La inflación se desboca en junio hasta el 10,2%, el nivel más alto en 37 años

El coste de la vida se dispara más de lo previsto arrastrado por carburantes y alimentos

Una mujer compra en un establecimiento de comida preparada, en marzo pasado.
Una mujer compra en un establecimiento de comida preparada, en marzo pasado.CRISTÓBAL CASTRO

Tras mucho tiempo desaparecida del mapa, la inflación se confirma mes tras mes como el primer problema económico de nuestros días. Para los hogares, que lo sienten a diario en su bolsillo; para el erario, que pese a la mejora de la recaudación se está viendo obligado a acometer gastos extra para contener el zarpazo que sufren las familias; y para los rectores de la política monetaria, que se han visto obligados a tomar una senda de subida de tipos que casi no se podía atisbar hace unos meses y que amenaza con sofocar el crecimiento. El índice de precios al consumo (IPC) ascendió en junio al 10,2% en comparativa anual, el mayor nivel desde abril de 1985, según la primera lectura del Instituto Nacional de Estadística (INE) difundida este miércoles. La cifra, mucho mayor de lo previsto, es también sustancialmente más alta a la registrada en mayo (8,7%) y en abril (8,3%). En términos mensuales, los precios subieron un 1,8%.

La primera lectura de la inflación de junio llega menos de 48 horas después de la dimisión del hasta ahora presidente de la oficina estadística, Juan Manuel Rodríguez Poo. Pese a alegar “motivos personales”, la renuncia llega después de que el Gobierno arrojase duras críticas sobre el organismo por el cálculo del PIB —que contrasta con los buenos datos de empleo— y del propio IPC —para cuyo cálculo se utiliza únicamente la tarifa regulada de la luz y no las del mercado libre, lo que, según el Ejecutivo, ha provocado una sobreestimación en los últimos meses—.

La inflación, ya en doble dígito, no da tregua y los esfuerzos de las autoridades por contenerla tampoco parecen arrojar los resultados esperados. Al menos, por ahora: “Esta evolución se debe, principalmente, a la subida de los precios de los carburantes, mayor este mes que en junio de 2021, así como de los alimentos y bebidas no alcohólicas, frente a la estabilidad registrada el año anterior”, explican los técnicos del INE. También influye, dicen, el incremento de los precios de los hoteles, cafés y restaurantes, muy superior al del pasado año, cuando las restricciones a la movilidad aún lastraba la llegada de visitantes desde el exterior.

La subyacente, en máximos desde 1993

Los bancos centrales se fijan especialmente en la evolución de la inflación subyacente, que deja fuera tanto alimentos como energía, por definición los componentes más volátiles del índice. En ese flanco también arrecia la preocupación: la aumenta seis décimas, hasta el 5,5% interanual. De confirmarse en la lectura definitiva, sería la más alta desde agosto de 1993.

“El dato general es peor de lo esperado, pero particularmente el de la inflación subyacente”, apunta Raymond Torres, director de Coyuntura Económica de Funcas, la fundación de las cajas de ahorros. “Los servicios parecen haber presionado al alza, tal vez por el tirón del turismo”, desgrana. “Es mucho peor de lo previsto; habrá que esperar a ver el detalle de todos los componentes para ver dónde se disparó. Con los datos adelantados parece probable que energía y/o alimentos subieron bastante más de lo previsto”, completa Ángel Talavera, economista jefe para Europa de la consultora británica Oxford Economics. El desagregado por grupos y subgrupos de bienes y servicios no llegará hasta el próximo 13 de julio.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha calificado el dato de “malo” en una entrevista en la Cadena SER. “Sabíamos que el efecto de los cortes de gas de Putin se iba a trasladar a la evolución de los precios” de la vida. “Esto demuestra la gravedad de la situación, la idoneidad de las medidas [anunciadas el pasado sábado por el Gobierno] y la necesidad de seguir tomando más”, ha afirmado. En el anuncio del plan de choque, Sánchez deslizó que sin esas medidas de urgencia la inflación acabaría el año 3,5 puntos por encima, yéndose “hasta el 13% o 14%”.

La partida energética, la principal responsable del estallido de los precios en tiempos recientes, da una de cal y otra de arena. La mala es que tanto la gasolina como el diésel siguen encadenando máximos, drenando renta a los hogares y elevando los costes de las empresas, empujándolas a subir precios en una peligrosa dinámica que se filtra sobre prácticamente todos los rincones de la economía. Ese impacto es especialmente claro en los alimentos, en cuyo valor final pesan especialmente los gastos de transporte y cuya escalada se deja sentir con especial intensidad en las familias de menos recursos. La buena noticia es que, tras un inicio turbulento, el inédito tope al gas para abaratar la factura de la luz debería empezar a dar resultados en las próximas facturas, aliviando también la presión sobre el IPC. También que la nueva rebaja del IVA eléctrico, del 10% al 5%, debería posibilitar un descenso en los recibos a costa de un mayor déficit público.

Perspectivas de desaceleración

Siempre a expensas de la evolución de la guerra en Ucrania y sus enormes consecuencias globales —no es el único, pero sí el principal catalizador de los precios—, la inflación debería empezar a dar tregua en los últimos meses del año. El límite al precio del gas utilizado para generar electricidad debería ofrecer una tregua —restando entre cinco y ocho décimas, según un panel de economistas consultado por este diario, algo menos de lo que espera el Ejecutivo—. El paquete de medidas de urgencia anunciado el pasado sábado —bajada del IVA, rebaja en el transporte público y prórroga de la bonificación en la compra de carburantes, entre otras— también está llamado a poner su granito de arena.

“El shock de precios está durando más de lo previsto, pero sigue motivado por factores coyunturales: no se trata de un cambio estructural respecto al ciclo anterior, cuando estábamos preocupados por la deflación”, sostiene Santiago Martínez, jefe de Análisis Económico y Financiero de Ibercaja. “El escenario más probable es que se produzca una desaceleración del IPC en los próximos meses, que ya sería apreciable a final de año y ganaría intensidad en 2023″.

A esa moderación en el tramo final del ejercicio también debería contribuir lo que los economistas llaman efecto base: la comparación se establece con el mismo mes del año anterior, y en la segunda mitad de 2021 fue cuando la subida de precios pisó el acelerador. En sus últimas previsiones, el Banco de España calcula que el IPC cerrará 2022 con una subida interanual del 7,2% para desinflarse hasta el 2,6% en 2023 y el 1,8% en 2024, ya dentro del rango que se fija como objetivo el BCE. Tras apuntar a una subida de los tipos de interés en julio, la presidenta del Eurobanco, Christine Lagarde, se comprometió el martes en el tradicional cónclave de Sintra (Portugal) a llevar la política monetaria “tan lejos como sea preciso” para apagar el incendio inflacionario.

Sobre la firma

Ignacio Fariza

Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.

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