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Coordinado por Gonzalo Fanjul
Opinión

Grandes retos en desigualdad

La Cumbre de Davos permiten cada año realizar un esfuerzo de análisis sobre la desigualdad en el mundo y en España

El rey Felipe VI participa en un panel de la 48 edición del Foro de Davos
El rey Felipe VI participa en un panel de la 48 edición del Foro de DavosLAURENT GILLIERON / EFE

Cada año, por estas fechas, se reúnen en Davos (Suiza) las personas más poderosas e influyentes de todo el mundo. Es una ocasión de oro para ver cómo banqueros, celebridades, jefes de Estado y de Gobierno sonrientes, comentan lo mal que está el mundo y lo bien que les va a ellos.

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En esta ocasión, además de la novedad de la presencia del Rey, las propuestas y debates emergentes han revelado un creciente optimismo frente al desempeño de la economía global, que según estimaciones del FMI crecerá al 3,9 % durante 2018. Es razonable, porque marca un cambio significativo frente a la previsión de escaso o nulo crecimiento que predominó durante la última década.

El hito global y el foco mediático que marca la Cumbre de Davos nos permiten cada año realizar un esfuerzo de investigación y análisis sobre la realidad de la desigualdad en el mundo y en España. Y vaya hallazgos los de este año.

La desigualdad es uno de los principales problemas de la humanidad. Y España no es ajena a esta realidad, pues sigue destacando en la Unión Europea, solo superada por Rumanía y Bulgaria. Los ricos cada vez son más ricos y los pobres, que tienen muchas más responsabilidades fiscales y viven generalmente en una situación de alta vulnerabilidad, cada vez se quedan con una parte más pequeña de la riqueza generada a nivel global. Lo ha reconocido el Rey en su discurso en Davos: “hay que decir que el crecimiento económico no solo debe llevar a luchar efectivamente contra el desempleo, sino también a reducir las diferencias económicas y la desigualdad social, favoreciendo la indispensable cohesión social con un crecimiento económico más inclusivo”.

El análisis no permite bajar la guardia, porque existen muchos motivos para insistir sobre la gravedad de este problema. La desigualdad es, sin duda, una de las principales causas de la pobreza y, por eso, no podemos cansarnos de visibilizarla y combatirla. Es simplemente inaceptable que un pequeño grupo de la población acapare el grueso de la riqueza generada en el mundo y que se premie inmerecidamente a los poseedores del capital sobre las personas que trabajan para vivir.

Tenemos numerosos testimonios del impacto intolerable de esta desigualdad en la vida cotidiana de personas, en España y en el mundo. Es el caso de Lan, una trabajadora textil de Vietnam, que no puede comprar para su hijo un par de zapatillas de las que ella misma fabrica: “un par de zapatos de los que hacemos aquí valen más que todo mi sueldo de un mes”.

Si los beneficios empresariales en España crecieron en 2016 más del 200 % respecto al año anterior, ¿por qué sería demagógico o inviable proponer que una parte de esos recursos se dirija a mejorar los salarios, reconociendo su productividad? ¿Se tiene que castigar a las personas trabajadoras, en su mayoría mujeres y jóvenes, obligándolas a cobrar un 31 % menos, porque su vinculación laborar se realiza por medio de una empresa multiservicios? Es evidente que no.

Existen ejemplos de gobiernos y corporaciones que han entendido que la desigualdad no es algo inevitable, que sus efectos son devastadores y que se puede sacar provecho de buenas prácticas y alternativas de acción. Basta con analizar la decisión de algunas compañías de abandonar su presencia en paraísos fiscales, o la legislación surgida en el Reino Unido, Islandia y Alemania para reducir la brecha salarial entre hombre y mujeres. Hay ejemplos alentadores: se pueden reducir las desigualdades con las políticas y las prácticas adecuadas.

La invitación a actuar está servida. Una invitación a establecer un plan nacional de lucha contra la desigualdad que comprometa al sector político, un plan para que las empresas reduzcan la subcontratación y la precarización laboral, y para que se comprometan a eliminar las diferencias salariales entre hombres y mujeres. Se trata de cambios necesarios y posibles que requieren dirección política, compromiso empresarial y acción ciudadana. Sí, el papel de las personas es clave, ¿qué tal una revisión a la ética y la justicia con que actuamos en el día a día? Ahí también podemos hacer, cada día, sin grandes hitos mediáticos, una aportación sólida para reducir la desigualdad.

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