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Cuando se asume la memoria histórica

Francia recuerda en el antiguo campo de concentración de Rivesaltes los horrores del siglo XX

Imagen del campo de concentración de Rivesaltes, en marzo de 1941.
Imagen del campo de concentración de Rivesaltes, en marzo de 1941.

A 30 kilómetros de la frontera española, en territorio francés, se puede descubrir la memoria de tres guerras sucesivas del siglo XX: la que enfrentó a los españoles entre 1936 y 1939, la que hundió a Europa en la miseria desde 1939 a 1945, y la contienda librada por Francia en Argelia para evitar —infructuosamente— que su imperio colonial perdiera este territorio norteafricano. Todo ello se resume en el antiguo campo de concentración de Rivesaltes, el lugar donde 60.000 “indeseables” quedaron encerrados y estigmatizados.

Los españoles fueron los primeros. Fue la consecuencia de la catástrofe humana originada por la Guerra Civil, que en el invierno de 1939 derivó en la salida masiva de republicanos que huían de las tropas de Franco. El Gobierno francés les confinó al principio en playas como la de Argelès-sur-Mer, donde murieron a centenares. Pero la amplitud del éxodo le llevó a ordenar la transformación de un recinto militar en campo de concentración.

Los primeros barracones fueron construidos por los republicanos españoles, y hasta 20.000 de ellos permanecían en 1941 en el siniestro lugar. Una parte de aquella Francia que se había rendido a Hitler seguía libre de la bota militar alemana, a cambio de mantener al Gobierno títere encabezado por el mariscal Pétain en la ciudad balnearia de Vichy. El gran campo de concentración quedó en la parte del país que permaneció bajo la teórica jurisdicción de los colaboracionistas, que utilizaron las 600 hectáreas del recinto para internar a arrestados por ser judíos, comunistas, gitanos o masones, considerados como enemigos por la extrema derecha francesa e incluso culpables de la derrota sufrida frente a Alemania.

A partir de 1942, los nazis impusieron la deportación sistemática de los judíos hacia los campos de exterminio. Los colaboracionistas organizaron arrestos en masa y entregaron a los alemanes unos 10.000 judíos franceses de la zona sur del país, parte de ellos procedentes del campo de Rivesaltes. También muchos extranjeros, entre ellos españoles.

Finalizada la II Guerra Mundial, numerosos alemanes pasaron de ocupantes a prisioneros en el campo de concentración. Pero el transcurso del tiempo tampoco dejó obsoletas sus precarias instalaciones. Francia emprendió varias guerras coloniales para mantener su imperio, una de ellas la de Argelia. Cientos de combatientes independentistas fueron a parar al campo desde 1954, y también 20.000 harkis, colaboradores del Ejército francés en Argelia, que huyeron de este país tras la independencia y cuyos servicios fueron pagados con el alojamiento en los barracones inaugurados por los republicanos españoles. Después se usaron para retener a inmigrantes irregulares, hasta 2007.

Un mismo sitio, tres guerras, tantos sufrimientos olvidados. Hay que agradecer a Francia su esfuerzo de recuperación de la memoria histórica.

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