabon en Telegraph Avenue, pero ahora se prepara un nuevo tsunami de remakes y secuelas. Se han anunciado nuevas películas de Shaft, Super Fly, Cleopatra Jones y Foxy Brown.

Pam Grier, icono del cine ‘Blaxploitation’, tuvo su propia resurrección de la mano de Quentin Tarantino en ‘Jackie Brown’ (1997), pero nada que ver con el poderío que demostraba en ‘Coffy’ (1973).
Pam Grier, icono del cine ‘Blaxploitation’, tuvo su propia resurrección de la mano de Quentin Tarantino en ‘Jackie Brown’ (1997), pero nada que ver con el poderío que demostraba en ‘Coffy’ (1973). Getty

Déjame salir no deja de ser la vuelta de tuerca chalada de la película de Poitier y el eco black is beautiful planea sobre otros estrenos como Proud Mary. Hasta funciona con éxito Brown Sugar, un servicio de streaming con películas del subgénero. Y Black Panther ha batido el récord de venta anticipada de entradas para una película de superhéroes.

No es extraño si jugamos a trazar paralelismos. Ahora ocupa el despacho oval un niño septuagenario adicto a las hamburguesas que responde a la violencia supremacista en Charlottesville con frases como “un grupo fue malo y un grupo del otro lado también fue muy violento”. Calan movimientos como Black Lives Matter y las investigaciones sobre la injerencia rusa se parecen al Watergate.

Además, se dan respuestas parecidas a las de México, con Colin Kaepernick, el quaterback de la NFL, hincando la rodilla en el suelo durante el himno (Donald Trump contestó con un madurísimo: “¡Saque a ese hijo de puta del campo ahora mismo, está despedido! ¡Despedido!”). Si los setenta parecían dominados por Diana Ross, ahora reina Beyoncé. Los Oscar intentaron, el año pasado, redimirse premiando como nunca en clave afroamericana. Y parece que solo una mujer del mundo del espectáculo de esa raza (Oprah Winfrey) se promociona para batir a Trump.

Make America black again.

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