La mujer que inventó la moda

Carme Elías asume sobre el escenario uno de los mayores retos de su carrera Va a interpretar a Diana Vreeland, la adorada y temida editora de ‘Vogue’ Vreeland redefinió la manera de ver, comunicar y sentir lo que viste el mundo

Carme Elías con estilismo de Alberto Murtra.
Carme Elías con estilismo de Alberto Murtra.Outumuro

"No me interesa, no insista”. Diana Vreeland cuelga el teléfono. Está en el salón de su apartamento en Park Avenue, Nueva York. Acaba de regresar de un viaje de cuatro meses por Europa. No ha tenido tiempo ni de deshacer su montaña de maletas de Vuitton. Le ofrecían algo en el museo Metropolitan. Pero ahora mismo está a otra. Se encuentra vulnerable, inquieta. Algo que jamás expondría en público. Espera a un mecenas ricachón. Le ha invitado a cenar para deslumbrarle con mil propuestas. Busca perpetuar su carrera. Ya no es directora. La acaban de echar de Vogue. Su amigo Andy Warhol proclamaría esta injusticia: “Vogue se pasa a la clase media”. Tras 40 años rompiendo tabúes en la moda, Vreeland no sabría qué otra cosa hacer. Estamos a principios de los setenta. Y la sacerdotisa del lujo, el oráculo del estilo, la creadora de mitos podría estar acabada.

Así arranca Al galop (al galope, en catalán). Desde el 6 de mayo, Carme Elías (Barcelona, 1951) encarnará a la temida y adorada editora de moda en el Teatre Akadèmia de Barcelona. “Estoy aterrorizada, lo confieso”. Es su primer monólogo. A lo largo de cuatro décadas la hemos visto bordar sobre las tablas a mujeres temperamentales. La gaviota, La gata sobre el tejado de zinc, El misántropo. Madame de Sade, Yocasta, Gala Dalí. Hace un par de años se sometió a un tour de force junto a Viggo Mortensen en Purgatorio. Y está soltando una adaptación de Doña Rosita la soltera, su primer Lorca. Pero nada comparable a dejarse poseer por “la Vreeland”. “El texto es tan rico que es como si la escucharas a ella. Una actriz debe ser eso, una transmisora, una médium. Y ojalá el espíritu de Diana Vreeland esté conmigo, porque si se me pone en contra, imagínate, ¡estoy perdida! (risas)”.

Carme Elías ha llegado al estudio con la cara lavada, bajo unas enormes gafas de sol y adornada apenas con un pañuelo de colores con el que proteger su garganta del frío de la mañana. Es sobria y ostensiblemente más guapa que Vreeland. Y mucho menos intimidante. Aun así, inunda la estancia con su presencia. Con esa voz que ha doblado a Nastassja Kinski, Daryl Hannah o Sigourney Weaver. La caracterización a la que está a punto de someterse le sirve de primer ensayo. Incluso los brazaletes que vestirá en algunas fotos son una réplica de los originales que regaló Coco Chanel a quien ideara la moda para la mujer de posguerra. “Porque ella se lo inventó todo”, aclara. “Era una fantasiosa y eso le llevó a trasladarnos con su imaginación a sitios donde la moda no había llegado, a generar conceptos que siguen vigentes ahora. Cuando desembarcó en Harper’s Bazaar, a finales de los años treinta, las revistas femeninas aún se centraban en cómo hacer punto de media, complacer al marido o dar con la perfecta receta de cocina”.

Los valores de Diana Vreeland son extraños en la actualidad, no solo en la moda, y es posible que estén condenados a casi desaparecer

Todo a lo que contribuyó la editora ha derivado hoy en low cost, uniformidad y negocio puro y duro. La reivindicación de su figura es más una necesidad que un capricho. “Sus valores son extraños en nuestros entornos actuales, no solo en la moda, y es posible que estén condenados a casi desaparecer. En este sentido, esta obra es un canto a la imaginación y al comportamiento sin inhibiciones”.

Full Gallop (su título original) fue estrenada en el off-Broadway en 1996 por Mark Hampton y Mary Louise Wilson, que asumió el rol de la propia Vreeland y ganó el premio de la crítica neoyorquina al mejor monólogo. La comenzaron a gestar casi desde el momento de su muerte, en 1989. A Barcelona la trae Guido Torlonia, que ya la dirigió hace tres lustros en Italia con Adriana Asti, la que fuera esposa de Bertolucci, de protagonista.

A Elías le pasó casi lo mismo que a Vree­land en la primera escena. Al recibir la llamada dijo que no, que estaba a otras cosas, que no veía de dónde sacar el tiempo. Por fortuna, igual que Vreeland acabó aceptando ser consultora del Costume Institute del Metropolitan para orquestar las primeras grandes exposiciones de moda de la historia, la actriz dijo que le enviaran el guion. “Pensé: ‘Voy a ver de qué va esto’. Tenía el ordenador roto, así que me metí en la cama y me puse a leerlo en el móvil, con esas letras tan chiquititas… Y me quedé enganchada hasta el final. Su carácter me fascinó, es el de un gran personaje de teatro”.

