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Lewinsky contra el estigma

Dieciséis años después del escándalo que sacudió la Administración Clinton, la becaria más famosa del planeta ha decidido que es la hora de hablar. “La persona más humillada del mundo” se sincera en ‘Vanity Fair’. Un último intento de desprenderse de su propia sombra

Monica Lewinsky, en una de sus fotos más recientes, saliendo de un restaurante en Beverly Hills en 2011. Ampliar foto
Monica Lewinsky, en una de sus fotos más recientes, saliendo de un restaurante en Beverly Hills en 2011.

No es una confesión ni la necesidad de notoriedad, por más que la primera dama la considerase una “loca narcisista”. No es un repaso al pasado, para algunos lejano —hay quien ya dice “¿Monica qué?” cuando alguien pronuncia su nombre— ni un ajuste de cuentas. Es la hora de hablar porque desea dotar su vida y su futuro de un propósito y luchar contra la cultura de la humillación, que en la era de Internet ha lanzado la ignominia a niveles estratosféricos. “Cuando estalló mi aventura con Bill Clinton, podría decirse que fui la persona más humillada del mundo”, escribe Monica Lewinsky en un ensayo que se publica en el próximo número de la revista Vanity Fair—ya asequible en la web.

“Gracias al Drudge Report, también fui quizá la primera persona cuya humillación planetaria se hizo a través de Internet”, explica la mujer que por el resto de su vida llevará la etiqueta de la becaria más famosa del globo.

El sitio web de Matt Drudge, creador y editor del portal de contenidos informativos americanos Drudge Report, fue quien sacó a la luz en 1998 el escándalo que sacudiría la Casa Blanca de Bill Clinton después de que los jefes de Newsweek decidieran en el último momento no publicar la historia que había trabajado en exclusiva el periodista Michael Isikoff, privándole con ese volantazo de escribir y dar a conocer la que quizá hubiera sido la noticia de su vida.

“También fui la primera persona cuya humillación planetaria se hizo a través de Internet”

El título de la pieza que escribe Lewinsky ya adelanta el sentir de una mujer que asegura que vive cada día bajo la sombra de la afrenta pública a la que fue sometida entonces. Vergüenza y supervivencia supone un reto para todos aquellos que en un momento determinado decidieron, deciden o decidirán colgar una letra escarlata alrededor de su cuello. “Cumplí 40 el año pasado y decidí que había llegado la hora de dejar de pasar de puntillas sobre mi pasado”, relata Lewinsky. “Estoy decidida a dar un final distinto a mi historia y dotar de un propósito la narrativa hasta ahora vivida”, explica. “Lo que esto pueda acarrearme… pronto lo sabré”, dice Lewinsky al aceptar los interrogantes que le aguardan tras la publicación de su historia.

Lewinsky no revela nada nuevo, nada que no esté escrito en las más de 440 páginas del informe del fiscal independiente Kenneth Starr que propiciaron el único impeachment (juicio político por desafuero) sufrido por un presidente de EE UU en el siglo XX. Cierto es que Lewinsky ya ha hablado con anterioridad, pero quizá nunca con la sinceridad y madurez con que lo hace ahora. Habló, poco después del escándalo, con la veterana Barbara Walters y con Larry King. En los años siguientes, Lewinsky dejó oír su voz de forma irregular y en general en programas de humor nocturnos.

En una ocasión, la becaria que guardó como trofeo (o recuerdo, sin duda como prueba…) un vestido azul manchado con semen presidencial —que parece conserva aún— aceptó participar en un coloquio en el que contestaría preguntas de la audiencia y que fue grabado por la cadena de cable HBO para hacer un documental sobre su vida. En su artículo, Lewinsky admite que fue ingenua al pensar que al abrirse a la audiencia podría cambiar el tono del mensaje que se había dado de ella hasta entonces y desviar la conversación hacia asuntos de más calado, como el balance de poder o la desigualdad de sexos que existe en la política y los medios de comunicación. Efectivamente, fue ingenua. Era principios de 2001, casi tres años después de ocurrido el escándalo —ya con otro presidente en la Casa Blanca, un republicano que había dejado atrás el alcohol y las mujeres y se acostaba a las nueve de la noche—, y un estudiante le lanzó la siguiente pregunta: “¿Cómo le sienta ser la reina de las mamadas de América?”.

