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Banderas blancas

La pregunta es cómo se puede exigir equidistancia ante una rebelión antidemocrática

Manifestantes a favor del diálogo se han concentrado frente a la Ayuntamiento de Madrid el pasado 7 de octubre.
Manifestantes a favor del diálogo se han concentrado frente a la Ayuntamiento de Madrid el pasado 7 de octubre. Getty Images

Formalmente el movimiento de Manos Blancas, surgido hace poco como respuesta no violenta a la crisis de Cataluña, recuerda a aquel Manos Blancas que apareció en la Universidad Autónoma de Madrid en reacción al asesinato de Francisco Tomás y Valiente. Los contenidos difieren. Las Manos Blancas de entonces tenían las ideas claras en cuanto a la responsabilidad de las muertes. Su “ETA no” señalaba a los culpables, era militante contra ellos, a diferencia de una orientación muy difundida por entonces que reivindicaba como ahora el “diálogo” convertido en mantra. Incluso fue evocado tras el asesinato de un profesor y político, aduciendo que él hubiese dialogado con sus verdugos en el momento del crimen. La defensora de esa idea olvidaba que a pesar de ello ETA le hubiera matado y hubiese seguido matando. Diálogo entonces, ¿para qué? El efecto inmediato fue hacer girar la veleta de la acusación desde los terroristas al Gobierno.

Sin esa dimensión trágica, algo así sucede en la crisis actual, cuando se proclama —como entonces— la equidistancia, es exigido el diálogo y las Manos Blancas, y sus banderas blancas, miran en apariencia a ambos lados. Sucede en cambio que en un juego de relaciones asimétricas la equidistancia es engañosa, y debe ser sustituida por la ponderación: el proceso de independencia forzosa que hoy nos lleva a la catástrofe no fue iniciado por el Gobierno, sino por la Generalitat a partir de la Diada de 2012. Fue de principio a fin inconstitucional, con respaldo importante pero minoritario entre los catalanes, con una manipulación que en las tertulias de TV3 no empezó ahora, sino hace cinco años, y que afectó a todos los medios a disposición del Govern. No es posible dejar de lado su culminación en las jornadas del Parlament del 6 y 7 de septiembre, donde se fraguaron la independencia y la ley de desconexión, aplastando toda norma y uso democráticos. Hasta ahora, en términos jurídicos, Rajoy no ha hecho nada definitivo frente al procés, y ahí está la declaración sin obstáculos de Puigdemont hoy para demostrarlo. Las banderas blancas suponen inconscientemente la rendición del Estado de derecho. Pedro Sánchez parece no verlo.

La pregunta es cómo se puede exigir la equidistancia ante una rebelión anticonstitucional y antidemocrática, con gravísimas consecuencias para todos. Por supuesto, ello le viene bien a Puigdemont, que ya prepara la acción de masas y que en su discurso se llena la boca de “diálogo” (válido solo para aprobar su independencia) y de “mediación” (para ver reconocido un estatus equivalente al Estado). En definitiva, la vía de salida democrática, la reforma constitucional con posible autodeterminación incluida, será hoy cegada.

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