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Una tierra de titanes

Los pobladores de las montañas de Nepal trabajan ya en la reconstrucción de sus aldeas

El terremoto puede haber tenido efectos en el ánimo y la capacidad de reconstrucción

Manisha, de 11 años, y su abuela, posan en la aldea de Grang, en Rasuwa, en el valle de Langtang. Ver fotogalería
Manisha, de 11 años, y su abuela, posan en la aldea de Grang, en Rasuwa, en el valle de Langtang.

Un terremoto es fácil de narrar. La tierra se agita, se estremece durante unos segundos y queda todo patas arriba. Poco queda del derecho y mucho, del revés. Tanto en Langtang como en Sindhupalchok, las regiones más dañadas por los temblores del 25 de abril y la tremenda réplica del 12 de mayo, el panorama es el mismo que si alguien hubiese agarrado el suelo de la tierra como un enorme mantel y lo hubiese sacudido con rabia, dejando un tumulto de vajilla rota y restos sucios y desparramados. Ya está. Fin de la historia. También hay fotos de todo eso.

Lo complicado es explicar qué viene después.

Nepal es un país cremallera. Es el parche que une el subcontinente indio con la mole euroasiática. Y cuando se asciende en coche por las zigzagueantes laderas del valle de Langtang, se siente precisamente así. Se circula arriba y abajo, uniendo cada diente que forman estas descomunales montañas y sus profundos valles, hasta cerrarla en algún punto cercano del Tibet o Pakistán.

Las carreteras son lo que pueden ser, lo que la geografía les permite. Y el resto son caminos fabricados por la perseverancia de los nepalís en pisarlos una y otra vez. Moldeando la tierra tan solo con sus pasos. Transportar maquinaria pesada, camiones o ayuda humanitaria es tedioso y complicado.

La réplica que agitó al país de nuevo, el martes 12 de mayo, sorprendió a un equipo de cooperantes durante su ascenso por las serpenteantes carreteras hacia Dhunche, tratando de alcanzar una pequeña aldea llamada Grang. Dentro del 4x4, el bamboleo del temblor les pareció tan solo otra racha de baches infames. Pero no es así. Al fondo del valle se ven, efectivamente, nubes de polvo de alguna avalancha y rocas, algunas tan grandes como una lavadora o un frigorífico, que acaban de precipitarse adornan el asfalto unos kilómetros más arriba.

Eran las 12:35 del mediodía.

A esa misma hora, el sol caía sobre la espalda de Urkelbu Gali como una de esas losas de la montaña. Cosechaba a mano, con un palo y una hoz llena de herrumbre, una minúscula pieza de trigo junto a su madre, Dolang, de 78 años, en una terraza de tierra apuntalada en Grang a casi 2.000 metros de altitud.

Cuatro horas más tarde, seguía allí.

“¿Tenéis alguna medicina? Mi madre tiene la mano herida”, pregunta Urkelbu a los cooperantes. Su madre se da un respiro en la cosecha y les muestra su muñeca izquierda, haciendo una mueca de dolor. Mark Powell, experto en agua y saneamiento de Acción contra el Hambre en Nepal, echa un vistazo a la mano de la anciana. No presenta rotura, parece retorcida o un esguince. Ante la imposibilidad de hacer un diagnóstico in situ, Mark recoge los datos de Urkelbu y su madre, y les indica que les podrá en contacto con algunos equipos sanitarios como Médicos Sin Fronteras, que está trabajando en esa zona de Nuwakot, o Médicos del Mundo, que han establecido algunas clínicas móviles. Mark promete regresar esa misma semana.

La anciana vuelve a cortar trigo. ¿Pero qué hace aun trabajando con ese dolor?. “Sí, sí, ya sé. Pero es que mi madre es muy tozuda, yo le insisto que me deje trabajar a mí, pero aún cuando descansa tan solo se toma cinco minutos y vuelve de nuevo al campo”, cuenta Urkelbu y esboza una sonrisa.

