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La verdad, ese trago

Que España es diferente no es tan solo un lema afortunado de campaña turística, es una definición intrínseca de nuestro funcionamiento

El año 1966 parece un jalón sin relevancia en nuestro calendario, pero contiene claves para entender de dónde veníamos y adonde íbamos. El turismo propiciaba una brecha para la entrada de cultura antiautoritaria y costumbres sociales que terminarían por diluir el integrismo religioso y el atraso premeditado de nuestro país. Por eso las bombas de Palomares tuvieron tanta trascendencia, porque en un mismo accidente condensaban el terror al desastre atómico y al desinfle del fenómeno turístico. Así que la manipulación política era aceptada por una clase media que atisbaba un horizonte de mejora económica.

Quién nos iba a decir que a la torturante escena de Fraga remojándose en la playa de Palomares junto al embajador estadounidense para negar cualquier problema de contaminación, le iba a responder cincuenta años después el posado del secretario de Estado John Kerry con una guitarra española. Que España es diferente no es tan solo un lema afortunado de campaña turística, es una definición intrínseca de nuestro funcionamiento. Fraga fue el fundador del partido que gobierna el país en nuestros días y eso acrecienta el asombro ante la concesión de 640 millones de euros por parte del gobierno norteamericano para que pueda procederse a descontaminar la arena de Palomares. Son cincuenta años de reescritura histórica, de intoxicación y contaminación del relato oficial.

Pero miremos el asunto con optimismo. España avanza a fuego lento, pero avanza. El español es un ciudadano superdotado con una paciencia que le convierte no tan solo en un superviviente, sino en un pequeño historiador de bolsillo. El apreciar cómo nuestro país ha consumado el relato de Palomares con una naturalidad apabullante, que arrancó con la negación y termina con la reivindicación sin provocar sonrojo en sus protagonistas nos ofrece un mirador privilegiado para entendernos a nosotros mismos. La tierra bajo nuestro pies contiene altos grados de contaminación histórica, pero ningún gobierno nos va a pagar por removerla y limpiarla. Tenemos que ser nosotros mismos asumiendo algún día, por fin, que el engaño también terminará con un punto y final. El español no es tonto, pero confía demasiado en que haciéndose pasar por tonto evitará los malos tragos que nos proporciona la verdad. He ahí el traguito de Palomares, aún quedan litros de verdad amarga esperando a encontrar quién se la quiere beber.

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