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EL PULSO COLUMNA i

¿Mayor para dormir con un osito de peluche?

En una encuesta realizada en Reino Unido, el 35% de los entrevistados –todos mayores de edad– admitieron compartir cama con su ‘teddy bear’

Sebastian Flyte y su 'teddy bear' Aloysius en la versión cinematográfica de 'Retorno a Brideshead'.
Sebastian Flyte y su 'teddy bear' Aloysius en la versión cinematográfica de 'Retorno a Brideshead'.

Hace unos meses, una amiga acudió a la consulta de un psicólogo. Había roto con su pareja, y las noches se habían convertido en una dura prueba de soledad e inquietud. El especialista le propuso recuperar una costumbre infantil: dormir con un oso de peluche. ¿El resultado? Bromas generalizadas de su entorno más íntimo, pero también un apoyo emocional que ha aliviado su malestar.

A muchos nunca se nos hubiera ocurrido recurrir a un muñeco de trapo para ahorrarnos una terapia psicológica; sin embargo, parece que la idea cada vez resulta más tentadora (aunque la gente no se atreva a reconocerlo). En una encuesta realizada en Reino Unido hace dos años, el 35% de los entrevistados –todos mayores de edad– admitieron compartir cama con su teddy bear. “Estoy seguro de que el porcentaje es mayor. Eso sí, en España nadie diría la verdad por vergüenza”, dice Euprepio Padula, autor de El coaching del peluche rosa (Rasche). Para este coach, la infancia es ese ámbito de fantasía, intuición y creatividad que conduce a la felicidad emocional: “Con los años, muchas veces pierdes espontaneidad, ilusión… ¿Qué diría el niño que fuiste del adulto en que te has convertido? Tener cerca un juguete así supone conectar con aquellos valores que perdimos con la adultez, es una forma de decir que volvamos a soñar. Si escucháramos al crío que llevamos dentro, nos equivocaríamos menos”. Padula predica con el ejemplo: aunque no lo cuele entre las sábanas, sobre su mesilla de noche también reposa un oso de juguete.

Un muñeco, una almohada, incluso un calcetín. Sean lo que sean los apoyos externos que ayudan a sobrellevar situaciones complicadas, la psicología los denomina objetos de apego. “Representan la seguridad, el cariño y la paz que necesitamos. Como sucede con el osito de nuestra infancia, ese amigo fiel que siempre escucha y nunca critica”, asegura la psicóloga Ciara Molina, autora de Emociones expresadas, emociones superadas (Oniro). Conectar con épocas más felices permite valorar que el mal momento que atravesamos es temporal. “No suelo recomendar a mis pacientes el uso de objetos de apego; sin embargo, si veo que una persona no encuentra consuelo, sí le diría que coja una almohada, la abrace y disfrute de esa emoción placentera de sentirse protegida. Ahora bien, si se convierte en el sustituto de trabajar esas emociones por nosotros mismos y afrontar nuestros miedos y necesidades emocionales, entonces tendríamos que plantearnos que dormir con esa almohada o ese oso no es una conducta del todo saludable”, advierte Molina.

Inevitable acordarse de Aloysius, el ­teddy bear que acompañaba en sus correrías a Sebastian Flyte en Retorno a Brideshead: sin duda, su autor, Evelyn Waugh, no pudo encontrar mejor metáfora para el síndrome de Peter Pan. Sin embargo, para Euprepio Padula, dormir con un osito de trapo no supone padecer ese complejo: “Quizás algunos crean que esta costumbre sea una forma de recuperar el paraíso perdido de la niñez, esa zona de confort en la que no había responsabilidades, estrés, problemas… Aunque no creo que los adultos que tienen cerca un peluche quieran volver a esa Arcadia perdida. Es una tontería pensar que tener un osito te quita responsabilidad”. Nadie sospechará, entonces, de quien prefiera ver sus viejos DVD de Pippi Calzaslargas a la celebrada Mad Men… ¿O sí?

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