Grang, el pueblo de Urkelbu, de 42 años, se ha despeñado literalmente colina abajo. Ya no queda ni una sola casa en pie, salvo alguna cabaña de pastores. La aldea entera se había construido sobre la ladera en un ejercicio de equilibrio extremo. De pronto, por el otro lado del sendero llega  Manisha, de 11 años, junto a su abuela. La niña carga sobre su espalda un enorme bulto. Tras ella, la anciana camina descalza y despacio, apoyada sobre un bastón. Cuenta que tiene un problema de vista, que no ve bien. Parece que sufre cataratas. La niña, con un desparpajo entre la inocencia y la inquina, suelta: “Pero, ¿y vosotros a qué habéis venido aquí?”. Son los primeros extranjeros que ve en varios días.

Las gentes de estos valles son montañeses: están acostumbrados a apañárselas por su cuenta

Le explican que un pequeño equipo de Acción contra el Hambre se ha trasladado hasta aquí para analizar las fuentes de agua, comprobar si están contaminadas, y que se reunirán con los vecinos de esta zona para comenzar un programa de trabajos comunitarios, para inyectar dinero en efectivo y ofrecer también herramientas para la reconstrucción.

Urbelbu, asiente como dando su aprobación, pero interrumpe rápido el discurso: “Levantar nuestras casas es importante, sí, pero primero ayudadnos a arreglar la escuela y el dispensario médico”. Ni Urkelbu, ni su madre, ni Manisha ni su abuela estaban de brazos cruzados ni esperaban la ayuda de nadie. Desde que se quedaron sin casa el 25 de abril, han seguido trabajando, aún malheridos. Sin reclamar ni pedir nada. El conformismo es un hábito que cultivan los acomodados. Aquí no se permite ni se tolera.

En esta aldea no escasean ni el agua ni los alimentos, por fortuna. Pero les urge levantar las piedras de sus casas de nuevo antes de que llegue el monzón. Trabajan a contrarreloj.

Las gentes de estos valles son montañeses: están acostumbrados, haya terremoto o no, a apañárselas por su cuenta, a confiar en sus vecinos, a pasar semanas aislados si la carretera se corta, o si en invierno es duro, o si el monzón los ahoga. Y en fraguar una amabilidad que va más allá de lo educado. Saludarse, aquí, es más bien un mecanismo de supervivencia: con cualquiera que te cruces en el camino habrás de pronunciar un “namasté”, el saludo nepalí, que además sirve para asegurarse que el caminante, el extraño, el otro, está bien, si necesita algo, si está perdido.

"¿Españoles, eh? Conocí a muchos españoles en el Kangchenjunga, el Everest, el Cho Oyu… Fui guía de montaña, pero ya me cansé, entonces yo era muy joven. Ahora prefiero trabajar la tierra", explica Urkelbu mientras prosigue su tarea. Hay que recordar que muchos de estos granjeros también son deportistas de élite. Son las mismas personas que cargan 40 kilos a sus espaldas, mal alimentados y sin gran equipamiento, guiando y porteando bultos por aristas imposibles, al borde de la resistencia humana, para esas expediciones de alpinistas que se llevan la gloria y la foto de conquistar cumbres por placer.

Es la misma gente que cuida por nosotros las montañas más bellas y extraordinarias del planeta y las habita como buenamente pueden. Precisamente por eso y no por otra cosa, su tierra es dura, fría en las alturas, tropical en las llanuras, áspera para el cultivo, erosionada por los monzones y agitada por los terremotos.

Es el mismo pueblo generoso que invita cada año a cientos de miles de turistas a visitar este impresionante balcón sobre el que se asoman a otear el mundo, bajo estos cielos de Asia. Nos meten en sus casas, nos sirven su té, nos dejan que ensuciemos sus glaciares, que pisoteemos sus parques nacionales, mancillemos sus templos sin saber, sin entender siquiera qué es realmente la paz y el espíritu. Nos dejan que fotografiemos como maniacos a sus niños como en un zoo, que nos llevemos postales y autofotos entre sus campos de arroz. Como idiotas. Y aun y todo, les parece bien.

Mark Powell, especialista en agua y saneamiento de Acción contra el Hambre Nepal, revisa junto a otros compañeros y un vecino el estado y calidad de las aguas de la única fuente que ha quedado en pie. ampliar foto
Mark Powell, especialista en agua y saneamiento de Acción contra el Hambre Nepal, revisa junto a otros compañeros y un vecino el estado y calidad de las aguas de la única fuente que ha quedado en pie.

