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Gila en NY

Me quedé mucho más tranquila cuando Rajoy le preguntó lo mismo al ¿declarante? después de todo un Consejo de Ministros

Carles Puigdemont y oriol Junqueras en el Parlamento catalán.
Carles Puigdemont y oriol Junqueras en el Parlamento catalán.

Me pilló la declaración unilateral de independencia interrupta cruzando el puente de Brooklyn, rodeada de hordas de turistas cumpliendo todos, yo la primera, con el rito de hacernos una foto cada 10 pasos para dejar constancia de nuestro paso por la capital del mundo. Estaba de viaje al otro lado del charco y se suponía que me tenía que dar lo mismo enterarme 10 minutos antes o después de la penúltima escena de la Tragicomedia de Puigdemont y Junqueras. Ilusa. Según se acercaba la hora hache, fui mutando de maruja en vacaciones en yonqui de la información con un monazo salvaje y, entre todo el paisanaje español circundante, y éramos legiones, fui la única desquiciada que, en vez de admirar el skyline de Manhattan, se dedicó a escrutar el móvil como quien consultara el oráculo de Google. Pues eso: Google, Twitter, WhatsApp, Facebook. Todo era poco para intentar saber qué collonshabía pasado. ¿No pero sí? ¿Sí pero no? ¿Todo para nada?, me puse a gritar sola mientras los míos apuraban el paso y me dejaban por imposible. Me quedé mucho más tranquila cuando Rajoy le preguntó lo mismo al ¿declarante? después de todo un Consejo de Ministros.

No sé Maquiavelo, pero Gila hubiera sacado oro molido de estos días convulsos. Aun ahora, cuando escribo a ciegas sin saber en qué demonios quedará el chiste del siglo, sigo enganchada perdida al que sería el enredo más adictivo del milenio si no fuera porque de gracioso tiene poco. Todo esto era para explicar que iba a dejarles una columna de fondo con, no sé, la caída de las hojas en otoño, pero no he tenido cuajo de pasarme la actualidad por el forro. Ah, Nueva York fenomenal, gracias. Vino a precio de uranio enriquecido, lujo y miseria infame en la misma esquina y el desfile de personal más estupefaciente que han visto estos ojos sin levantar las nalgas del Starbucks de Times Square. O eso me han dicho.

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