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EN PRIMERA LÍNEA

Semillas y resistencia para que vuelvan los pájaros

Los indígenas en Brasil representan un porcentaje ínfimo de la población, pero son de extrema importancia por su diversidad cultural y su importante papel en la conservación de la Amazonia

La deforestación de la Amazonía pone en riesgo a los pueblos que la habitan. Ver fotogalería
La deforestación de la Amazonía pone en riesgo a los pueblos que la habitan. OPAN

En la primera década del siglo XXI, Brasil estaba de moda. La imagen de este país que embaucaba nuestra imaginación estaba llena de playas salvajes, carnaval, fútbol, alegría y muchas aventuras. A mí, una década antes, me sedujo la idea de trabajar con los niños de calle y conocer las luchas populares, aquellas con las que América Latina alimentaba las utopías de mi generación. ¡Quería participar en la revolución para cambiar el mundo! Entrar y conocer el Brasil de las favelas, la pobreza, la desigualdad extrema fue un choque profundo. Descubrir el hambre, la violencia, el racismo conviviendo con la alegría, la resistencia tenaz de personas bellísimas, la solidaridad, e intentar comprender esta complejidad para colocar un granito de arena ha ocupado más de dos décadas de mi vida. Y me ha hecho pasar por momentos de grandes satisfacciones, pero también de profundas tristezas e indignación.

Dentro de este mosaico continental de diversidades me gustaría hablaros del universo indígena. En Brasil hay actualmente 254 pueblos indígenas con más de 150 lenguas diferentes, según datos oficiales. Casi 900.000 personas que representan apenas a 0,47% de la población de este país continental. Se trata de un porcentaje ínfimo, pero de extrema importancia por su diversidad cultural, sus profundos conocimientos sobre los biomas donde viven y su importante papel en la conservación y protección de los bosques y selvas de la Amazonia. Cuando se entra en uno de estos universos indígenas, uno se da cuenta de que está frente a otra concepción de la vida. Desde 2009 he tenido la oportunidad de convivir con los xavante, de la tierra Marãiwatsédé, que quiere decir bosque profundo. Situada en el estado de Mato Grosso, en la región del Araguaia, ha sido objeto de fuertes disputas desde 1960.

En los últimos 20 años, los intrusos que habían ocupado el territorio se encargaron de destruir la mayor parte del bosque para destinarlo a la cría de ganado y cultivo de soja

Todos sabemos que desde la colonización española y portuguesa los pueblos indígenas han sufrido persecuciones, matanzas y epidemias, porque se les tenía por gentes sin alma. El proyecto nacional era integrarlos (civilizarlos), hacerlos blancos, ocupar sus tierras. Los xavante no fueron una excepción. Expulsados de su tierra, Maraiwatsédé, por los grandes latifundistas en 1966, con incentivos del Gobierno dictatorial del país, vivieron una difícil peregrinación hasta conseguir volver a su territorio, lo que costó la vida de muchos de ellos aquejados por epidemias como el sarampión. Pero han resistido y continúan haciéndolo.

En 1998, con apoyos de grupos gubernamentales y de la sociedad civil tanto de Brasil como de otros organismos internacionales, los xavante consiguieron el reconocimiento legal y homologación de una parte de su territorio, y hace tan sólo cuatro años, en 2013 pudieron ocupar 165.000 hectáreas, con ayuda de aliados entre los que se encuentra la ONG en la que trabajo (OPAN, socia local de la española Manos Unidas en Brasil). Los más viejos, los sabios, soñaban que volverían los xavante. Con el liderazgo de uno de aquellos niños desheredados de los años sesenta que aprendió a soñar en los rituales y, convertido en un gran jefe, lucharon hasta conseguirlo. Ellos mismos lo dicen; el indio no es nada sin la tierra donde están sus ancestros. Haber vivido con ellos la emoción de este retorno es un privilegio difícil de olvidar. Emocionaba ver el brillo lloroso en los ojos arrugados de Zipé, el más viejo del grupo, mientras llenaba su mano de tierra, su tierra, y con una sonrisa cansada ratificaba el sueño xavante. Pero la lucha por sus tierras continúa.

