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Hay otros mundos, pero están en este

Las identidades son siempre múltiples y no deberían empobrecerse para servir a una bandera

Tela de lino, estampada y bordada con seda por Jane y Jenny Morris.
Tela de lino, estampada y bordada con seda por Jane y Jenny Morris.

La manada, la tribu, la nación, el pueblo. Hay verdadero pavor en los últimos años a desengancharse del grupo, y a perderse en las cosas de cada uno. Así que lo habitual es tirar el ancla para fijarla de manera firme en algún lugar que dé calor y que sirva para confirmar que sí, que eres de los nuestros. Los expertos suelen referirse a la globalización para entender esa querencia: la gente busca afinidades para no extraviarse en esa vaga nebulosa donde existe tanta diversidad. Hay otros que entienden que son conductas provocadas por la crisis económica, y es que si no fuera por los más próximos podrías haber sido fulminado. Otra interpretación más: Internet te abre a un mundo tan vasto y ajeno que más vale buscar ahí a tus afines y darle al “me gusta”.

La peste de las identidades está a la orden del día. Es necesario y urgente pertenecer a algo, vestir las mismas camisetas, levantar las mismas banderas, aspirar a una pureza intachable, ser auténticamente de izquierdas, tener raíces, no cometer traición. De lo que se trata, antes que nada, es de compartir unas señas de identidad y de tener localizado al enemigo. Cuando reflexiona sobre los afanes de tantos por legitimar la propia causa en su último libro, La flecha (sin blanco) de la historia, el filósofo Manuel Cruz cita unas observaciones de un artículo de Tzvetan Todorov publicado en estas páginas: “Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable, está preparando el retorno de la violencia, revestida de un vocabulario nuevo, adaptada a unas circunstancias inéditas. Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él”.

Nada más alejado de la corriente que hoy se impone, donde lo que sobre todo importa es ser de la manada, de la tribu, de la nación, del pueblo. Hay, sin embargo, otros mundos y, por extraño que parezca, están en este.

Por ejemplo, William Morris. Vivió en la Inglaterra victoriana y tuvo tiempo para hacer de todo. Fue diseñador, artesano, empresario, poeta, ensayista traductor, bordador, tejedor, impresor, tipógrafo, editor, agitador político, etcétera. Una exposición recoge una amplia muestra de su obra en la Fundación Juan March de Madrid, y en su sala de conferencias recordó el escritor Ignacio Peyró hace unos días que uno de los caminos que exploró para forjar sus derroteros espirituales fue el de regresar al medievo. En la Inglaterra cargada de humo y manchada con el hollín de las fábricas de la era industrial, Morris eligió el lustre de los ideales caballerescos y el esplendor de las catedrales góticas.

Procedía de una buena familia, jamás tuvo dificultades económicas, tenía las antenas puestas para atrapar cuanto contribuyera a conquistar más belleza. Pero las injusticias lo exasperaban. Así que se metió en política, entregado a difundir la causa socialista. Hay otros mundos, sí, pero están en este. Y frente a cuantos reclaman las identidades sin mácula, confirman que las cosas son más complejas, que somos mestizos y que, ay, también llevamos al enemigo dentro.

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