La aventura entre Monica Lewinsky y Bill Clinton salió a la luz pública en enero de 1998. Había comenzado en 1996, pero para entonces la relación ya se había terminado, y la que fuera becaria ni siquiera seguía trabajando en la Casa Blanca. Así que los medios de comunicación empezaron a tirar de hemeroteca, y muchas fueron las imágenes encontradas en las que se veía al presidente estadounidense abrazar a la joven en actos públicos y presentaciones. Algunas de ellas dieron la vuelta al mundo. En la fotografía de arriba, una de las muestras de afecto en público entre Clinton y Lewinsky, ante la mirada de los asistentes a un acto demócrata en octubre de 1996. ampliar foto
La aventura entre Monica Lewinsky y Bill Clinton salió a la luz pública en enero de 1998. Había comenzado en 1996, pero para entonces la relación ya se había terminado, y la que fuera becaria ni siquiera seguía trabajando en la Casa Blanca. Así que los medios de comunicación empezaron a tirar de hemeroteca, y muchas fueron las imágenes encontradas en las que se veía al presidente estadounidense abrazar a la joven en actos públicos y presentaciones. Algunas de ellas dieron la vuelta al mundo. En la fotografía de arriba, una de las muestras de afecto en público entre Clinton y Lewinsky, ante la mirada de los asistentes a un acto demócrata en octubre de 1996.

Según el relato de Lewinsky, entre la audiencia hubo numerosos pitidos y gente que le dijo a gritos que no contestara. Pero contestó. “Es doloroso e irrespetuoso”, comenzó. “Y a pesar de lo insultante que es para mí, lo es todavía mucho más para mi familia. Sigo sin entender por qué toda esta historia sigue versando sobre sexo oral… Fue una relación consensuada. El hecho de que se siga hablando solo de eso quizá es porque vivimos en una sociedad dominada por los hombres”.

Con el auditorio todavía revuelto, lo que nadie se esperaba era la respuesta que Lewinsky dio a continuación al joven estudiante que consideraba haber realizado una proeza: “Esa pregunta quizá vaya a costarme otro año de terapia”. Lewinsky confiesa ahora que ha callado durante mucho tiempo porque, aparentemente, se permitía que los demás pontificaran sobre ella, pero, sin embargo, ella era criticada por hablar. “Rechacé ofertas que me podían haber reportado más de diez millones de dólares porque sentí que lo contrario no hubiera estado bien”, explica. También hay quien cree —la mujer del exvicepresidente Dick Cheney— que habla ahora para evitar ser un problema y teñir de escándalo la eventual lucha por la Casa Blanca de Hillary Clinton en 2016.

La mujer que acumula en su haber varios negocios fracasados, pero también un título de Psicología Social por la London School of Economics, declara que muchos atribuyeron su silencio de estos últimos años a que los Clinton la habían comprado. “Nada puede estar más alejado de la realidad”, asegura. Lewinsky relata cómo no pasa un solo día sin que en las redes sociales, en un programa de televisión, en la prensa escrita… exista una referencia a su caso, a “esa mujer”, como la definió el 42º presidente de la nación cuando quiso poner distancia con la becaria de la Casa Blanca con la que inició una relación sexual en 1996. “Claro que sufrí un abuso por parte de mi jefe”, explica, “pero siempre he querido ser contundente en un punto: la relación fue consensuada”. El “abuso” vino después, cuando “me convertí en un chivo expiatorio para que se pudiera proteger su poderosa posición”.

En los instantes más duros “mi madre no me dejaba sola, dormía a mi lado porque yo tenía ideas suicidas”

Monica Lewinsky reconoce que la idea del suicidio se le pasó en más de una ocasión por la cabeza, pero que nunca intentó ponerla en práctica. Y, sin embargo, lo que supuso un punto de inflexión en su vida fue el suicidio en 2010 de un joven estudiante en Nueva York cuya homosexualidad fue puesta al descubierto cuando su compañero de cuarto le grabó besándose con un chico y lo hizo público en Internet. Relata Lewinsky que su madre sufrió mucho con aquella historia y que descubrió que la razón era porque le recordaba a los momentos vividos juntas tras el escándalo. “Se lo tomó de una manera muy personal”, dice en el artículo sobre el suicidio de Tyler Clementi. En los instantes más duros de 1998, “no me dejaba sola ni un momento; dormía a mi lado porque yo también tenía ideas suicidas”.

El cierre de ejercicio para Lewinsky se resume en la quema de la famosa boina y el tristemente célebre vestido azul. También en una declaración de arrepentimiento. “Lamento muchísimo lo que sucedió entre el presidente Clinton y yo”, escribe en Vanity Fair. Y con un toque de humor repite: "Lamento. Mucho. Lo. Que. Sucedió". Recuerdan, ¿no? Clinton negando la mayor: “No. Tuve. Relaciones. Sexuales. Con. Esa. Mujer”.

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