Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

¡Es la revolución, estúpido!

Una revolución no es tal si no conlleva organización y lucha por parte del pueblo

Pero, sobre todo, la victoria del bien contra el mal

Asamblea en la Facultad de Medicina de Valencia en 1977.
Asamblea en la Facultad de Medicina de Valencia en 1977.

Con las revoluciones pasa como con milagros de la película de Almodóvar Hable con ella: "Que a lo mejor te ocurre uno y como no crees en ellos, pues no te das ni cuenta".

Comía hace algún tiempo con un conocido de nacionalidad no europea. Ante mi horror, abogaba él por la no concesión de derechos a determinadas minorías en razón de su orientación sexual. Se apoyaba en la noción de democracia: "Si en un país democrático la mayoría de la población es favorable a una norma, aunque sea injusta, esa norma regirá".

Me preguntaba yo entonces: "¿Cómo pueden las sociedades evitar que una mayoría poco unánime imponga su voluntad?" Y, tras estudiarlo, descubrí que esto se podía conseguir mediante la presencia de una constitución. Efectivamente, la constitución establece los límites de los poderes gubernamentales asegurando la protección de los derechos fundamentales del pueblo. El constitucionalismo, tal y como hoy lo conocemos, nació en el siglo XVIII tras las revoluciones liberales y, más precisamente, tras la revolución francesa de 1789.

He tenido la suerte (o la desgracia) de vivir en varios países en el momento en el que en ellos estallaba una revolución. Vivía en Irán en el año 1979. Unos años antes al país le tocaba la auténtica lotería de descubrir ingentes cantidades de petróleo bajo sus tierras. El Rey del Reyes de la nación, el Sha Mohammad Reza Pahlaví, adquiría entonces una gigantesca flota sin previamente reparar en algo importante: Su país no disponía de puertos suficientes para albergarla. Mi padre, ingeniero de caminos, canales y puertos, fue destinado al puerto de Bandarabás a construir uno. Y allí nos encontrábamos toda la familia cuando estalló la revolución obligándonos a abandonar el país precipitadamente.

Con el dinero proveniente del petróleo, el Sha estaba construyendo en su país una sociedad moderna. Sucede que, a medida que los países se van desarrollando económica y socialmente, las reivindicaciones de su población van incrementándose. Y el caso de Irán no fue ninguna excepción: Ante el alzamiento de su pueblo, la reacción del Sha fue tan brutal y desmedida que con ella cavó su propia tumba. El resultado fue una revolución que acabaría instaurando la República Islámica actualmente vigente en el país. Hoy Irán ha conocido un retroceso tan gigantesco en lo social, lo económico y en el respeto de derechos humanos que no podemos más que considerar como un gran fracaso la revolución de 1979.

Yo no vivía en Nicaragua cuando tuvo lugar la revolución Sandinista (Casualmente también en 1979). Entonces, el Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN), un movimiento revolucionario creado por y para el pueblo, derrocaba por fin a la malvada saga dictatorial de los Somoza.

Abandoné Nicaragua en 2014 después de haber vivido allí algo más de cuatro años. En ese periodo pude comprobar cómo el FSLN, liderado por Daniel Ortega y su omnipresente cónyuge, Rosario Murillo, no era ya ni la sombra de la sombra de lo que fue en sus orígenes. Los alucinantes esfuerzos por perpetuarse en el poder de la pareja habían destrozado su democracia a la vez que el país se sumía en una gran degradación: Nicaragua se convertía en el país más pobre de toda la América continental.

No puedo considerar como verdaderas las revoluciones acontecidas en Irán y en Nicaragua

Comulgo con los que definen la revolución como "un cambio social fundamental en la estructura de poder que toma lugar en un período relativamente corto de tiempo". Reconozco que mi concepción del término es algo "romántica": Para mí una revolución no es tal si no conlleva primero, una cierta organización por parte del pueblo que busca desinteresadamente justicia y, segundo, la lucha, pero sobre todo la victoria, del bien contra el mal. En ese sentido no puedo considerar como verdaderas las revoluciones acontecidas en Irán y en Nicaragua.

Sin embargo, sí que viví la de un país cuyas características responden exactamente a las de una auténtica revolución con mayúsculas. Se trata de una nación que vivió bajo una dictadura durante varios decenios. Es un país en donde tuvo lugar una transición hacia la democracia. Cuarenta años después, ese país está innegablemente mucho más avanzado en lo social, lo económico, lo democrático y en el respeto de los derechos humanos… A estas alturas todos ustedes habrán ya adivinado que hablo de España.

Entonces: ¿Qué es lo que hace que una revolución triunfe? ¿Qué provoca que un cambio radical en una sociedad injusta se mantenga en el tiempo? Varios son los factores a tener en cuenta. Uno de ellos, quizás el más importante, es que esta revolución ha de crear un marco determinado. Un marco de estabilidad que asegure el crecimiento, el respeto y la protección a todos los ciudadanos que forman esa sociedad.

En España ese marco también se materializó en la redacción, la ratificación por el pueblo y la promulgación de una constitución. Una constitución que establecía un Estado social y democrático de derecho cuyos valores fundamentales eran la justicia, la igualdad, el pluralismo político y la libertad.

A todos los que hicieron posible el triunfo de esta auténtica revolución que hoy cumple 40 años: ¡Felicidades!

Miguel Forcat Luque es economista y trabaja para la Comisión de la Unión Europea. El propósito de este artículo fue escrito por el autor por su propio nombre y no refleja necesariamente el punto de vista de la institución para la que trabaja. El propósito de este artículo no compromete la responsabilidad de esta institución.