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¿Qué tienen en común las abejas con los velatorios en Galicia?

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Al igual que en el Antiguo Egipto, la tradición gallega considera que la abeja es “una personificación del alma inmortal”.

En algunos pueblos de Galicia, en los funerales los vivos formaban un corro alrededor del difunto y bailaban para conducir su alma al otro mundo.

LAS ABEJAS BAILAN para comunicar al resto que han encontrado una fuente de alimento. Menean su abdomen para indicar a sus semejantes el punto exacto al que deben acudir, una danza que los seres humanos han tomado prestada también para guiar a los suyos.

En algunos pueblos de Galicia, hasta principios del siglo XX, los vivos formaban un corro alrededor del cadáver, entrelazaban sus manos y daban vueltas alrededor de él para conducir el alma del difunto hacia el otro mundo. Uno se imaginaría el acto de fallecer desprovisto de cualquier mundano ruido, pero este baile mortuorio, conocido como danza do abellón (abejorro), se practicaba simulando el zumbido de las abejas. Los seres queridos debían correr en círculos alrededor del muerto. ­Primero, despacio; después, más rápido. No se podía interrumpir el murmullo, pues quien lo hiciese podía ser el próximo en morir.

Este baile mortuorio, conocido como danza do abellón (abejorro), se practicaba simulando el zumbido de las abejas

Las referencias sobre la danza del abellón son escasas. Una de ellas es el poema que Alfredo Brañas compuso en 1884 en tono burlón por considerarlo impropio de una civilización moderna.

Brañas lo escribió tras asistir a un funeral en Vilanova de Arousa (Pontevedra), donde se practicaba después de haber ingerido un buen banquete de sardinas con pan y aguardiente casero. La Real Academia Galega recoge la existencia de este rito, pero también incluye “­abellón” como sinónimo de velatorio. Y Eladio Rodríguez, en su Diccionario enciclopédico gallego-castellano (1958), asegura que es “una costumbre popular conocidísima en varias comarcas gallegas”, “una tradición que considera a la abeja como personificación del alma inmortal”, tal y como se creía en el Antiguo Egipto.

Tomás Porto, un marinero jubilado de 81 años, es de los pocos que recuerdan algo sobre esta extraña danza. Fuma más que habla, y sus venas se marcan tanto que en contraste con la piel parecen ríos atravesando la tierra. Él nunca asistió a un funeral donde se practicase, pero sí llegó a jugar en el patio del colegio al abellón: a veces los críos se cogían de las manos y daban vueltas mientras entonaban el cántico animal. El que hablase o riese quedaba expulsado. “Le decíamos: ‘¡Morreu, morreu!’. Ya no podía jugar más porque estaba muerto”, cuenta.

Fernando Alonso, catedrático de Historia en la Universidad de Santiago de Compostela, escribió un ensayo sobre este rito gallego ancestral. En él concluye que era una práctica habitual hasta 1920 en la zona de las Rías Baixas. Pero Alonso también ahonda en la relación mística del ser humano con las abejas. En Asturias, los campesinos las consideraban sagradas, por lo que jamás blasfemaban o discutían delante de ellas: “Y cuando hablaban de ellas las llamaban ‘abeyinas de Dios’ y ‘benditas”, señala el catedrático.

La abeja como elemento sagrado no es exclusiva de la España rural. En algunas zonas de Alemania, Inglaterra y Escocia, cuando alguien fallecía, la familia debía comunicárselo a las abejas de las colmenas domésticas. Se creía que así los animales fabricarían más cera para las velas del difunto. La transmisión de la cultura como un hilo que conecta a las diferentes civilizaciones, una colmena donde cabe la humanidad entera.