Bien conocía Vreeland el valor de ese personaje. Incluso su manera de moverse evidenciaba una vocación teatral. Cecil Beaton la describió como “una grúa elegante buscando la manera de salir de un pantano”. Stanley Donen la usó como referencia para la editora de moda interpretada por Kay Thompson en Una cara con ángel (Fred Astaire haría de un fotógrafo inspirado en Richard Avedon, protegido de Vreeland). Mantuvo algunas de las consignas de su personaje inalterables hasta el fin de sus días, con un rojo vivo salpicando sus pómulos, labios y uñas; y su inconfundible media melena negra lacada y con las puntas apuntando al interlocutor. Siempre envuelta en blusas pulcras, suéteres de cuello cisne o suntuosas túnicas; con su sempiterno cigarrillo entre manos. En una entrevista con Truman Capote, cuando ninguno de los dos tenía ya nada que demostrar, contaba al escritor: “Solo hay una manera de vivir; construir la vida que tú quieres, y hacerlo tú mismo”.

Carme Elías en la recreación del despacho de Vreeland en 'Vogue'.
Carme Elías en la recreación del despacho de Vreeland en 'Vogue'.Outumuro

El título de la obra, Al galop, no es un antojo. Vreeland siempre dijo que su idea de estilo se resumía en una imagen: un caballo de carreras. Ella se crio montando en sus veranos en las Montañas Rocosas (presumía, en una de sus tantas fantasías imposibles de verificar, de que le había enseñado Buffalo Bill). En cuanto alcanzó la adolescencia, Diana Dalziel (el Vreeland llegaría con su marido) se juró que no volvería a ese lugar desierto nunca más. “Quería encontrarme donde estuviera la acción”, recordaría. Había muchas otras cosas de las que quería huir. De su madre, que siempre le echaba en cara lo fea que era en contraste con su hermana pequeña (“no tienes que haber nacido guapa para resultar salvajemente atractiva”, constataría después). Y de sí misma. Le costó aceptar su imagen.

El ballet fue la primera válvula de escape. “Decía que nunca tuvo mucho dinero, que su riqueza era su mundo”, recuerda la actriz. Cuando aún vivían en París, donde ella nació en el cambio de siglo, sus padres la llevaban a los ballets rusos. Diáguilev y Nijinsky eran habituales en el salón de su casa. Hasta que la I Guerra Mundial les llevó a Nueva York. A los nueve años iba a ballet tres veces por semana. Con 17 supo qué significaba la palabra esnob. Y que nunca uno de esos esnobs le pediría su número de teléfono. Buscó una pista a su medida para moverse por los locos años veinte. Se dejaba llevar de los brazos de gigolós mexicanos y argentinos en locales de dudosa reputación. A galope tendido.

Solo el que sería su marido, el banquero T. Reed Vreeland le tomaría de la brida. Pero ya era imposible frenarla. Tras entregarse a una faceta maternal que nunca cultivó demasiado (tuvo dos hijos) y pasar unos años en Europa, regresó a EE UU en 1936. Allí recibió su primer encargo de Harper’s Bazaar, la columna Why don’t you…, en la que daba rienda suelta a sus fantasías y espoleaba a otras mujeres evocándoles lujos con los que evadirse de la Gran Depresión. Fue nombrada editora de moda de la revista al año siguiente. El resto es historia ilustrada por los mejores fotógrafos del siglo XX. En los sesenta daría el salto a Vogue. Su extravagancia y aforismos lo dictaban todo: “El rosa es el azul marino de la india”; “el biquini es lo más importante que ha sucedido desde la bomba atómica”.

Cuesta pensar en mujeres con orígenes más distintos. Elías es hija de pequeños comerciantes. “Mi abuelo hacía pan y mis padres tenían una mercería y perfumería. Les aterraba esto del teatro, porque a mediados de los sesenta aún tenía el estigma de gente de malvivir. Empecé a trabajar en un banco por las mañanas y a dar clases de actuación por las tardes. El susto se lo llevaron el día en que dije: ‘Dejo el banco’. Yo era una niña de barrio y llegué al Institut de Teatre para encontrarme con grandes talentos que estaban batallando por fomentar la cultura catalana: Fabià Puigserver [creador del Teatre Lliure], [el director] Hermann Bonnín, [el mimo] Pavel Rouva, [el fundador de El Joglars] Albert Boadella…”. Hoy Elías es una de las grandes actrices de su tierra, aunque rechaza el piropo. “¿Emblema del Teatro Nacional de Catalunya, yo? No, perdóname, la palabra emblema no me vale, porque somos muchas”. Aunque sí revela una conexión en lo sustancial con Vreeland. “Ella decía: ‘A mí no me dieron una educación especial, pero mamé de lo mejor’. Pues yo me siento parecido por toda la gente de la que he aprendido, y a todos les estoy muy agradecida”.

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