La inflación acelera en noviembre al 5,6% impulsada por la alimentación y los combustibles

Los problemas de suministro y la subida de los carburantes mantienen la presión sobre los precios en medio del debate sobre la pérdida de poder adquisitivo de los hogares

Una mujer reposta en una gasolinera de Madrid el pasado 17 de junio.
Una mujer reposta en una gasolinera de Madrid el pasado 17 de junio.A. Pérez Meca (Europa Press)

La posibilidad de que los precios den una tregua en la recta final del año se desvanece. La inflación subió en noviembre un 5,6% respecto al año pasado, dos décimas por encima de la registrada en octubre, y su nivel más alto desde septiembre de 1992, hace casi tres décadas. Los datos preliminares, publicados este lunes por el Instituto Nacional de Estadística (INE), marcan nuevos máximos anuales para la inflación en España, que ha crecido sin interrupciones desde marzo. El organismo achaca el avance a las subidas de los precios de la alimentación y, en menor medida, de los carburantes y lubricantes para vehículos. Como noticia más positiva, detecta una caída de los precios de la electricidad.

Las cifras elevan la inquietud por la pérdida de poder adquisitivo de los salarios, y coloca nuevos obstáculos a la recuperación al desviar parte del ahorro embalsado que debía ir a consumo hacia partidas como el sobrecoste en la cesta de la compra, llenar el depósito del coche, y la factura eléctrica —todavía en umbrales históricamente elevados—. La inflación subyacente, que no tiene en cuenta los precios de la energía y de los alimentos frescos ―los elementos más volátiles―, también sube, y pasa del 1,4% al 1,7%.

Con el dato de este último mes ya puede calcularse, además, la inflación media de diciembre de 2020 a noviembre de 2021, que sirve de referencia para la subida de las pensiones. Como resultado, aumentarán un 2,5% a partir de enero.

La inflación lleva meses convertida en epicentro del debate económico. Los bancos centrales repiten el mantra de que es transitoria, una fórmula intencionadamente ambigua que nadie sabe traducir en meses. Países muy endeudados, como España, temen que se acelere la retirada de estímulos monetarios para evitar el sobrecalentamiento y se encarezca así su financiación en los mercados. Los inversores hacen cábalas sobre el impacto en Bolsas, divisas y materias primas de las futuras subidas de tipos de interés. Los trabajadores reclaman, en casos como el del sector del metal en Cádiz, adaptar sus salarios a la nueva realidad del coste de la vida. Y los consumidores ya han detectado el golpe al acudir a los supermercados, con importantes alzas en productos tan utilizados como el aceite de oliva.

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La amenaza de la recién descubierta variante ómicron del coronavirus puede propiciar un cambio de prioridades. Si el riesgo sanitario vuelve a un primer plano acompañado de confinamientos, restricciones a la movilidad y limitaciones horarias a los negocios, la preocupación virará desde la alta inflación hacia la debilidad de la recuperación económica en marcha, y la caída de los precios llegaría, previsiblemente, no por la deseada vuelta a la normalidad, sino por un fuerte retroceso del consumo y de las cotizaciones de gas y petróleo, muy ligadas al crecimiento económico.

Emilio Ontiveros, presidente de Analistas Financieros Internacionales (AFI), señala la elevada incertidumbre actual. “Si la variante sudafricana cobra personalidad, yo no tendría como preocupación la inflación, sino la cuantía y la calidad de la recuperación. Es un momento complicado, porque aunque veamos indicadores sanitarios aceptables aquí, en Europa empezamos a ver países en situación complicada. Si la variante complica la vida a Europa y vuelven restricciones serias en movilidad, la Semana Santa y el verano se irán al traste. Y eso son malas noticias: una parte muy significativa de la recuperación española depende de volver a los 83 millones de visitantes extranjeros de 2019”.

Mientras ese temido escenario permanece en el campo de las hipótesis, la inflación y sus causas siguen vivas. Los problemas de las cadenas de suministro en el comercio global se mantienen en forma de cuellos de botella en los puertos por la falta de camioneros y una carencia de chips que está obligando a las fábricas de automóviles a efectuar parones por retrasos en su llegada de hasta 25 semanas y mantiene en vilo a casi 40.000 empleados de las factorías de Volkswagen, Stellantis, Renault, Ford y Mercedes en España.

La Organización Mundial del Comercio asegura que el atasco global todavía puede prolongarse durante meses. Los precios de los contenedores que viajan en los barcos mercantes han bajado algo, pero siguen en niveles altos, y los pedidos de nuevos barcos todavía tardarán en estar listos. Lo mismo sucede con el petróleo y el gas, penalizados en los últimos días por el temor a la nueva cepa, pero que aun así acumulan importantes subidas en lo que va de año, y siguen haciendo estragos tanto al llenar el depósito como al pagar la factura eléctrica: la llegada del frío ha empujado el precio de la luz a su semana más cara de la historia.

El fenómeno inflacionista es global. Los precios repuntaron en EE UU un 6,2% en octubre, su mayor incremento en más de tres décadas. En Alemania escalaron al 6% en noviembre, y merodean zona de máximos desde la caída del Muro, lo cual ha avivado los fantasmas de la hiperinflación que azotó al país en los años veinte del siglo pasado, y está dando alas al relato del golpe al ahorrador, una figura casi sagrada en el país centroeuropeo.

Nieves Benito, responsable de Fundamental Research de Santander AM, percibe la zozobra de los inversores. “Los mercados están muy centrados en la inflación como uno de los principales riesgos en la economía, y con la gran incertidumbre de si es temporal o permanente. Un 75% de los mercados desarrollados están viendo datos de inflación por encima del 2%, y por encima del 4% en mercados emergentes”, explica. La única gran excepción es Asia: los precios crecen un 1,5% en China, uno de los primeros países en salir del laberinto de restricciones pandémicas. Y son aún más bajos en Japón, paradigma de la deflación, donde se mueven en torno al 0%.

El dato español, como otros, está muy influido por la comparación con el año precedente. En noviembre de 2020 la inflación fue inusualmente baja —estaba en territorio negativo, concretamente en el -0,8%—, lo cual favorece que la diferencia sea mayor, un efecto que se mantendrá hasta la primavera. Pero ya ni siquiera el BCE achaca el problema únicamente a un espejismo estadístico: Isabel Schnabel, miembro del consejo de gobierno del banco, aseguró la semana pasada que ve riesgos crecientes, y anticipó una próxima revisión al alza de las previsiones de inflación hechas por la entidad. Eso no implica que el banco rectifique su visión de que es un caso temporal: en una entrevista este lunes con la televisión alemana ZDF, Schnabel insistió en que espera que los precios reculen gradualmente hasta el objetivo del 2% en 2022, y si tuvieran indicios de que no será así —algo que todavía no ha ocurrido—, no dudarían en actuar. Al no ser así, considera que una retirada prematura de estímulos solo provocaría más desempleo y no alentaría bajadas del IPC.

Los factores estructurales que reman en contra de esa tendencia de subida de precios siguen muy presentes en España: el desempleo es alto, los salarios no remontan y continúa el envejecimiento de la población, pero eso, por ahora, no está siendo suficiente.

Sobre la firma

Álvaro Sánchez

Redactor de Economía. Ha sido corresponsal de EL PAÍS en Bruselas y colaborador de la Cadena SER en la capital comunitaria. Antes pasó por el diario mexicano El Mundo y medios locales como el Diario de Cádiz. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla y Máster de periodismo de EL PAÍS.

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