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La Venezuela chavista y la suerte de los pobres

Cuando un Gobierno abandona a los más necesitados, ha llegado la hora de que rinda cuentas

Un grupo de personas prepara una sopa en un barrio de favelas de Caracas en 2016.
Un grupo de personas prepara una sopa en un barrio de favelas de Caracas en 2016.

La actitud de una parte de la gente de izquierda de España sobre Venezuela produce una infinita tristeza. Han decidido convertir lo que está pasando allí en un problema de aquí, de política interna, con lo que les interesa una higa lo que de verdad ocurre. Muchas veces su actitud es prepotente, resabiada, cínica. Construyen grandes discursos para echar paletadas de tierra sobre una realidad desoladora y consideran que todo vale bajo el barniz de las buenas intenciones.

Ya ha sucedido otras veces. Tras el triunfo de la revolución de octubre, fueron muchos lo que miraron a otra parte cuando algo rompía la imagen ideal que habían construido sobre el triunfo de la utopía comunista en la Unión Soviética. Así que resultaba latoso tener noticias sobre la suerte que corrían las personas que vivían allí. Mejor cultivar el cuento de las transformaciones profundas y la épica de la liberación. Los intelectuales tuvieron en esa tarea de ocultamiento y de justificación un papel muy activo.

No todo iba, sin embargo, a pedir de boca. A Osip Mandelshtam, por ejemplo, lo detuvieron en 1934 por escribir unos versos contra Stalin. A los cuatro años murió en Kolymá, en los campos de trabajo del Gulag. El sistema lo trituró sin mayores contemplaciones. Para muchos es uno de los mayores poetas rusos del siglo XX. Por lo que explica Igor Barreto en su último libro, hace un tiempo se encontró “en la parte alta del barrio de Ojo de Agua, en una zona llamada Monterrey”, con “un hombre alto, muy melancólico”. Era Osip Mandelshtam, tantísimos años después de su muerte en Siberia, de regreso al mundo en una zona marginal de favelas de Caracas. La vida te da sorpresas.

Cuenta Barreto que Mandelshtam se dedicó a leer los Cantos de Dante durante su cautiverio en las frías estepas. Y que de ahí salió un ensayo en el que reflexiona sobre el significado del tiempo. Lo que le interesa destacar es una de sus observaciones: “Aquí el presente puro está tomado como escapatoria. Totalmente separado del futuro y del pasado, el presente se conjuga como miedo, como peligro”.

El muro de Mandelshtam es un libro que pone los pelos de punta. El poeta venezolano Igor Barreto se ha encontrado con el poeta ruso en una de las zonas abandonadas de Venezuela y no han tenido inconveniente alguno en ocuparse de ese mundo donde reinan el miedo y el peligro. La pobreza es, por tanto, el asunto central de una exploración poética que recorre las zonas más oscuras y las experiencias más desoladoras de una gente condenada a sobrevivir en las peores condiciones. La violencia, la enfermedad, el vacío de ir sorteando las horas, los olores, la descomposición de toda esperanza, los estallidos de furia y la desoladora paz de la rendición, la muerte. Todo está ahí.

En uno de los poemas aparece una caja de madera en una vereda de Ojo de Agua. Al parecer en su interior está la definición de la pobreza, pero nadie consigue abrirla. Así que termina abandonada. “¿Qué interés pueden tener en una pobreza / que ya no les molesta?”, dicen unos versos. Y de pronto esas palabras adquieren una extraña resonancia. En Venezuela ha llegado el punto en que la pobreza ya no les molesta a los que gobiernan, ni les importa. Es el momento en que toca rendir cuentas. Y también la izquierda debería exigirlo. No hay otra.

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