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COLUMNA

Los árboles

Como si dos muertos más una niña herida por una rama no fueran suficientes para dudar de que Dios exista

Contra lo que decía el título de la obra teatral de Alejandro Casona, los árboles de Madrid ya no mueren de pie sino que se precipitan a tierra llevándose a veces por delante la vida de un vecino confiado que descansaba a su sombra o pasaba por debajo justo en ese momento. En apenas cuatro meses, son ya dos las víctimas mortales, que podrían haber sido más si los dos pinos que cayeron esta semana frente a un colegio lo hubieran hecho una hora antes, cuando los escolares entraban a sus clases.

Como es de rigor, la polémica sobre las causas no se ha hecho esperar y todo el mundo opina, desde la oposición en el Ayuntamiento, que culpa a la alcaldesa de lo que ocurre por sus continuos recortes en los servicios públicos, a los expertos en jardinería, cuyas opiniones van del exceso de riego a las malas prácticas en las podas, y acabando por el concejal del gremio, que lo atribuye todo a la casualidad. Como si dos muertos más una niña herida por una rama no fueran suficientes para dudar de que Dios exista. Yo tengo, no obstante, una teoría que, aunque algunos tacharán de demasiado imaginativa, cada vez estoy más convencido de que es la cierta: que los árboles madrileños se suicidan para no seguir viendo la decadencia, la suciedad, la desidia, la tristeza y la falta de ilusión de una ciudad que no ha mucho presumía de ser la más moderna y vital de Europa, pero que en los últimos años ha vuelto a ser lo que fue durante mucho tiempo: un poblachón manchego con pretensiones o —en palabras de Camilo José Cela, tan querido por los políticos de la derecha española— una mezcla de Navalcarnero y Kansas City poblada de subsecretarios.

Veremos cuántos árboles más se suicidan ahora que llega el invierno.

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