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La aventura colorista de Sonia Delaunay

La pintora llevó al cubismo un paso más allá a través del uso del color, y junto con su marido Robert marcó la vanguardia artística de principios del siglo XX.

Una exposición del Museo de Arte Moderno de la Villa de París, que viajará a la Tate en Londres, recupera la obra de una enigmática artista que también dejó su huella en Madrid.

Retrato de Delaunay en 1971. Ver fotogalería
Retrato de Delaunay en 1971.

"Sonia Delaunay-Terk ha venido desde Oriente hasta Occidente, trayendo con ella ese calor, ese misticismo característico y clásico. Como todos los artistas y poetas de Oriente, posee el color en estado atávico”. De este modo describía en 1938 el francés Robert Delaunay, uno de los más importantes pintores abstractos y teóricos de la vanguardia, a su mujer, la también artista Sonia Delaunay, con la cual se había casado años antes.

En efecto, Sonia había llegado a la capital francesa desde Rusia, origen mítico para las vanguardias parisienses. Trajo consigo el aura compartida por personajes esenciales, si bien a veces eclipsados por la fama de sus amantes o maridos, como la propia Gala –que sería primero la mujer del poeta Paul Eluard, luego la amante del pintor Max Ernst y por último la esposa de Salvador Dalí–; la escritora Elsa Triolet, muy ligada al surrealista Louis Aragon, o la también escritora Lou-Andreas Salomé, amiga, entre otros, del poeta Rilke.

Sonia había nacido en el seno de una familia judía en Odessa (Ucrania) el 14 de ­noviembre de 1885. Al poco tiempo se trasladó a San Petersburgo, bajo la tutela de su tío materno Henri Terk, y cambiaba su destino, su nombre y su apellido. La acoge una familia de muy buena posición social, que ofrece a la joven la posibilidad de una esmerada educación –con visitas a los grandes museos ­europeos incluidas– y una completísima biblioteca. Pero sobre todo recibe sólida formación en varias lenguas, dado que entonces daba prestigio hablar francés o alemán, incluso en casa, entre las clases altas rusas. Ese dominio lingüístico abriría muchas puertas a Sonia a lo largo de su vida y contribuyó a su función como agitadora cultural. Desde sus incursiones como traductora de libros estratégicos de Kandinsky hasta las relaciones con la galería berlinesa Der Sturm, con la cual, y gracias a su mediación, expondría primero el marido y luego ella misma en los años previos a la guerra.

Abrió Casa Sonia en Madrid. Vistió a la aristocracia capitalina y cautivó con su fuerza a la sociedad de entonces

Precisamente esas posibilidades que le brindó su familia de adopción le conducen hasta Alemania en 1904. Allí estudia pintura en la Academia de Bellas Artes de Karlsruhe con Ludwig Schmid-Reutte, formación que proseguirá dos años más tarde en París, ciudad que abre sus ojos al color a través de los fauvistas –en especial, Matisse–. No tardó en hacerse un hueco entre los pintores de la ciudad a través del marchante homosexual Wilhelm Uhde, con quien contrajo matrimonio de conveniencia en 1908 para evitar el regreso a Rusia, apremiada por la familia. Ya mostraba, pues, con esos pocos años, la manera resuelta de actuar de las rusas, igual que la joven Gala cruzaba Europa en medio de la guerra, tras haber conocido a Paul Eluard en Suiza, para instalarse en casa de los futuros suegros en París. Algo impensable en la época.

Sea como fuere, el rumbo de la vida de Sonia se transforma por completo cuando encuentra al pintor Robert Delaunay, con quien se casa en 1911. Juntos emprenden una aventura artística que no es sino la investigación que lleva al cubismo un paso más allá a través del uso de los colores. A lo largo de su vida en común crean, de hecho, una simbiosis en la cual los papeles están bien divididos y al tiempo forman un todo sólido. El arte pictórico de Robert es la otra cara de las artes aplicadas de Sonia, aunque en muchos casos es ella quien toma la iniciativa, quien apura la investigación un paso más allá, tal y como ocurre con otras parejas famosas y coetáneas –por ejemplo, Hans Arp y Sophie Taeuber-Arp, con los cuales los Delaunay compartirán inquietudes y amistad en varios momentos de sus vidas–.

Al lado de Robert crece Sonia, igual que Robert crece al lado de Sonia. Lo cuenta el poeta Apollinaire, amigo de la pareja, de ese modo magistral en el que describe las cosas: “Cuando se despiertan, los Delaunay hablan pintura”. Es una frase en la cual se cuenta el relato completo: la idea de levantarse juntos y hablar no “de pintura”, sino “pintura”, como quien habla el lenguaje de los colores que ambos entienden, aman y comparten.

Desnudo pintado por la artista en 1908 que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Nantes. ampliar foto
Desnudo pintado por la artista en 1908 que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Nantes.

