LA CUARTA PÁGINATribuna
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El BCE y la banca: el turno de la política

Ahora que están claros los mecanismos de intervención del Banco Central, los Gobiernos de España, Italia y Portugal no pueden utilizar la coartada de la especulación. Es obligado rediseñar el sistema financiero europeo

ENRIQUE FLORES

El anuncio, por parte del Banco Central Europeo (BCE), de que tiene la intención de intervenir directamente en los mercados de deuda pública de los países miembros del euro y que lo hará —en las formas que considere apropiadas y en los segmentos de deuda inferiores a los tres años— una vez que los Gobiernos de los países interesados pidan su intervención y cumplan con ciertas condiciones, deja, como en el cuento de Andersen, a muchos Gobiernos desnudos frente a sus ciudadanos.

Desde hace dos años y medio la postura rígida del BCE sirve de excusa perfecta para los que quieren negar la naturaleza profundamente estructural y esencialmente política de esta crisis, y que han utilizado sus manifestaciones financieras para argumentar que “toda la culpa” la tienen los especuladores, a los que el BCE no pega lo suficientemente duro. Como he ido argumentando una y otra vez, la postura del BCE no tenía nada de rígida: simplemente reflejaba la necesidad de que los países de la UE tomaran decisiones políticas precisas y que se iniciara un proceso de adaptación de los mecanismos comunitarios a una situación novedosa. En cualquier caso, ahora que las condiciones necesarias para un cambio en los métodos e instrumentos de intervención de la autoridad monetaria se van realizando (otro paso adelante ha sido la sentencia del Constitucional alemán que desbloquea el Mecanismo Europeo de Estabilidad), la especulación ya no puede ser utilizada para seguir negando la realidad.

La realidad —en España, Italia, Portugal y hasta en Francia— consiste en millones de parados de larga duración, en una persistente falta de crecimiento de las rentas personales, en un sistema bancario incapaz de generar el crédito que las empresas necesitan, en unas empresas que se cierran más que se abren y en unas cuentas públicas casi todas sin equilibrio presupuestario, desde las pensiones a las autonomías. Ninguno, absolutamente ninguno, de estos problemas se resolverá porque el BCE ahora intervenga en los mercados de la deuda soberana: si las causas estructurales y políticas de estos problemas se mantienen, no existe intervención del BCE que pueda arreglar las cosas.

Dicho de otra manera: los príncipes están desnudos y no tienen otro remedio que o bien gobernar reformando o bien reconocer que las malas cosas que han venido y vendrán se deben a sus omisiones y fallos, no a la especulación financiera o al dogmatismo del BCE. El traje invisible de los Gobiernos nacionales se llama crecimiento económico: ¡no se hacen las reformas necesarias para el crecimiento ni se habla de cómo deberían ser!

Hoy, ni un solo banco español opera de manera uniforme en gran número de países de la zona euro

Intentaré exponer brevemente una de las más importantes a nivel nacional y europeo, la del sistema financiero. Si la creación de empleo productivo constituye su finalidad clave, un sistema financiero estable y eficiente es el príncipe de los instrumentos para que el crecimiento se realice. En el área del euro este instrumento falta: una política monetaria común no funciona bien en ausencia de un sistema financiero integrado, y en este momento tenemos 17 sistemas bancarios nacionales distintos. No es solo una cuestión de regulación, que lo es, sino que, básicamente, es una cuestión de estructura del mercado. Para entenderlo empezamos con describir los dos síntomas más aparentes del fallo. Primero: en los países del sur de Europa el sistema bancario es incapaz, desde hace casi dos años, de ofrecer crédito a precios razonables a empresas y consumidores. Sin crédito, el crecimiento no viene. Esto ocurre porque la salida masiva de depósitos y fondos desde los bancos, poniéndoles en una situación de permanente falta de liquidez, magnifica sus dificultades de financiación en el sistema interbancario internacional, debidas al deterioro de su cartera de inversión. Segundo: con su clásico understatement, Draghi ha ido repitiendo que el mecanismo de transmisión de la política monetaria en la zona euro ha dejado de funcionar como se esperaba. Con estas afirmaciones, el presidente del BCE se refiere al hecho de que las inyecciones de liquidez efectuadas no parecen aliviar las dificultades de financiación de los bancos en los países del sur mientras se mantiene un exceso de liquidez para los de los demás países.

