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LA PUNTA DE LA LENGUA

"Dieron su vida por España"

La opción del lenguaje preciso y fiel a los hechos no debe desdeñarse nunca

 El rey Felipe pasa revista a la Guardia Real.
El rey Felipe pasa revista a la Guardia Real. EFE

El verbo “dar” denota una acción voluntaria cuando equivale a sus dos primeras acepciones: “donar” o “entregar”. De ese modo, damos un regalo, nos dan un préstamo, se da un donativo, das tu número de móvil. Con tal significado, por tanto, se entiende siempre como un verbo volitivo.

En los actos del 12 de octubre se recordó a quienes “dieron su vida por España”, una locución bienintencionada pero que corre el peligro de aproximarse a la semántica de la inmolación. Sin duda algunos de los homenajeados pudieron verse en la circunstancia de entregar su vida deliberadamente por la patria, pero en la mayoría de los casos fueron receptores de la acción y no sus activadores.

Eso, por supuesto, no los hace menos merecedores de reconocimiento, y sería justo que todos proclamásemos nuestra inmensa gratitud hacia quienes murieron en misiones de paz o en servicios dispuestos para proteger nuestra tranquilidad, aunque no perecieran por voluntad propia.

Quien interpone su cuerpo para servir de escudo a unas balas que se dirigían a otro, sí da su vida. El militar, el policía o el guardia civil que mueren en un atentado, o en un accidente como consecuencia de su peligrosa actividad, habrán dado por España su vocación, su voluntad de servicio, habrán asumido un riesgo que merece nuestro agradecimiento eterno; pero no habrán dado su vida. Simplemente, se la habrán arrebatado. Y ese reconocimiento que a veces se solemniza tras la muerte debería llegarles mucho antes, durante su servicio a la sociedad.

Sé que estas cuestiones pueden calificarse de zarandajas cuando se trata de un asunto tan grave, tan doloroso. Sin embargo, la opción del lenguaje preciso y fiel a los hechos no debe desdeñarse nunca. La exageración patriótica y la deformación de los significados no ayuda al justo trato general hacia las víctimas, sino más bien a desvirtuar sus valiosas aportaciones. Del mismo modo que la adulación exagerada rebaja la categoría del elogiado, el fervor excesivo de las proclamas y un subliminal culto a la muerte alejarán de ellas a muchos de quienes las escuchan, pese a los buenos sentimientos en los que estaban inspiradas.

Hagamos, pues, un homenaje a quienes perdieron la vida en misiones destinadas a proteger los derechos humanos y la democracia. Dar la vida en aras de reducir un daño a otros o en pos de la libertad constituye un acto heroico que sólo se puede entender en condiciones extremas. Porque si no concurriesen esas circunstancias, cabría interpretarlo como un acto de locura o de fanatismo. Y todos queremos que los servidores públicos que aceptan un gran riesgo vuelvan a casa sin haber dado nada más, y nada menos, que su trabajo y su valor.

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