Ahora bien, en los últimos 20 años, los intrusos que habían ocupado el territorio se encargaron de destruir la mayor parte del bosque para destinarlo a la cría de ganado y cultivo de soja, contaminaron sus aguas con agrotóxicos y dejaron abandonados miles de hectáreas de pasto, que en el periodo de la sequía (de mayo a octubre) las altas temperaturas y la falta de lluvias, las transforman en un polvorín de fuegos sin control. Marãiwatsédé ha llegado a ser considerada la tierra indígena más devastada de la Amazonia brasileña. En esta situación, la vulnerabilidad alimentaria ha estado en números rojos. Hemos presenciado desnutrición, diversas enfermedades y un considerable número de muertes infantiles por falta de alimentos adecuados. Además, en la región se puede ver claramente la existencia de una violencia permanente contra ellos por causa de prejuicios construidos históricamente. Una pintada en una placa de la carretera que da acceso al territorio lo sintetiza a la perfección: “¡Indio bueno es indio muerto!”. Pero los indígenas resisten. Desde que han retornado a su tierra, se han puesto a trabajar y a buscar ayudas para recuperar diversas áreas, “para que vuelvan los pájaros” decía en 2009 el cacique Damião durante una de las primeras reuniones que tuvimos en la aldea, bajo los encantos de una tremenda luna llena.

Es fundamental reconocer el importante papel que los grupos indígenas desempeñan para la preservación ambiental, el cuidado de la tierra y los recursos naturales, sobre todo en tiempos de cambio climático

Ha sido casi una década sembrando con ayuda de la OPAN y Manos Unidas. Plantando roças y quintais. Y es que plantar árboles frutales, yuca, arroz, maíz, significa hacer crecer sombras, agua, animales, organización y en definitiva, vida. Y en este camino se han destacado las mujeres Xavante, que son recolectoras de semillas por tradición.

Con esos apoyos, desde 2011 las mujeres recolectoras xavante se han adherido a la Red de Semillas del Xingú, donde diferentes pueblos indígenas y comunidades campesinas recuperan e intercambian una diversidad importante de simientes con la mirada siempre puesta en un futuro mejor para las nuevas generaciones. De esta forma, además de garantizar la diversidad ambiental en los territorios y una pequeña renta para sus familias con la venta de una parte de los granos ayudan también, a la recuperación de áreas degradadas en la región y amplían sus conocimientos sobre el territorio actual, diseminando nuevas posibilidades para la tierra Marãiwatsédé.

“Nosotras recuperamos la agricultura familiar, que es el tratamiento de semillas, tratamiento del abono verde para que la tierra esté nutrida, [este trabajo] es sustentabilidad y mucho alimento para la comunidad. Es el sueño de la familia, recuperamos los frijoles, la calabaza”, afirma orgullosamente Carolina Rewaptu, cacica y líder del grupo de recolectoras.

Un amigo español me decía estos días: “Con la cantidad de recursos que generamos para España con inversiones en Brasil, no nos podemos permitir el lujo de cerrar los ojos y no ayudar a garantizar los derechos humanos y la vida digna de estas poblaciones”. Sobre todo en este momento político tan lleno de corrupción, retrocesos y fascismos. Es fundamental reconocer el importante papel que los grupos indígenas desempeñan para la preservación ambiental, el cuidado de la tierra y los recursos naturales, sobre todo en tiempos de cambio climático. Es necesario que no se repita la peor historia de la colonización. Y es que son muchas las cosas que aprendemos de pueblos indígenas como los Xavante: el ejemplo de sus mujeres plantando sus semillas; el coraje de aprender a soñar para fortalecer la capacidad de cambiar las cosas y su radical resistencia contra la desigualdad y la injusticia.

Lola Campos Rebollar es miembro de la Articulaçao Xingú Araguaia (AXA) y de Operação Amazônia Nativa (OPAN) organización socia local de Manos Unidas en Brasil.

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