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La voz filosófica de la ciencia

La muerte de Jesús Mosterín priva al mundo de uno de los pensadores más cercanos al conocimiento científico y más consecuentes con sus implicaciones éticas

El filosofo bilbaino Jesus Mosterín, fotografiado en Barcelona
El filosofo bilbaino Jesus Mosterín, fotografiado en Barcelona

Puede parecer extraño dedicar esta celebración semanal de la ciencia, la newsletter de Materia, a la muerte de un filósofo, pero Jesús Mosterín era un filósofo muy singular, y de una especie por desgracia muy rara. Su pensamiento siempre se apoyaba con firmeza en la ciencia, emergía de ella. Eso le procuró la desafección de muchos de sus colegas, y de la mayoría de los científicos sociales, pero él también se despachó a gusto contra ellos, con un característico estilo contundente y bienhumorado, el estilo de quien sabe que la razón científica está de su parte. El filósofo Javier Sádaba repasó el miércoles su trayectoria académica en toda su amplitud. Lo que sigue es el punto de vista de un periodista científico.

Los héroes intelectuales de Mosterín difieren de los típicos en su profesión. Abominaba de la hermética élite francesa del siglo XX –Lacan, Derrida, Foucault, Deleuze, Kristeva—, contra la que dedicó dardos hilarantes, y prefirió estudiar a fondo a un conjunto de pensadores diametralmente opuesto: Los matemáticos Georg Cantor y Bertrand Russell, los padres de la computación y la inteligencia artificial John von Neumann y Alan Turing, y sobre todo el gran lógico del siglo pasado, Kurt Gödel, uno de los pocos amigos que Einstein hizo en Princeton, y autor del célebre y asombroso teorema de Gödel (el equivalente matemático de la paradoja clásica "esta frase no es verdad"). Fue Mosterín quien editó la primera edición en cualquier lengua de las obras completas de Gödel. También fue Mosterín quien mostró que el conjunto de los números naturales es una base de datos universal. Todo esto tiene muy poco que ver, como es obvio, con las matracas de la deconstrucción derridiana y lo que el propio Mosterín llamaba "pensamiento deleuznable".

Kant dijo que toda la filosofía cabe en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? y ¿Qué es el ser humano? Pero también enfatizó que las tres primeras preguntas se pueden reducir a la cuarta. Partiendo de esa cristalización kantiana, Mosterín decidió que "la única forma intelectualmente honesta" de plantearse qué es el ser humano es considerarlo como un objeto biológico más, un producto impredecible de la evolución, y dedicó una de sus obras más luminosas y provocadoras (La naturaleza humana) a este enfoque científico –o cientificista, como dirían sus críticos— de la cuestión filosófica más trascendental. La primera mitad de esa obra, por cierto, es un tratado de biología molecular sin más adornos. Cuando le pregunté por qué había hecho eso, me respondió sin pestañear: "Son las premisas de la filosofía subsiguiente". Era su forma invariante de pensar: partir de la ciencia sólida, de los hechos bien establecidos, antes de empezar ni a plantearse la menor especulación. Algo raro en nuestros tiempos, o en todos los tiempos.

Su conocimiento científico era profundo, y su interés en la ciencia genuino. Era fácil encontrarle en los seminarios y congresos científicos, siempre sentado en las primeras filas y poniendo en aprietos al orador con sus preguntas incisivas, u organizando cursos de cosmología en las universidades de verano, a los que invitaba a los físicos internacionales más destacados del momento. Incluso sus posturas éticas más populares –la defensa de los derechos de los grandes simios, la oposición a las corridas de toros— se enraizaban en su comprensión honrada de la teoría evolutiva. Cualquier científico que haya hablado con él se habrá dado cuenta de lo obvio: que Mosterín era uno de los suyos.

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