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Un Estado vigilante contra cualquier esperanza de cambio

Tecnología e Internet fueron parte del movimiento de cambio social y el activismo político en Egipto pese a los esfuerzos del Gobierno por acallarlo. Uno de sus blogueros más influyentes analiza el fenómeno surgido con las Primaveras Árabes

Una mujer pasa junto a un soldado, cerca de la plaza Tahrir.
Una mujer pasa junto a un soldado, cerca de la plaza Tahrir. AP Photo

Hace ya mucho que la tecnología e Internet empezaron a ser parte integral de los movimientos de cambio social y del activismo político en Egipto que, en sus inicios, parecían tan prometedores y emocionantes (y también un tanto exclusivos). Yo mismo y la generación a la que también pertenezco empezamos a explorar, experimentar y tratarlas como unas herramientas que iban a facilitar nuestra capacidad para organizarnos, reunirnos, ser creativos de un modo diferente, expresar nuestros pensamientos y descubrir a fondo las ideas de nuestros compañeros. Nada determina lo que está permitido o no, no se necesita aprobación alguna. Como tecnólogos, mis compañeros y yo empezamos a desarrollar nuestra pasión por la tecnología y a utilizar las metodologías de código libre y abierto para diseñar soluciones que respondiesen a distintas necesidades de los activistas y los partidos políticos, los grupos de derechos humanos, los profesionales de los medios de comunicación y los grupos juveniles.

Muchos asuntos e historias se presentaron con valentía en el ciberespacio en distintos formatos como textos, vídeos o imágenes que trataban temas como la tortura, la corrupción militar, los problemas de las minorías, la violencia sexual, las dificultades económicas y, por supuesto, los asuntos democráticos. Aquello nos dio esperanza e hizo que las cosas pareciesen alcanzables.

Por entonces era diferente; no había proveedores de servicios que investigasen nuestros datos y usos, no había algoritmos que diesen forma a lo que leíamos ni al momento en que lo veíamos. Un número menor de usuarios se traducía en menos diversidad de opiniones y más opciones de conversación, y en una ausencia de polarización extrema.

Nuevas generaciones y nuevos participantes se unieron al movimiento del activismo a partir del 25 de enero, del mismo modo que cada vez más ciudadanos entraron en el espacio público al unirse a las plataformas de Internet. Las distintas voces se hicieron más presentes, lo que trajo consigo cambios notables en las dinámicas interpersonales y en el modo en que se interactuaba con los distintos contenidos. La noción de organización, movilización y expresión evolucionó en el seno de la sociedad y dio pie a nuevas posibilidades de exploración y crítica.

En los dos últimos años, no solo ha cambiado la escena del activismo; también los militares han ganado presencia en la vida pública y la mezcla de Ejército y policía estatales ha empezado a mostrarse muy activa y controladora. Al mismo tiempo, el Estado ha empezado a controlar con puño de hierro a los inversores y a los distintos canales de comunicación y periódicos, cosa que siempre es así. Pero la supervisión del modo de pensar mayoritario y de los mensajes públicos ha conducido a la práctica de ignorar todo relato que ofrezca una versión diferente de lo que sucede, ya sea por miedo genuino o por respaldar la postura estatal, mientras se hace caso omiso de las violaciones graves de los derechos humanos, el deterioro de la economía y la destrucción de las libertades. Han logrado controlar el flujo de la información y las noticias de los distintos medios de comunicación (a excepción de los escasísimos canales de noticias y plataformas sociales de Internet).

Las relaciones con las  multinacionales que fabrican dispositivos de vigilancia se han hecho patentes

Y la situación sigue siendo la misma: la denuncia de los grandes acontecimientos informativos, las violaciones, la corrupción, los abusos militares y policiales, los escándalos médicos... Todos empiezan en Internet, de un modo u otro. Y esto sigue transformando las líneas rojas predefinidas a pesar de la intensa polarización política y la aprobación de leyes restrictivas y juicios masivos injustos.

El sector de la seguridad ha empezado a sentir una gran curiosidad por escuchar y ver lo que decimos y hacemos, lo que “otros” piensan. Y no cabe duda de que se ha interesado por hacer un seguimiento de nuestra vida y nuestras redes sociales y profesionales. La capacidad de llevar a cabo una vigilancia tanto a gran escala como otra más específica ha ido aumentando con el tiempo. Las relaciones con las empresas multinacionales que fabrican dispositivos tecnológicos de vigilancia se han hecho patentes. Los organismos públicos han abusado de su ya exagerado poder y han establecido relaciones con proveedores nacionales de servicios de Internet y de telefonía móvil para acceder a los datos de los usuarios y mejorar una vigilancia de las comunicaciones que abarca toda la infraestructura nacional, de modo que ahora ya solo hace falta que un funcionario “quiera” esa información.