Urkelbu cuenta muy emocionado que su hijo Lapka, de 24 años, acaba de regresar de Malasia, donde ha estado trabajando cinco, enviando dinero a su padre. Este también el mismo pueblo que levanta rascacielos en los Emiratos Árabes, que teje ropa y hace turnos esclavos en fábricas de Malasia y la India; marchan allí como mano de obra sacrificada que empuja el desarrollo de sus países vecinos. Rozando el esclavismo. Y tampoco se quejan.

“El terremoto ha sido terrible, pero estoy feliz de ver a mi hijo de nuevo… ¡Le quiero tanto! No puedo explicar la alegría que siento al verle aquí, trabajando conmigo”, exclama el padre, conmovido.

El escritor John Berger repite a menudo que los pobres no tienen residencia, sino hogares. Los hogares, aun expuestos al viento, la humedad, el volátil polvo, el silencio y el ruido, recuerdan a las madres o a los abuelos o a la tía que los crió. Una residencia es una fortaleza, no un relato.

Sete Tamang, otro joven del pueblo de 25 años, acaba de regresar para ayudar a su familia. Tamang lleva siete años empleado en Malasia, en una fábrica de zumos. Su turno es de 14 horas al día, para ganar 220 euros al mes. “Allí no hago otra vida más que trabajar, no veo a nadie ni gasto el dinero en nada”, explica. Todo lo que ha estado ahorrando durante estos años lo invirtió en construir “un hogar” en su aldea natal. La casa que ha construido costó un par de millones de rupias nepalíes y ahora es tan solo una montaña de escombros. Escuchar estas historias no provocan compasión ninguna, sino una profunda admiración.

La sacrificada espalda de Urkelbu, de cuclillas en esa colina cosechando trigo, recuerda sin duda a la de Atlas, aquel titán de la mitología griega que sostiene sobre sus hombros el peso del mundo, separando la tierra del cielo. La casa que Sete Tamang levantará una y otra vez con sus ahorros es como el hígado de Prometeo, ese dios griego que robó el fuego para los hombres y que, cuenta la historia, cada noche es devorado por un águila en lo alto de una montaña y cada mañana le vuelve a crecer intacto para perpetuar eternamente su castigo. Una y otra vez. Una y otra vez.

¿Cuánto tiempo puede mantener una moral así, sobrehumana, un pueblo tan dañado?

Esta es sin duda, una tierra de titanes. Su empeño y su esfuerzo solo se puede medir con la altura de estas montañas que custodian. Algo sobrehumano. ¿Pero cuánto tiempo puede mantener una moral así, sobrehumana, un pueblo tan dañado?

La catalana Nuria Diez, psicóloga de Acción contra el Hambre en Nepal, se muestra preocupada por esto mismo: los efectos que esta segunda réplica haya tenido en minar esta moral: “Vamos a redoblar nuestros esfuerzos en la ayuda psicosocial, no solo en madres y niños, también en personal médico, en general en la gente que trabaja también por ayudar a otros”.

Chiara Saccardi, coordinadora de la emergencia en Nepal para la misma ONG, habla claro sobre este asunto: “Reconstruir un país no es solo levantar casas y poner un ladrillo encima de otro. Se necesita también estar sano mentalmente, fuerte, con buen ánimo. Y debemos hablar de reconstrucción, en rehabilitar las formas de vida que ya eran precarias antes del terremoto, de no solo ofrecer lonas de plástico o soluciones temporales. En eso estamos trabajando ahora”.

El fotógrafo pide a Manisha y a su abuela un retrato para contar la historia de su pueblo. Y a pesar de estar agotada y medio ciega, la anciana exclama: “¡Pero así, no! Espera”. Se arremanga la blusa que lleva, se manosea las arrugas del pecho y, de pronto, saca de su pellejudo escote un enorme collar, que llevaba oculto bajo las ropas, con tremendos abalorios. Se lo pone por encima, que quede bien visible. Se quita el bastón y posa erguida, con una inusitada dignidad. “Dice que sí, que ahora sí que le pueden tomar la foto”, explica Dip, el traductor.

La anciana mira al fotógrafo y le hace con la mano un gesto condescendiente para que haga clic con el obturador. Como si fuese una reina, demasiado ocupada en recomponer su aldea como para atender a la prensa.

Daniel Burgui Iguzkiza es periodista y fotógrafo independiente. Ahora está en Nepal documentando la emergencia del terremoto para la ONG Acción contra el Hambre.

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