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Coordinado por Gonzalo Fanjul

¿Cómo influir las actitudes públicas hacia la inmigración?

Un informe del Overseas Development Institute sugiere un cambio urgente de estrategia

¿Víctimas o activos sociales? Foto: CARITAS.
¿Víctimas o activos sociales? Foto: CARITAS.

Estos son los hechos: los flujos migratorios, incluso los más abundantes, contribuyen de manera determinante al crecimiento económico y la generación de empleo en las sociedades de destino. Con excepciones contadas, tienen un efecto neutro sobre los salarios de las poblaciones en las que se establecen, reducen la desigualdad global y contribuyen al reequilibrio demográfico en sociedades envejecidas como la nuestra. Y no existe vinculación probada alguna entre los refugiados y el terrorismo o entre la abundancia de migrantes y el incremento de la inseguridad; más bien lo contrario.

Si estos son los hechos, ¿por qué según la Organización Internacional de Migraciones 82 de cada 100 europeos (73/100, en el caso de los norteamericanos) quieren ver los niveles de inmigración reducidos o congelados? Por una razón muy simple: los hechos racionales cuentan en este debate muy poco en comparación con las emociones y las percepciones.

Este es una de las principales conclusiones a las que llega un fascinante papel del Overseas Development Institute y Chatham House sobre las actitudes públicas hacia los refugiados e inmigrantes. La práctica del myth-busting (derribar mitos) a las que somos tan aficionados algunos y en las que reposa buena parte de la estrategia de comunicación pro-migrantes, es una (contraproducente) pérdida de tiempo. Mientras nosotros nos enfrascamos en un debate académico y elitista sobre números agregados, el grueso de la sociedad se concentra en los “problemas del mundo real”, como el coste de la atención a los inmigrantes, su disposición a “integrarse” o la preocupación acerca de la ausencia de control que traslada la inmigración irregular. Su visión se conforma con una interpretación parcial de la realidad (inmigrante es el que tengo por delante en la cola del ambulatorio o la mujer de cabeza cubierta que me cruzo en la calle, no el amigo de la escuela de mi hija pequeña o la señora que atiende a mi madre) y está profundamente enraizada en la idea de lo exterior como amenaza. Las actitudes políticas, las campañas sociales, la información de los medios de comunicación y la opinión de los propios migrantes juegan un papel relevante pero accesorio en este panorama. No es evidente cuál sería el papel de la educación y las escuelas.

Para ser claros, no se trata de que la mayoría se oponga a la inmigración, sino que tienen sensaciones enfrentadas que no son capaces de resolver fácilmente. La estrategia adecuada podría alterar el equilibrio de la balanza en uno u otro sentido y con bastante rapidez, como hemos comprobado de manera dramática con las victorias del Brexit y Trump.

El movimiento a favor de la reforma migratoria necesita cambiar urgentemente de estrategia, sugieren los autores. La información académica y ‘vertical’ debe ser sustituida por un debate franco sobre las cuestiones que preocupan a la gente y las medidas que podrían resolverlas. Eso implica aterrizar en los contextos nacionales y locales, adaptando los mensajes y aceptando transacciones dolorosas: ¿pueden las ONG, por ejemplo, presentar a los refugiados como individuos capaces y operativos en vez de víctimas que necesitan nuestra compasión y dinero? ¿Podemos sustituir los canales habituales –como este blog- por las voces de quienes pueden hablar de su propia experiencia en la acogida de inmigrantes, por ejemplo?

Las conclusiones de este trabajo son inquietantes, porque demuestran que la evidencia no siempre gana frente a los emociones. La primera sigue siendo imprescindible en un debate público informado que exija cuentas y ofrezca soluciones, pero las segundas deben ganar un terreno que hasta ahora les hemos negado.

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