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Una misión nueva para la enseñanza superior

La cifra de estudiantes universitarios se está disparando en todo el mundo. Para democratizar el acceso, es necesaria la colaboración por encima de una competencia que acabaría dañando la igualdad de oportunidades

Un grupo de alumnas estudia en la universidad Gaston Berger de Saint Louis.
Un grupo de alumnas estudia en la universidad Gaston Berger de Saint Louis.Lola Hierro

El aumento de la demanda está cambiando radicalmente el panorama de la enseñanza superior. En las dos últimas décadas, las matriculaciones se han duplicado hasta alcanzar los 235 millones de estudiantes, mientras que la movilidad de los estudiantes internacionales se ha triplicado hasta alcanzar los seis millones. Estas cifras volverán a duplicarse en la próxima década, ejerciendo una enorme presión sobre los sistemas. En sí misma, se trata de una tendencia positiva, que refleja el aumento de los niveles de educación en todo el mundo y las nuevas reservas de talento para apoyar la innovación, el desarrollo social y el crecimiento económico. La lógica económica habitual diría que el aumento de la demanda incrementa la competencia. Si se dejara de lado esta lógica, la educación superior se encaminaría hacia una creciente segmentación en términos de acceso y calidad, y la capacidad de pagar altas tasas de matrícula se impondría sobre la igualdad de oportunidades.

Pero para democratizar el acceso a la educación superior y al conocimiento, lo que necesitamos hoy es la colaboración por encima de la competencia. La educación superior es un derecho, no un privilegio. Es estratégica para mejorar la vida, reducir las desigualdades, fomentar la innovación y dirigir la transición ecológica. La pandemia puso de manifiesto la necesidad de introducir cambios sustanciales en los modelos económicos de los sistemas de enseñanza superior para aumentar su capacidad de resistencia. Así, los sistemas con mayor proporción de financiación pública resultaron ser menos vulnerables a las crisis económicas. Además, la velocidad de la transformación digital exige oportunidades de recualificación y aprendizaje a lo largo de toda la vida, lo que aumenta aún más la demanda de oportunidades de educación superior.

Todos los países necesitan invertir en educación superior para construir su futuro. No se trata de desviar la atención de la inversión esencial en educación básica, sino de reconocer que los sistemas son más fuertes cuando ofrecen oportunidades de aprendizaje accesibles y de calidad a todas las edades. Para aprovechar el dividendo de la juventud será necesario ampliar enormemente las oportunidades de aprendizaje. Solo el 10% de los estudiantes africanos —la región con la población juvenil de más rápido crecimiento del mundo— tiene acceso a la educación superior, una cifra que se disparará en las próximas décadas, con múltiples consecuencias para la financiación, la oferta, el profesorado, la garantía de calidad y el desarrollo de los planes de estudio. Esto exige colaboración para evitar la fuga de cerebros y alimentar el talento y el conocimiento endógenos.

Un nuevo contrato social

Necesitamos un nuevo contrato social para que la educación superior sea más inclusiva, esté más conectada y responda a los complejos retos de la sociedad. Esto incluye mecanismos explícitos, planes específicos y políticas para abrir la educación superior a grupos tradicionalmente marginados. Pero la transformación va mucho más allá del acceso para replantear las misiones tradicionales de enseñanza, investigación y servicio a la sociedad que brindan las universidades. El conocimiento no es una mercancía, sino un bien común que debe crearse y compartirse en aras del bien común.

La clave está en orientar los programas de estudio, la investigación y la divulgación de la enseñanza superior en torno a los retos del desarrollo sostenible. Sin excluir la especialización, ello implica romper los silos para diseñar programas inter y transdisciplinarios que den a los estudiantes una comprensión más holística de los problemas globales, ya sea en torno a la salud de los océanos, la mitigación del cambio climático, el aumento de la seguridad alimentaria, la gestión de la biodiversidad o la reducción de las desigualdades. Exige también reconocer y aceptar la diversidad de los sistemas de conocimiento indígenas y otros tradicionalmente excluidos que ofrecen caminos hacia soluciones sostenibles. Exige, por último, experiencias de aprendizaje más inmersivas y conectadas con la sociedad, así como asociaciones entre instituciones de enseñanza superior de países de ingresos altos, medios y bajos.

Aquí hay cambios en el juego. La Convención de la Unesco sobre Reconocimiento de Cualificaciones relativas a la Educación Superior, primer tratado de la ONU en este ámbito, se diseñó precisamente para promover la movilidad y fortalecer la cooperación interuniversitaria. La ciencia abierta, que fomenta el intercambio de datos científicos y una mayor colaboración en la investigación, puede limar las diferencias entre regiones y continentes. Y las tecnologías digitales tienen el potencial de multiplicar las conexiones entre las redes de investigación en torno a causas comunes.

La Tercera Conferencia Mundial sobre Educación Superior, que se celebrará en Barcelona del 18 al 20 de mayo, sentará las bases para trazar un nuevo rumbo para la próxima década y más allá, con la participación no solo de las universidades, sino de la sociedad en su conjunto: Gobiernos, empleadores, profesores, redes de la sociedad civil, organizaciones regionales e internacionales y el mayor grupo implicado: los jóvenes. Se trata de dar forma a nuestras sociedades del mañana, inspirar el cambio y hacer de la educación superior el catalizador de un futuro más seguro, compartido y sostenible.

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