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Director de orquesta, compositor, activista, "Lenny" fue un divulgador de la música y de sí mismo

Leonard Bernstein, 100 años

El genio americano fue promiscuo, ambiguo y dionisiaco, y estuvo dotado de un enorme poder comunicador que hizo de él un fenómeno de la cultura pop

Ha resucitado Leonard Bernstein (1918-1990)  en los premios Grammy, precisamente porque la opulenta gala de la discografía americana ha premiado hace unos días a la compañía Sony por el catálogo exhaustivo de todo su trabajo compositivo. Tenía sentido publicarlo porque estamos en el centenario de Lenny. Y porque el “cofre” es una buena manera de comprender la versatilidad y las inquietudes del genio americano, tan contradictorio y poliédrico como pueda resultarlo su lenguaje, unas veces pegadizo y comercial, otras más sofisticado y profundo.

De hecho, el impecable expediente profesional de Bernstein -fue el primer director norteamericano en pisar la Scala de Milán con ocasión de una Medea interpretada por Maria Callas- merece contrastarse en el fragor de una carrera anticonvencional: presentador de televisión con audiencias millonarias, compositor, pianista, líder social, director de orquesta, provocador iconoclasta, militante y “niño” consentido de la sociedad a la que zahería, activista investigado por el FBI.

Leonard Bernstein, 100 años

¿Quién era, realmente, el viejo Lenny? Seguramente, la antítesis -y el antídoto- de Herbert von Karajan, o Dioniso frente a Apolo, o el judío ruso emigrante frente al austriaco aristocrático dado a conocer durante el nazismo, o el candidato americano frente al europeo. Efectivamente, hasta el umbral de los años setenta, Bernstein y Karajan no sólo representaban dos modelos opuestos de la dirección orquestal -pasión/contemplación- sino que también se disputaban el liderazgo del podio en los dos frentes del Atlántico.

El maestro yanqui ejercía su poder en Nueva York apoyado por la poderosa compañía discográfica CBS, mientras que Karajan jugaba sus bazas con la Deutsche Grammophon, la Filarmónica de Berlín y su reputación en los grandes escenarios continentales: Bayreuth, la Scala, el Festival de Salzburgo, la Opera de Viena...

Al cabo, la capital austriaca permitió a Bernstein la oportunidad de proyectarse en Europa y de conjugar una especie de cruzada sentimental en honor de Gustav Mahler. El propio Lenny llegó a afirmar que la Filarmónica vienesa «no conocía una sola página de Mahler» hasta que aceptó dirigirla. Semejante bravuconada queda en entredicho con la evidencia de que Krips, Walter, Klemperer, Furtwängler, Krauss, Mitropoulos, Böhm, Karajan, Solti, Mehta y Abbado interpretaron sistemáticamente la obra del compositor de adopción vienesa entre 1945 y 1970.

La diferencia, probablemente, estribaba en que Bernstein concebía el fenómeno de Mahler como una batalla ideológica: «No hubiera sido necesario ir a Viena si simplemente hubiese tenido necesidad de la credibilidad internacional; habría podido recibirla en otras orquestas», escribe Norman Lebrecht en El mito del maestro. «Pero Bernstein quería más: quería que los austroalemanes lo amasen, quería llegar a ser el judío aceptado por todos, triunfar donde habían fracasado otros judíos después de Mahler. Y, sobre todo, quería conquistar la ciudad que había expulsado a Mahler, vengar el ultraje y vencer donde había sido derrotada la figura paterna, la aspiración de todo hijo edípico». La experiencia, nada menos, supuso el primer concierto de la Filarmónica de Viena en Israel, el fichaje de Leonard Bernstein en la escudería discográfica de Karajan (Deutsche Grammophon) y la definitiva consagración internacional del maestro norteamericano en las irrepetibles décadas de los 70 y 80, cuando sus conciertos concomitaron con el delirio.

El largo proceso de maduración se remonta hacia finales de los 30, cuando Bernstein ingresó en la Universidad de Harvard y prosiguió sus estudios de piano con Isabella Vengerova en Filadelfia, aunque las mayores influencias en el terreno de la dirección orquestal provinieron del contacto con el histórico maestro húngaro Fritz Reiner. Una vez decantada su vocación hacia el podio, Lenny pudo frecuentar el círculo de discípulos de Koussevitzky, que le nombró principal asistente en 1942. Dos años más tarde sobrevino aquélla sustitución de Bruno Walter y el comienzo de una carrera profesional jalonada por su primer concierto con la Filarmónica de Israel (1947) y por su debut en la Scala (1953), el Metropolitan (1964) y la Opera de Viena (1966).

Además, Bernstein, felizmente comprometido con el repertorio contemporáneo, tuvo ocasión de estrenar la Sinfonía Turungalila de Messiaen (1949), la Segunda sinfonía de Charles Ives y la Quinta sinfonía de Henze (1963), pero nunca renunció a su propia trayectoria creativa, cuyo ecléctico itinerario -el cofre de Sony lo demuestrtra- se deriva entre las obras de contenido religioso -Jeremiah symhony, Salmos para Chichester, Tercera sinfonía o la Misa- y las puramente musicales -On The Town, el ballet Fancy Free, la opereta Candide y el hito de West Side Story.

Semejante ambigüedad también se puede asociar con su propia experiencia humana, puesto que Leonard Bernstein nunca tuvo reparos en reconocerse bisexualmente activo ni encontró demasiadas dificultades para conciliar la vida familiar -tres hijos- con una abierta promiscuidad y una generosa predisposición al wishky y el tabaco.

Es más, parecía que Lenny había encontrado el secreto de la inmortalidad y que aquellos ademanes histriónicos sobre el podio, contrapunto estético de un apasionado orfebre y de un excepcional comunicador, resumían un planteamiento vital desproporcionado, dionisiaco. «El problema tuyo y mío», le decía al compositor Ned Rorem, «es que queremos ser amados por todas las personas del mundo. Y, por supuesto, esto es imposible: no se puede conocer a todas y cada una de las personas que existen en el mundo». Y el problema todavía no se ha resuelto, pero el tiempo juega a favor de Bernstein: cada día que pasa le conocen más personas.