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España es el español

Puede haber nación y patriotismo con el idioma propio borrado o semiborrado

Manifestantes contra el requisito del catalán en la sanidad públicad durante la marcha del pasado 18 de febrero en Palma.
Manifestantes contra el requisito del catalán en la sanidad públicad durante la marcha del pasado 18 de febrero en Palma. Europa Press

En un reciente artículo, muy recomendable, leí la frase “Cataluña es el catalán”. Y es cierto que el idioma propio o autóctono desempeña un papel relevante en la configuración de las identidades nacionales. Por consiguiente, resulta lógico que no solo los catalanes, sino todo demócrata que reconozca la pluralidad de España, más aún si, como es mi caso, piensa que Cataluña y Euskadi son naciones, reaccione ante todo ataque contra la cultura y la lengua catalanas. Eso sí, sin olvidar que puede haber nación y patriotismo con el idioma propio borrado o semiborrado, casos de Irlanda y Escocia.

Por otra parte, si los catalanes hablan bien castellano, eso no prueba la inexistencia de discriminación. Los datos de partida están disponibles: inmersión en catalán en la enseñanza pública, y horario mínimo de clases en español. Cabría analizar ya los primeros efectos, si bien el retroceso efectivo de una lengua, supuestamente discriminada y excluida del espacio público, se mide a medio y largo plazo. Pude apreciarlo como observador interesado en países como Alsacia y Eslovaquia respecto del alemán.

El problema no es la afirmación del catalán, ni su condición de lengua prioritaria, sino la marginación forzosa del español. No solo en la enseñanza. Absurdamente, a veces por la lógica de “la bien pagá” en el Congreso, puro electoralismo, soportamos decir Lleida o Girona, Gipuzkoa o Bizkaia, cuando no decimos Warszawa ni London. ¿No hubiera bastado considerar aquellas como denominaciones oficiales, y las españolas como cooficiales? Claro que para los proponentes se trataba de otra cosa. Y lo lograron. En la Transición, Rafael Ribó explicó durante una conferencia cómo la normalización del catalán, al acabar con la opresión cultural franquista, produciría mayor cohesión interterritorial. No ha sucedido así.

Conviene releer sobre Cataluña Nacionalismo y política lingüística, de Thomas Jeffrey Miley. Bajo capa de concordia, el pujolismo diseñaba ya un futuro del catalán en lengua exclusiva, con rechazo abierto del bilingüismo como desenlace. En consecuencia, instrumento de una construcción nacional que necesariamente, desde esa premisa, operó al margen de la Constitución y para la hegemonía de una elite.

Lo mismo sucede ahora con la exigencia de que los médicos en Baleares sepan o aprendan catalán para ejercer, como en Cataluña es exigible para rotular los negocios. La exclusión se disfraza en positivo, solo busca fomentar la lengua propia. La consecuencia práctica es otra: el español puede resultar invalidado para ejercer una profesión que técnicamente no requiere allí el conocimiento de la lengua autóctona. Y es que por la Constitución el idioma general de España es el conocido en el mundo como español. Una cosa es agregarle otros oficiales, otra anularle.

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