Análisis
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El Waterloo de Puigdemont

El expresident puede decir una cosa y la contraria en el mismo día mientras piensa otra tercera opción

Carles Puigdemont ofrece un discurso en vídeo a los jóvenes seguidores del partido Nueva Alianza Flamenca.STEPHANIE LECOCQ (efe) / atlas (atlas)

El 18 de junio de 1815, el duque de Wellington y el mariscal prusiano Von Blücher derrotaron en Waterloo al emperador Napoleón Bonaparte poniendo fin a su última locura tras su exilio en la isla de Elba. Tres meses antes, el Congreso de Viena le había declarado proscrito y el 10 de julio, Napoleón firmó su rendición y emprendió camino a su último exilio en la Isla de Santa Elena, en donde murió.

Poco más de 200 años después, el destino ha querido que Carles Puigdemont haya elegido esta pequeña localidad a 25 kilómetros del centro de Bruselas para instalarse en lo que él llama su exilio y la justicia, su fuga. El expresidente de la Generalitat ha vuelto a hacer esta semana dos saltos mortales. El primero, diciendo por mensaje de teléfono que le habían traicionado los suyos y que la república catalana había fracasado (aunque luego se desdijo); y el segundo, cuando filtró a la prensa belga que había alquilado, por vía interpuesta, una casa a las afueras de Bruselas para instalarse de forma permanente fuera de España.

El problema que tiene Puigdemont a estas alturas es su falta absoluta de credibilidad. Puede decir una cosa y la contraria en el mismo día, mientras piensa otra tercera opción. Es un político acabado cuyos compañeros de viaje quieren eliminar, pero sin salir en la foto de los que le echaron a un lado. Y así pasan los días, mientras Cataluña sigue bloqueada política y económicamente.

Napoleón dirigió la batalla de Waterloo desde un campamento llamado La Belle Alliance. Las tropas británicas, holandesas y alemanas llegaron a pensar que iban a perder contra el emperador francés. Sin embargo, la llegada del ejército prusiano acabó con las esperanzas de Bonaparte, que asumió su derrota.

En algún momento, el expresidente de la Generalitat tendrá que asumir su fracaso. Hasta sus más allegados saben que nunca será investido en Barcelona, aunque no se atrevan a decírselo. Es como el cuento de El Rey Desnudo, que el danés Hans Christian Andersen publicó en 1837. Puigdemont pasea con su traje transparente mostrando sus vergüenzas y nadie le dice que está desnudo.

Ni su ex compañero de gobierno Oriol Junqueras, ni el actual presidente del Parlamento catalán, Roger Torrent, ni los líderes más sensatos de Junts per Catalunya dicen lo que realmente piensan: Puigdemont tiene que dar un paso a un lado para que se pueda elegir un presidente limpio, recuperar el poder político y económico en Cataluña y trazar una nueva estrategia política.

Por cierto, el supuesto plan de La Moncloa para recuperar la normalidad en Cataluña evitando que los políticos imputados acaben condenados, no solo es falso, sino que además es imposible. En el Gobierno son conscientes de que el proceso penal es imparable y de que los españoles no aceptarían trapicheos con una justicia que ha conseguido frenar la independencia unilateral catalana.

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