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Columna
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‘Spain Story’

El Gobierno catalán ha hecho algo más eficaz que el español: contar una historia de rebeldes

Juan Claudio de Ramón
Concentración en la plaza de Sant Jaume, Barcelona.
Concentración en la plaza de Sant Jaume, Barcelona.Samuel Sanchez (EL PAÍS)

Han sido días muy duros que quedarán impresos en la memoria colectiva. La mirada del escritor de columnas, que se sabe dentro de una sucesión de eventos que todavía no ha terminado, no sabe bien dónde posarse. ¿En la ineficaz gestión por parte del Gobierno, que cayó en la celada tendida por una Generalitat que nunca tuvo intención de cumplir el mandato judicial de detener el referéndum? ¿En la villanía de un Govern que no tuvo empacho más tarde en centuplicar las cifras de heridos para dañar aún más la imagen de España? ¿En las escenas de odio ideológico contra la policía española y los partidos opositores protagonizadas, al día siguiente, por una multitud borracha de consignas? ¿En el dolor de ver que para muchos catalanes el motor de sus vidas es el rechazo de un proyecto en común? ¿En los desgarradores testimonios de tantos otros catalanes que hacen planes para abandonar la tierra en la que tienen o echaron raíces, cansados de la coacción nacionalista? ¿En la solidaridad ciudadana que ayer se citó en Barcelona? ¿O en la firmeza del discurso del Rey, que sorprendió a propios y extraños, llamando a restablecer el orden democrático sin componenda previa con quienes lo habían traicionado?

Graves y raudos sucesos que cumplieron el viejo propósito del nacionalismo catalán: dirigir el reflector de la prensa internacional hacia Cataluña, y situar al Estado bajo una luz poco favorable. Gracias al trabajo de muchos, dentro y fuera del Gobierno, esa luz hosca se disipa ya a favor de un tratamiento informativo más equilibrado. No ha sido fácil, porque se luchaba también contra un zeitgeist que antepone la narrativa al hecho, el story-telling al fact-checking. Mientras al corresponsal extranjero se le trasladaba la importancia del respeto a la ley democrática y se le facilitaban aburridos datos para desmontar el argumentario independentista, el Gobierno catalán hacía algo mucho más eficaz: les contaba una historia. No cualquier historia, sino una historia de rebeldes. Y ya sabemos que, comunicativamente hablando, de la causa de un rebelde importa su glamour y no su justicia. ¿Qué importancia puede tener que en 1978 una Constitución, inspirada en buena parte por el catalanismo, fuera votada por la mayoría de catalanes, si en 1714 había habido una guerra? Si la historia falseada de un pueblo rebelde que acude a su cita con el destino ha encandilado a buena parte de la izquierda patria, no se podía esperar otra cosa de observadores foráneos.

Esa debería ser ahora también nuestra estrategia, hacia fuera y hacia dentro: contar la historia de la todavía joven democracia española: una sociedad diversa con un legado en común, que ha alcanzado un asombroso grado de modernidad en pocas décadas, en paz con su pluralidad, y que no ve motivo alguno para echarlo ahora todo por la borda y convertirse en una inhabitable Yugoslavia ibérica. Así que ¡ea, españoles! Frente a la angustia de que todo pueda estar perdido, opongamos la esperanza de que todo está por (re)hacer.

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 Juan Claudio de Ramón es ensayista.

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