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El tesoro de Jacques Henri Lartigue

El francés descubrió el color a los 17 años. Los azules, verdes o rosas que capturaba le acercaban a la vida. A la felicidad

Una exposición reivindica ahora la paleta cromática de este pionero de la fotografía

Jacques Henri Lartigue Ver fotogalería
'Florette en Vence'. Mayo, 1954.

Todo lo que rodea a Jacques Henri Lartigue (Courbevoie, París, 1894-Niza, 1986) trasciende la historia de la fotografía. Gracias a su titánico archivo –más de cien álbumes de fotos donados poco antes de su muerte al Estado francés– sabemos que eso que llaman la joie de vivre no es un simple lugar común, sino una religión a la que este pionero de la imagen entregó cuerpo y alma. Pintor frustrado del que nadie recuerda hoy un solo cuadro, Lartigue quiso hacer inmortal su memoria con una cámara de fotos. Dejó miles de huellas, obras maestras llenas de vida, pero atravesadas por algo más: la inexorable melancolía que encierra el inútil esfuerzo de atrapar lo que proclaman.

Su obra en blanco y negro es célebre, pero una exposición en la Maison Européenne de la Photographie de París pretende poner ahora el foco en una faceta menos conocida, el color, al que nunca se había dedicado una retrospectiva y que solo se ha mostrado al público con cuentagotas, como anecdótica guinda a su monumental corpus fotográfico. Un libro, Lartigue, la vie en couleurs (editorial Seuil), ahonda a su vez en esta vertiente menos explorada de su legado.

La ‘joie de vivre’ no es un lugar común, sino una religión a la que este pionero de la imagen se entregó en cuerpo y alma

Se sabe que Lartigue descubrió el color en 1911, cuando tenía 17 años. Lo anotó, eufórico, en su diario. Los hermanos Lumière habían comercializado un nuevo invento y un amigo de la familia se lo llevó al joven aficionado. El autocromo estereoscópico consistía en unas placas de vidrio que reproducían en color después de un lento proceso y gracias a una mezcla de almidón sobre una película de blanco y negro. Lartigue escribió: “Antes, cuando veía un día maravilloso, sentía una especie de fiebre: una mezcla de ansiedad y desesperación. Pero esta mañana tengo placas de autocromo. ¡He instalado mi trípode y mi cámara frente a unos árboles rodeados de la azul neblina y me siento feliz! Siento la calma…”.

En plena adolescencia ya era un fotógrafo dotado. Había empezado a los seis años, cuando una cadena de enfermedades lo postraron en la cama y para distraerle le regalaron su primera cámara. Fue la fragilidad física (constante en su infancia) lo que le acercó a la fotografía, en sus manos dejó de ser un juego para convertirse en un arma obsesiva para atrapar una vida que temía perder. Sin pretensiones artísticas, pero sí existenciales, Lartigue estableció de forma natural e inconsciente una relación moderna con su objetivo. Como recuerda la especialista Anne Morin, colaboradora de la exposición, sus fotos son famosas por la época que documenta, por su ligereza, por su manera de captar la velocidad y el vuelo, por sus saltos, sus risas y la belleza de sus mujeres, “pero ante todo lo son porque descubrieron la capacidad revolucionaria de la fotografía moderna”. “Lartigue hablaba de la trampa del ojo”, recuerda Morin. “Se refería a cuando de niño pasaba largas horas en la cama abriendo y cerrando los ojos, exagerando el gesto. Lo hacía para potenciar sus recuerdos. Jugaba a disparar con los ojos como con un diafragma natural”.

Durante 10 años, el fotógrafo experimentó con el autocromo, del que se conservan 97 placas, asombrosas piezas primitivas de color en las que resulta chocante para cualquier admirador del trabajo de Lartigue su carácter estático. El hombre que capturó una vida casi flotante se peleaba con la inmovilidad que imponía el pesado proceso de revelado. Desesperado, aparcó el inventó casi 20 años. Cuando la técnica empezó a evolucionar, volvió a la carga. A partir de los años cincuenta, con su Rolleiflex 6×6 automática y su Leica 24×36, vuelve de forma intensa a los pigmentos. “No sabría decir si prefiero la fotografía en color o la de blanco y negro”, explicó en una ocasión. “Ambas técnicas responden a intereses distintos. A su manera, cada una es única y se complementan. La composición en blanco y negro, los contrastes de los tonos claros y oscuros, tiene más fuerza. Pero me pregunto si podemos ser insensibles a la armonía cromática que nos ofrece la naturaleza. Es por ello que la fotografía en color me parece más apta aún para expresar la poesía”.

Lartigue escribió: “¡He instalado mi trípode y mi cámara frente a unos árboles rodeados de la azul neblina y me siento feliz! Siento la calma...”

Se acercó a la novedad con la misma libertad que al blanco y negro. Su condición de eterno amateur le permitía librarse de prejuicios. Mientras los grandes fotógrafos de su tiempo miraban por encima del hombro el uso de una paleta cromática, denostándolo porque lo asociaban con las revistas y los trabajos alimenticios, Lartigue, siempre a su aire, lo asociaba a la felicidad. La exposición, dividida en los autocromos de la adolescencia y el resto de su producción, retomada cuando ya era un hombre mayor de 60 años, muestra cómo va puliendo su técnica a lo largo de estaciones, viajes y retratos. En sus imágenes de los años cincuenta, espectaculares en su mayoría, vemos otra vez esa cualidad única de su obra: los espectadores del presente no somos meros observadores, somos partícipes de aquella vida, aquella gran vida. En una piscina en Cap d’Antibes, en una plaza de toros en Vallauris con Picasso y Cocteau, en unos increíbles jardines de cactus en Mónaco, en Lourdes o en el País Vasco. El verde y el rosa, el rojo y blanco, todos los azules. Los sombreros de paja del primer sol y las flores amarillas de la primavera, los colores cálidos del verano y los bermellón del invierno, disfrutando en el agua y en la nieve. “Amaba las estaciones”, recuerda Martine d’Astier, directora de la Donation Jacques Henri Lartigue y una de las comisarias de la exposición de París. “La naturaleza es importantísima en su vida, está presente todo el rato”. Para D’Astier, las 110 fotografías de esta muestra van a ser toda una sorpresa para los aficionados y también para los profesionales y críticos de fotografía. “El color de los grandes maestros ha estado durante mucho tiempo oculto, hasta hace poco era políticamente incorrecto sacarlo a la luz, pero el trabajo de recuperación de muchos archivos nos ofrece muchas claves muy importantes, y en el caso de Lartigue, con especial intensidad, porque él quería parar el tiempo con su cámara y el color, que le fascinaba, le acercaba especialmente a la vida”.

D’Astier, que trató al longevo fotógrafo, dice que para ella conocerlo fue una eterna lección de vida. “Le contaré por qué. Un día estaba yo muy triste y él, con su habitual encanto, lo detectó y me preguntó: ‘¿Qué te ocurre, querida Martine?’. Yo le dije que simplemente no era un buen día y él, sentado a mi lado, compartió su secreto. Me explicó que le había llevado mucho tiempo aprender a ser feliz, pero que había sido disciplinado con la felicidad como no lo había sido con nada. Ese esfuerzo, me dijo, era algo que merecía la pena poner en valor y nunca, ni en los peores días, descuidarlo”. Ese esfuerzo, cabría añadir, sigue siendo su mayor legado.

 

La exposición Lartigue, la vie en couleurs se exhibe del 24 de junio al 23 de agosto en la Maison Européenne de la Photographie de París.

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