Por eso, cuando nace su hijo, Sonia se apresura a hacerle una colcha para la cuna con trozos de tela de colores, una especie de patchwork que es para muchos el origen de su modo de acercarse al arte. De alguna manera es el inicio de sus “vestidos simultáneos” que desde 1913 proponen la otra cara de la búsqueda del color de Robert Delaunay. Esa apuesta por las mal llamadas “artes aplicadas” tiene sus raíces en el movimiento Arts and Crafts inglés, donde una pintura no es superior al diseño de un vestido o un jarrón. Es la idea de la convivencia del arte y la artesanía que otras artistas del momento, como la citada Taeuber-Arp, llevan a cabo con sus diseños de telas, juguetes o tapices. Y es además algo muy ruso: la fascinación por lo popular que se pone de moda entre los artistas como el propio Kandinsky por esas mismas fechas; algo que representa la búsqueda de lo vernáculo y, sobre todo, de lo auténtico a través de un remedo de los bordados tradicionales a los que regresarán Gala, quien diseñaba su ropa, o Elsa Troilet con sus diseños de collares.

Ese año 1913 de los primeros “vestidos simultáneos” es el mismo de una publicación fascinante: una especie de libro de artista que Sonia crea junto a Blaise Cendrars, al cual conoce en casa del poeta Apollinaire. Prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia aparece en París y es el soporte donde el verso libre del maravilloso escritor suizo se encuentra con ese juego de colores que propone Sonia, al estilo del traje de un arlequín. Son los mismos colores de sus originales creaciones en tela, en piel, zapatos, bolsos, vestidos, abrigos, capas, coches… Diseños que a lo largo de los años perfecciona, matiza, produce… Diseños que a mediados de los años veinte manufactura a través de los grandes almacenes holandeses de objetos de alta gama Mertz & Co., después de que el dueño conozca el trabajo de Sonia Delaunay en la gran Exposición Internacional de las Artes Decorativas, de 1925, donde se establece la supremacía del art déco, la fascinación, pues, hacia el objeto sofisticado fabricado en serie.

En esos años diez, momento en que empieza a crear sus juegos de simultaneísmos, la casa de los Delaunay en París es un centro de ebullición de la vanguardia por donde pasan poetas, escritores, artistas. Se trata además de una casa también decorada a la manera simultánea, donde todo se implica con ese estilo de colores opuestos en busca de la armonía. Al final, los que la visitan se quedan fascinados por esa mujer que, como titula su autobiografía, publicada en 1979, Subiremos hasta el sol, estaba dispuesta a llegar hasta lo más alto, lo más brillante, lo más lúcido. También en Madrid –donde la guerra sorprende a la pareja y donde Sonia abre en 1918 Casa Sonia, en la calle de Columela, una tienda de diseño que viste a la aristocracia de la ciudad–, la sociedad se queda cautivada por la fuerza de la mujer. Muchos hablan de ella, desde Ramón Gómez de la Serna hasta el escritor Guillermo de Torre, quien la describe de este modo en la revista Alfar el año 1923: “¿Quién ha sido el Hada generosa que con las solas llaves de sus manos ha abierto la prisión, dejando que se desparramen los colores en nuestra casa y nuestro indumento, como una bandada de niños o de pájaros?”.

Obra de Delaunay para ilustrar el catálogo de una exposición en Estocolmo en 1916. ampliar foto
Obra de Delaunay para ilustrar el catálogo de una exposición en Estocolmo en 1916. bnf

Acabada la guerra y de regreso a París en 1921, Sonia y Robert Delaunay volverán a ser el centro de atención, y su casa, decorada por poetas, como recuerda Crevel, era otra vez un punto de atracción para las nuevas vanguardias –desde el dadaísta Tzara hasta el joven André Breton–. Sonia establece entonces su marca Simultané, en 1925, tratando también de hacer dinero después de que, tras la ­revolución rusa de 1917, le fueran confiscados los bienes que procuraban a la pareja un modo de vida desahogado. En aquella época, también debido a la exposición de 1925, las artes aplicadas son tan esenciales como la propia pintura, y Sonia Delaunay es incluida en la exposición de Cercle et Carré, el grupo constituido a finales de los veinte por Sephour y Torre García, que trataban de reunir a los artistas no figurativos. En sus dibujos la artista desafía lo establecido y lo vence de un modo magistral.

Después la historia del arte se volvería conservadora y empezaría a priorizar la pintura por encima de las artes aplicadas y la fama pasaría al marido, pintor. Porque al fin y al cabo, para esa historia del arte conservadora, Sonia era poco más que una diseñadora, una constructora de moda y de objetos. Y pese a todo, esta mujer inteligente no solo colaboró con grandes nombres de la vanguardia en experimentos innovadores –como el libro de Cendrars o los figurines para Tzara–, sino que supo buscar el significado de las cosas en una construcción del mundo que tenía algo de teatro global, el que bebía de las Arts and Crafts de William Morris, donde se buscaba una imagen unitaria, de lo pequeño a lo grande, el recorrido que Sonia Delaunay persigue con la aventura de los colores hasta su muerte en París el año 1979.

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