Han empezado a comprar programas informáticos de pirateo ofensivo y vigilancia específica (y la cantidad de virus informáticos adquiridos para dirigirlos específicamente contra los individuos ha pasado de decenas a centenares). La comunidad nacional de la seguridad y el espionaje recurre al mismo conjunto de justificaciones que se usa en todas partes: combatir el extremismo, la guerra o el terrorismo; los ciudadanos no tienen nada que ocultar, solo se usa contra los malos. Y, por supuesto, les fascinan las herramientas de vigilancia empleadas por los servicios de espionaje más destacados, como los que pertenecen a Five Eyes.

Manifestantes lanzan piedras contra leales a Mubarak, durante los disturbios de la revolución, en febrero de 2011.
Manifestantes lanzan piedras contra leales a Mubarak, durante los disturbios de la revolución, en febrero de 2011. REUTERS

En marzo de 2011, cuando los revolucionarios asaltaron el cuartel general del servicio de seguridad estatal de El Cairo (un organismo de mala reputación, famoso por la tortura y el espionaje), mucha gente encontró sus propios archivos y las transcripciones de sus comunicaciones. Desde entonces y hasta hoy, la conciencia y el conocimiento públicos han cambiado poco a poco, se han vuelto diferentes y se ha ido pasando a la vigilancia. Ahora, por desgracia, es frecuente decir en broma que todos estamos vigilados. Sin embargo, las prácticas cotidianas no han cambiado en lo que respecta a la comunicación y la organización en un sentido más amplio (creo que en parte se debe a la energía revolucionaria y la sensación de ira durante aquella fase).

Desde 2011, los medios de comunicación estatales han normalizado, a lo largo de los años, la práctica de la vigilancia social y la observación de las acciones de los demás, mientras que el discurso del odio hacia todo lo diferente o "extranjero" se ha vuelto aceptable. El hecho es que se aprueban continuamente muchas normas restrictivas nuevas y que, en el fondo, la sensación de vigilancia aumenta poco a poco y afecta a la comunidad del activismo y a quienes forman parte del ecosistema del cambio ciudadano y de los medios de comunicación. Ahora se ha hecho bastante habitual que las personas se piensen más de dos veces cómo y cuándo decir algo y calculen las consecuencias, con lo que sin darse cuenta aplican el modelo de la amenaza a sus decisiones tanto públicas como privadas.

Los medios de comunicación estatales han normalizado la práctica de la vigilancia social 

La separación entre lo profesional y lo personal se ha vuelto muy complicada, y cada una de estas esferas influye sobre la otra. Experimentamos una gran variedad de emociones a la hora de comprometernos con el cambio social; la pérdida de muchos amigos que están en la cárcel o tienen que marcharse del país hace que uno se relacione menos con los compañeros y que le resulte más difícil hacerlo. Entre quienes se dedican a informar a otros sobre los hechos y las verdades de lo que sucede, se ha vuelto habitual esperar que las fuerzas de seguridad les envíen una orden judicial, o los secuestren, o les prohíban viajar, o asalten su oficina, o les hagan una llamada en la que les amenacen de forma educada.

El hecho de haber conocido muchas insinuaciones y haber ayudado a muchas personas durante los últimos años a valorar las amenazas y los riesgos, y a implantar medidas adecuadas para mantener su privacidad y su seguridad, me ha abierto los ojos a que el concepto de amenaza ha cambiado muchísimo con el tiempo y a que nuestra definición de lo que es un problema se está ampliando. También resulta evidente que, a veces, nuestra capacidad para hacer una suposición o un cálculo acertado se está debilitando, ya que no hay información lógica o variables suficientes que tener en cuenta (la situación es muy caótica y siempre sorprendente).

Además, se hace patente que el miedo y la preocupación afectan a nuestra capacidad de ser creativos y de seguir trabajando y haciendo planes con normalidad. Siempre hay una lucha entre nuestras creencias y motivaciones, y las amenazas y el miedo que sentimos y experimentamos. No dejo de recordarme a mí mismo que debo apartar mis temores para poder centrarme, pensar y seguir adelante. Sentir miedo no tiene nada de malo ni es algo de lo que debamos avergonzarnos; somos humanos. Y hace falta tiempo y esfuerzo para intentar convertir la sensación de miedo en energía positiva para continuar e insistir. A largo plazo, la opresión y las restricciones nos empujan a ser tan creativos como sea posible, a pesar de todos los retos personales.

En una dictadura, muchas cosas negativas se normalizan y se convierten en hechos de la vida cotidiana, y el acto de difundir la información e informar a otros se vuelve una parte vital y fundamental del activismo.

Ramy Raoof es tecnólogo y asesor sobre privacidad y seguridad digital. Más información sobre Ramy, en https://www.linkedin.com/in/ramyraoof y en Twitter https://twitter.com/RamyRaoof.