POLÍTICA EDUCATIVA
Tribuna
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La educación del futuro: excelencia, equidad y escuela pública

Los desafíos del mundo actual exigen una pedagogía orientada a la formación de sujetos críticos, que sepan afrontar las crisis para mejorar su vida personal y para transformar las sociedades

Una clase en una escuela de Terrassa, el pasado febrero.
Una clase en una escuela de Terrassa, el pasado febrero.CRISTÓBAL CASTRO
David Edwards Francisco García Maribel Loranca

Frente a los múltiples desafíos globales que hoy enfrentamos, el poder de la educación siempre nos brindará esperanza para el futuro. Una esperanza necesaria, como “imperativo existencial e histórico”, citando a Paulo Freire. Para ello, se necesita una pedagogía orientada a la formación de sujetos críticos, que sepan afrontar las crisis actuales no solo para mejorar su vida personal, sino para transformar las sociedades. Una educación para, y por, la equidad, la paz y la justicia social y climática. Y una profesión docente empoderada, abanderando el cambio desde la escuela pública.

La Cumbre Internacional de la Profesión Docente reúne a ministros y ministras de la educación y líderes de sindicatos de la enseñanza de todo el mundo para establecer un diálogo social articulado en torno al futuro de la educación. El objetivo principal es la acción coordinada de Gobiernos y sindicatos para lograr que ningún estudiante se quede atrás, poniendo excelencia y equidad educativa como ejes fundamentales.

La 12ª Cumbre Internacional de la Profesión Docente, copatrocinada por la Internacional de la Educación (IE) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), se celebra del 11 al 13 de mayo en Valencia, España. Temas prioritarios de discusión este año son el papel de las tecnologías digitales en la educación y el rol del docente en la construcción de un futuro sostenible.

Covid-19: lecciones aprendidas

Mientras nos cubríamos con mascarillas, la pandemia dejaba al descubierto un sinfín de carencias y desigualdades en nuestros sistemas educativos. Desde la brecha digital hasta la falta de unos entornos de aprendizaje adecuados, pasando por la falta de recursos didácticos para responder a las necesidades emergentes.

En este contexto de incertidumbre, algunas certezas emergen. En primer lugar, no hay sustituto para la enseñanza presencial en las escuelas. La dimensión humana y social de la educación es fundamental para garantizar el bienestar y la formación integral del estudiante. Las primeras investigaciones han desvelado cómo aislamiento y ansiedad hicieron mella en un alumnado que perdió contacto social y, por ende, habilidades sociales, durante el cierre simultáneo de escuelas en todo el mundo. El impacto real que esto ha tenido tardará años en conocerse.

En segundo lugar, tecnología no equivale a innovación. La principal fuente de innovación educativa eficaz es la profesión docente, como se ha puesto de manifiesto durante la pandemia. Docentes y comunidades educativas han sido capaces de implementar constantes micro innovaciones, adaptando estrategias de enseñanza y aprendizaje a circunstancias cambiantes, respondiendo a las necesidades académicas y emocionales de sus estudiantes, y atendiendo a sus propias necesidades de desarrollo profesional.

Hemos de seguir promoviendo una cultura de innovación colaborativa. Para ello, es necesario abordar la falta de estructuras y procesos a la hora de evaluar la efectividad de las tecnologías digitales en la educación. La profesión docente debe participar, valorando y compartiendo experiencias y utilizando diferentes tipos de tecnología —incluyendo las analógicas, y otras tecnologías de uso generalizado— en el aula.

Numerosas investigaciones de la Internacional de la Educación y la OCDE constatan que la mayoría de docentes no tienen la posibilidad de participar en este tipo de procesos. Paradójicamente, una enseñanza de calidad nunca podrá garantizarse sin la participación docente en la toma de decisiones sobre las tecnologías educativas.

Al mismo tiempo, es necesario ampliar la investigación sobre los efectos del uso generalizado de la tecnología en estudiantes y docentes. Esta debe explorar y valorar su impacto en la libertad académica, las condiciones de trabajo, la calidad de la educación, la gobernanza y privacidad de datos, así como en el desarrollo del estudiante, en su salud física y mental. Por último, y no menos importante, es necesario evaluar si las tecnologías digitales están abordando las desigualdades educativas, o profundizándolas.

Educar, no lucrar

En un contexto en el que actores comerciales tecnológicos están desempeñando un papel cada vez más importante en el sector de la enseñanza, algo que, inevitablemente, introduce intereses privados con fines de lucro en la educación pública, es más necesario que nunca diseñar e implementar cuidadosamente el uso de la tecnología en el aula con un enfoque de equidad, poniendo en el centro de las políticas educativas al alumnado más desfavorecido.

Si no lo hacemos, una nueva forma de desigualdad digital quedará profundamente arraigada en nuestros sistemas educativos. No podemos olvidar que al menos 463 millones de estudiantes se han quedado fuera durante la pandemia, al no tener medios para acceder a la educación a distancia, o porque esta no se le ha podido ofrecer en sus países de origen.

Además, los Gobiernos deben cuestionar, e ir más allá, de cualquier enfoque comercial basado en datos en el sector de la educación. El uso de la recolección de datos relacionada con la huella digital debe respetar la privacidad del estudiante, y servir a los más altos estándares éticos, teniendo en cuenta el impacto que puede tener en su futuro. En este sentido, es esencial la financiación y el desarrollo de plataformas tecnológicas públicas alternativas, de código abierto, que no dependan de una recolección masiva, y con fines de lucro, de los datos del estudiante.

En definitiva, los gobiernos deben invertir más en la educación pública, derecho humano fundamental y clave para la recuperación pospandemia, e invertir más en la profesión docente, protagonista principal en la lucha por una educación de calidad integral, de acceso universal. Debemos defender y proteger el derecho de cada estudiante a tener docentes cualificados, debidamente respetados y apoyados, con planes de estudio integrales, en entornos de aprendizaje adecuados.

La educación que nos brinda esperanza en un futuro sostenible es una educación de calidad, democrática, reflexiva, crítica, solidaria, incluyente, pluricultural, intercultural, participativa, laica, justa, liberadora, científica, emancipadora, integradora e innovadora, puesta al servicio del ser humano como herramienta fundamental para su propio desarrollo integral y el de la sociedad. La educación del futuro es pública, su motor es la equidad.

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