Estos dos hechos tienen una misma causa, bastante sencilla: cuando un banco está muy concentrado (en el sentido que activos y pasivos son, en su mayor parte, de un mismo país) y este país se encuentra en una situación de crisis financiera (de origen fiscal u otra, da igual), o bien la política monetaria se adapta a las necesidades de ese banco o es fácil que resulte ineficaz. Las inyecciones de liquidez del BCE no llegan donde deberían porque para un banco en crisis de un país en crisis el único uso razonable de la nueva liquidez es como un colchón de seguridad, y los colchones más seguros ciertamente no son las empresas y los consumidores de ese mismo país. Esto causa un círculo vicioso en el que las dificultades financieras de un país generan la caída del crédito que genera la recesión, la cual agrava las dificultades financieras mismas. Desde hace dos años España e Italia están dando vueltas exactamente a este círculo, sin salirse de ello.

España debe reflotar lo que viene de las antiguas cajas para venderlo a bancos extranjeros

Si uno se lo piensa, solamente hay dos salidas a esta situación. La primera consiste en volver al pasado, abandonando el euro y reintroduciendo las monedas y los bancos centrales nacionales, lo que permitiría a los bancos españoles obtener liquidez a medida desde el banco central español. La segunda consiste en hacer que los bancos para los cuales el Banco Central Europeo es el prestamista de última instancia sean Europeos y no alemanes, franceses, italianos o españoles. Hoy día no es ni mucho menos así por la sencilla razón que, en prácticamente todos los países de la zona euro, un porcentaje muy grande de la actividad crediticia está controlada por bancos cuya cartera se concentra en aquel mismo país. El problema político, y también técnico, es entonces: ¿será suficiente un regulador bancario europeo para hacer que el Santander ya no sea un banco español y Société Générale un banco francés? Lo dudo bastante, ya que la nacionalidad de una cartera no depende de quien regule el banco que la gestiona ni de sus accionistas. Depende de dónde el banco obtenga sus depósitos y dónde los invierta y hay una sola manera de que un banco sea europeo: que opere de manera relativamente uniforme en un gran número de países de la zona euro. En este momento no existe prácticamente un solo banco que cumpla con este requisito y esto es particularmente cierto para los bancos españoles.

Sería entonces necesario buscar un rediseño general, a nivel europeo, del sistema financiero, lo cual no es nada fácil ya que, en este momento, algunos países se encuentran con sistemas crediticios que tienen mucha mejor salud que otros y no quieren reformas. En estas circunstancias es cuando el liderazgo político se ve, y sirve para algo: es el momento óptimo para que nuestro Gobierno saque a la palestra esta opción y trate de convencer a los socios europeos de su necesidad.

Sé que es una labor complicada pero, de comenzar el debate, puede ayudar a dar buen ejemplo. España debe hoy reflotar aquella parte de su sistema financiero que viene de las antiguas cajas y lo podría hacer mediante la venta orientada a bancos extranjeros. De hecho, serían tres los beneficios que obtendría España de una decisión así: evitar un incremento de la concentración monopolística en el mercado bancario español, facilitar la reactivación del crédito para las empresas y los consumidores españoles y empujar a nuestros socios europeos (los italianos en particular, pero también los alemanes y los franceses) en la dirección de europeizar sus sistemas bancarios, enviando así una señal clara de liderazgo español en el ámbito de la Unión Europea.

Michele Boldrin es profesor de la Washington University in Saint Louis y director ejecutivo de Fedea.

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